La columna semanal que publica Don Jorge Salvador Lara en Diario El Comercio de Quito, tiene esta vez por tema la serie "Cuadernos A
pie de página". Se trata de trabajos publicados en Madrid, en verdad, desconocidos por el público lector. La serie, que se mantiene abierta a sorpresas futuras, está conformada hasta ahora por tres cuadernos, dedicado cada uno a un escritor ecuatoriano nacido alrededor del 1900. Estos trabajos han sido imaginados, escritos, financiados y editados por
Gustavo Salazar – su presentación en Quito, en el Centro Cultural Benjamín Carrión, me entero leyendo la nota, se ha llevado a cabo la semana pasada.
Reflexivo, admirativo, es el sumario que hace Don Jorge de estos cuadernos y, puesto que muy pocos lo saben, de las publicaciones todas hechas hasta la fecha por nuestro autor-editor. En conjunto, se trata de trabajos de naturaleza poco común en el medio, esencialmente investigativos, ricos en datos, amparados en documentos que han sido salvados de bibliotecas y archivos, muchas de las veces, insospechados, lejanos entre sí, casi imposibles de recavar o de imaginar siquiera su existencia como la de los mismos documentos. Los resultados, sea en forma de libro o de cuaderno, como es el caso de estos tres que motivan la nota, comparten una constante: portan siempre en sí algo nuevo, algún material descuidado por la crítica, desconocido en la academia, olvidado por la mala lectura de las generaciones de lectores ecuatorianos transcurridas en los últimos sesenta años. Sus apariciones tienen la rara cualidad de ampliar perspectivas, alterar puntos de vista y visiones conocidas de la vida y obra del autor que trata o, simple, contundentemente, la de presentarnos y devolvernos a un autor cuya valía había sido omitida por las instituciones académicas, como sería el caso de César E. Arroyo. Como se podrá comprobar a continuación, nada comunes son estas publicaciones en el entorno de la literatura ecuatoriana, y quiza por esto mismo, no valoradas como debieran serlo, como suguiere Don Jorge o, desde otra perspectiva y otro entorno, lo hace el académico escocés Niall Binns.
He leído con gusto las palabras que Don Jorge dedica a Gustavo en el espacio de su columna semanal. Hace un par de meses, con sorpresa, leí las que Niall Binns pronunciara en la presentación hecha en Madrid de estos mismos cuadernos. Los escrúpulos me han impuesto la costumbre de jamás juntar en uno el territorio literario con el de la justicia; sin embargo, si estos pudiesen coincidir alguna vez, intuyó que la sensación que se experimentaría sería similar a la que he sentido leyendo el texto que Niall Binns dedicará a los trabajos de Gustavo Salazar.
Cuadernos a pie de página 1: Pablo Palacio
Cuadernos a pie de página 2: César Arroyo
Cuadernos a pie de página 3: Gonzalo Zaldumbide
P.S.
Simón Espinosa sobre GS en Diario Hoy en Agosto 2012
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Gustavo Salazar y sus Cuadernos “a pie de
página”: Gonzalo Zaldumbide
Niall Binns
Cuando conocí en Madrid, hace cuatro años, al
novelista Javier Vásconez, me habló de un sabio que trabajaba en el Consulado
de Ecuador. Tardaría un par de años en conocerlo en persona. Se refería, por
supuesto, a Gustavo Salazar, el cerebro y el autor de estos cuadernos. Después
de los libros anteriores, dedicados a Pablo Palacio y César E. Arroyo, esta
misma semana Gustavo ha publicado su nueva entrega sobre el notable ensayista
Gonzalo Zaldumbide.
Esta pequeña
colección –porque si dos son pareja, tres son ya colección– se llama Cuadernos
“A pie de página”. El título es curioso e intencionado. Dialoga, evidentemente,
con las notas a pie de página que estamos acostumbrados a ver, y algunas veces
a leer, en los libros eruditos. Pues en cierta medida, habría que leer estos
tres cuadernos a pie de página como extensísimas notas a pie de página a todo
lo que se ha dicho y todo lo que se ha escrito sobre Pablo Palacio, César E. Arroyo,
y Gonzalo Zaldumbide.
Un prestigioso
historiador de la Universidad de Princeton, Anthony Grafton, ha escrito un
libro precisamente sobre el tema de las notas a pie de página. The Footnote.
A curious history (1999), se
llama, y ofrece, en efecto, una historia curiosa. Habla, por ejemplo, de la
nota a pie de página más extensa de la historia, que va de la página 157 a la
322 en una historia del condado de Northumberland, publicada en 1840 por el
inglés John Hodgson. 165 páginas de nota. Lo cierto, dice Anthony Grafton, es
que la nota a pie de página se multiplica con las nuevas exigencias de rigor y
objetividad que surgen con la modernidad. Se convierte en la marca inequívoca
del investigador moderno, que considera su materia –aunque sea humanística: la
historia o la filología– una ciencia. Es la herramienta que distingue al
profesional del aficionado. Es la prueba de que el investigador ha hecho sus
deberes, ha visitado los archivos necesarios, ha consultado los documentos
clave, ha repasado exhaustivamente toda la bibliografía sobre el tema. Es la
marca de su legitimidad, la garantía de su calidad.
La nota a pie de
página puede ser, también, y así lo reconoce Grafton, algo antipático.
Interrumpe el flujo de la lectura, obligando al lector a andar constantemente
bajando y subiendo por la página, del texto a la nota, de la nota otra vez al
texto: y luego ¿dónde estaba? ¿por dónde iba? Decía el dramaturgo inglés Noël
Coward que leer una nota a pie de página es como cuando alguien toca el timbre
mientras estás haciendo el amor, y tienes que levantarte de la cama, bajar por
las escaleras, abrir la puerta, despachar a la visita, y cuando vuelves a subirte
al dormitorio ya nada es igual. El historiador de Princeton ofrece otras
analogías para señalar lo antipático que pueden ser las notas a pie de página.
El zumbido de la erudición de las notas, dice, es como el chirrido de un
taladro dental, algo molesto y persistente que hay que aguantar para que la
ciencia funcione. O bien, dice Grafton: la nota a pie de página es tan fundamental
a la vida civilizada como la alcantarilla. Sólo llama la atención cuando
funciona mal, cuando la ciencia falla, cuando el investigador o el ingeniero no
ha hecho sus tareas.
Creo que es en
este sentido en el que hay que entender este título de Cuadernos “A Pie de
Página”. Hay huecos, olvidos y tareas pendientes en lo que han escrito los
investigadores sobre estos tres escritores ecuatorianos. Gustavo Salazar quiere
suplir con su trabajo esas lagunas, esas fallas, esa falta –quizá– de rigor y
objetividad, aportando una serie de documentos –artículos, reseñas, cartas y
fotografías– que constituyen en su conjunto enormes y abigarradas notas a pie
de página a lo que la crítica ha escrito sobre los tres autores.
Además, hay que
decirlo, estos cuadernos son una prueba luminosa de que el rigor puede ser, no
molesto ni antipático, sino realmente fascinante. Los textos reunidos en estos
tres cuadernos permiten conocer, por una parte, el lado más humano de los
escritores en su correspondencia con sus pares; permiten ver, en el caso de
Arroyo y de Zaldumbide, el riquísimo diálogo que establecieron con grandes
figuras de la intelectualidad española e hispanoamericana; y permiten conocer
mejor el impacto de sus obras, tanto en Ecuador como en el resto del mundo
hispano, mediante el intercambio epistolar y las reseñas de sus libros.
En este último
cuaderno, me gustaría señalar algunas cosas que me han parecido particularmente
interesantes. Están, por ejemplo, los dos pequeños textos sobre Zaldumbide de Rafael
Cansinos Assens, maestro de la vanguardia en Madrid, que muestra que la
relación entre los dos empezó con cierta frialdad, sobre todo –se intuye– por
el atrevimiento que tuvo el ecuatoriano al matizar el valor de dos de sus libros:
según Cansinos, Zaldumbide los encontró “demasiado modelados con piedras de la
península”, demasiado “insulares”, y criticó en ellos la ausencia de la
literatura extranjera. Es evidente que a Cansinos le desconcertó este hispanoamericano
afrancesado, que lo visitó junto al venezolano Rufino Blanco Fombona. Así lo
describía: “Este nuevo amigo, pequeñito, comedido, fino y lento, como metido en
una urna de cristal finísimo, es todo lo contrario de este aborrascado Fombona
y hace pensar en la América sin grandes volcanes, sin flora gigantesca ni
largas tempestades, que es acaso la más verdadera América, pero que desencanta
un poco”. Ese tipo de hombre frío y lleno de “prudente reserva”, que hablaba
francés y tenía formación francesa, le resultaba muy ajeno a Cansinos y, sin
duda, muy poco exótico... No obstante, a pesar de estas reticencias, es de
reseñar que Cansinos no pudo dejar de elogiar la belleza y la inteligencia de
los libros de Zaldumbide sobre Gabriel D’Annunzio y Henri Barbusse.
Cansinos no
comulgaba, a nivel personal, con el galicismo mental de Zaldumbide, pero los hispanoamericanos que
escribieron sobre él y su obra incidían una y otra vez en su calidez, y en la
generosidad con la que los acogía en sus distintos destinos diplomáticos,
desarmando así emocionalmente a los que llegaban –como el beligerante mexicano
José Vasconcelos– cargados potencialmente de discrepancias y de antagonismo
intelectual. Así, el colombiano Alejandro Vallejo, que lo entrevistó en 1927,
comentaba hacia el final de su texto: “Gonzalo Zaldumbide es un hombre de una
gran simpatía y una gran gentileza. Aunque no siempre sus palabras convencen, y
a veces se siente uno al otro extremo de sus opiniones, no he querido yo
discutirle. Primero porque no ha sido a discutir que yo he venido sino a tomarle
opiniones para el público más que para mí. Pero sobre todo porque es tan
cordial, tan extremadamente cordial, el ambiente en la casa de Zaldumbide, que
una opinión contraria, aun sobre las más abstractas cuestiones, tendría allí
cara de mal huésped”.
Muchos de los
grandes intelectuales hispanoamericanos del comienzo del siglo compartían esta
admiración hacia Zaldumbide. En este libro de Gabriel Salazar se encuentran los
testimonios de José Enrique Rodó –sobre el que el ecuatoriano escribió uno de sus
libros centrales–, y de muchos de los llamados “arielistas”: Alfonso Reyes,
Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos, los hermanos Francisco y Ventura
García Calderón. Zaldumbide es, con ellos, uno de los fundadores del
pensamiento hispanoamericano moderno.
Por otra parte,
están también en este cuaderno los comentarios sobre la obra de Zaldumbide, más
matizados y marcados irremediablemente –como señala Gustavo Salazar en su prefacio–
por sus diferencias ideológicas, de ecuatorianos como Joaquín Gallegos Lara,
Alfredo Pareja Diezcanseco, Jorge Carrera Andrade y Humberto Salvador.
Antes de
terminar, me gustaría señalar tres momentos que me parecen de un interés muy
especial en este cuaderno. En primer lugar, el intercambio epistolar con
Gabriela Mistral, que le pidió un prólogo para su libro Tala: un libro central, sin duda, en la decisión
de concederle el Premio Nóbel en 1945. El libro de la Mistral se publicó al
final sin prólogo, pero el simple hecho de pedírselo es una muestra en sí de la
enorme estima que tenía la chilena por Zaldumbide. En segundo lugar, se
reproduce aquí una poco conocida entrevista que le hizo en 1924 el gran César
Vallejo, curiosa sobre todo por la forma lacónica y tartamudeante en que el
poeta peruano articula su discurso. Y luego está la entrevista ya mencionada, del
otro Vallejo –el colombiano Alejandro Vallejo–, en la que Zaldumbide toca temas
centrales en sus ensayos –como el americanismo literario, que le parece una
ridiculez, y el “descastamiento”– pero los toca, hablando, con un desparpajo
muy entrañable. Daré un solo ejemplo. Cuando el colombiano le pregunta si cree que
Rodó “ha calado en América” y si se han escuchado las palabras de Ariel, Zaldumbide responde lo siguiente:
Mejor que no... en ese concreto
punto de Ariel. Es un
reparo que tal vez no se le ha hecho a Rodó. Ese exceso de idealismo del Ariel estaba bueno para predicárselo a pueblos
fenicios, a masas de traficantes. Por eso el Ariel debió escribirse en inglés, o mejor en yanqui. En los
Estados Unidos hubiera estado muy bien. Pero a nosotros nos conviene lo
contrario. Nuestras pequeñas repúblicas están pobladas de soñadores. Somos
pueblos perezosos, enamorados de las quimeras, de manera que predicarnos más
idealismo era inyectarnos la pereza, la inacción, el sopor que de sobra
tenemos. A nosotros, se nos debe predicar lo contrario, el amor a la tierra
sobre todo... Yo creo que el enriquecerse no es inmoral. La riqueza trae el
bien. La necesidad más urgente para Hispano América es una instalación de
material firme. Después vendrá lo demás. Siempre nos quedarán poetas de sobra.
Los poetas no se mueren. Si el salchichero vive, el poeta puede vivir. Pero si
el salchichero muere, ¿quién alimenta al poeta? Para ser idealista con eficacia
hay que ser rico o fuerte.
Se trata, no
cabe duda, de una perspectiva ajena a las ideas dominantes sobre la identidad
hispanoamericana, y su conservadurismo y su extranjerismo bastan en sí para
entender por qué Zaldumbide fue un autor incómodo para la mayoría de los
intelectuales ecuatorianos del siglo XX. Sólo diría –para establecer un vínculo
dentro de una nutrida línea de ensayistas conservadores–, que tienen mucho que
ver estas palabras con un ensayo del chileno Jorge Edwards, titulado “La culpa
de Rodó”, que cuenta precisamente lo que dice Zaldumbide, y critica en
Hispanoamérica el exceso de idealismo, de vaguedad, de autocomplacencia y de
palabrería.
Me gustaría terminar celebrando en Gustavo Salazar su
envidiable sabiduría. Cada vez que converso con él vuelvo a casa con una nota
mental de al menos media docena de libros que necesito, urgentemente, leer.
Admiro su rigor, admiro esa labor detectivesca y sin duda obsesiva de ir
peinando hemerotecas, registrando archivos, en busca de la siempre elusiva carta,
libro o artículo. Y admiro su pasión, su hambre de conocimientos. Es un
verdadero bibliófilo, o bien –podemos decirlo así, reivindicando la imagen–, un
ratón de biblioteca, y en
eso creo que me reconozco, por lo menos en parte, en él. Un ratón de biblioteca
o como decimos en inglés, un bookworm: un gusano del libro. Qué curioso, cómo los enemigos
del libro –los que miran con ojos suspicaces al que ha leído demasiado, al que
sabe demasiado– han fijado en el imaginario popular estas imágenes. Porque los
pequeños roedores y los insectos –gusanos, polillas, carcoma, pececitos de
plata, termitas, se alimentan del libro destruyéndolos. En cambio, el ratón de
biblioteca, el gusano de libros, se alimenta de libros para dar luz a otros nuevos
libros.
Recordemos, para
terminar, las palabras de Francis Bacon: “Some books are to be tasted, others
to be swallowed, and some few to be chewed and digested”. Algunos libros son para probarlos, otros para
devorarlos y unos pocos para masticarlos y digerirlos. Pues yo os recomiendo,
con mucho fervor, el muy rico alimento de estos tres cuadernos “a pie de página”
de Gustavo Salazar.
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