22.4.26

Ítaca a la intemperie: notas sobre "Siente, corazón", novela

Hay algo engañoso en las novelas breves: parecen pedir menos, nos hacen suponer que su brevedad es más un gesto tímido que una prueba de concentración literaria. Siente, corazón, de Gonzalo Maldonado, se instala en ese equívoco para desmentirlo con calma. Se deja leer de corrido, como si no opusiera resistencia, y sin embargo acumula una densidad que solo se advierte después, cuando uno ya ha salido y le queda la sensación —ligeramente incómoda— de haber atravesado una vida entera sin recibir nunca del todo sus claves. 

La leí de una sentada, en una tarde larga. Recuerdo haber levantado la vista ya entrada la noche con esa impresión de haber estado en dos lugares a la vez: en la página, siguiendo a Tony, y en otra parte más difusa, como si el libro no se agotara en lo que contaba. No estaba ante una historia de formación en el sentido habitual, sino ante algo más inestable, más cercano a un intento de darse forma sin contar nunca con suelo firme.

 

Antonio Santoliva Proaño, Tony, crece en Boston, en la zona de sombra de una casa que no es del todo la suya. Sus padres —ecuatorianos, mestizos, llegados en los años ochenta— trabajan para un viejo profesor de Harvard. Casa principal y casa pequeña al lado; en esa cercanía se juega una educación improbable. Tony entra a la biblioteca primero como quien entra a un lugar prohibido, luego como quien aprende a habitarlo. Cada verano ayuda al profesor a quitar el polvo de los libros, los ordena, separa los que el profesor ya no quiere. Los toca antes de leerlos. En esa escena sencilla, casi doméstica, está ya cifrado lo que vendrá: una relación con el mundo mediada por objetos que contienen otros mundos.

 

Su formación tiene algo de azaroso y algo de obstinado. No responde a un programa ni a una tradición asumida conscientemente. Se va haciendo a partir de fragmentos: libros prestados o descartados, conversaciones oídas al pasar —en las que asoman nombres como Kindleberger o Kagan sin que el muchacho mida aún su peso—, indicaciones prácticas de la madre —hacer listas, fijar, no olvidar—, el gesto repetido de volver sobre una página hasta que algo se asiente. A los diecisiete años los clásicos griegos ya no son una lectura admirada desde fuera; forman parte de su manera de pensar. Ese despliegue cultural —que incluye la escritura de poesía, una relación íntima con la cocina aprendida en casa, una familiaridad temprana con la historia y la economía— no aparece como ostentación, aunque a ratos roce ese borde, sino como el modo en que el personaje intenta organizarse.

 

Y ese proceso ocurre sobre una incomodidad que no se resuelve. El propio Tony la nombra con una fórmula que el libro no subraya demasiado: “apátrida desclasado”. No pertenece del todo a la casa donde crece, tampoco a la memoria de sus padres, que arrastran otra geografía, otra lengua emocional. En Boston es el hijo de inmigrantes; en Ecuador, cuando llegue, será otra cosa, alguien que viene de fuera aun cuando su apellido lo inscriba en un linaje reconocible. Esa doble distancia no se corrige con el tiempo. Se afina, se vuelve una forma de percepción.

 

Hay una pregunta que la novela no formula pero deja abierta: ¿en qué lengua piensa Tony? No en el sentido anecdótico, sino estructural. Ha crecido en inglés, ha leído a Homero en inglés, probablemente ha aprendido a calcular en inglés. El español de sus padres es otra cosa: una lengua doméstica, afectiva, quizás la lengua del miedo o del consuelo, pero no la que organiza el razonamiento. Cuando llega a Quito, ese español vuelve a ser exterior, ahora por razones distintas. Tony no carece de lenguas; le sobran, y ninguna es del todo suya. Esa condición no es solo biográfica: determina el tipo de sujeto que puede ser, los vínculos que puede establecer, las formas de pertenencia que le están o no disponibles. La formación que la novela traza ocurre en esa grieta, en el espacio entre lenguas donde nada sedimenta del todo.

 

El libro no cuenta esta formación de manera lineal. Avanza por cortes, por escenas que se abren y se interrumpen, por recuerdos que entran sin aviso en medio de una acción presente. De pronto estamos en Harvard, luego en un apartamento con una novia, más adelante en Quito, en la cocina de un restaurante, después en la selva. No hay progresión explicada; hay una acumulación de momentos que el lector ordena sin que nadie le indique del todo cómo.

 

En ese movimiento aparecen dos líneas que se van tensando. Por un lado, la relación con el mundo clásico, con los mitos, con esas figuras que organizan la experiencia en relatos que vienen de lejos. Tony invoca a Hermes, piensa en términos que le llegan de Homero, se instala en un politeísmo que no es extravagancia cultural sino manera de dar forma a lo que vive. Hay un altar, una vela, un gesto cotidiano de agradecimiento que no busca ser visto. La fe no se declara, se practica.

 

Por otro lado, el descubrimiento de los mercados financieros. Hay una escena —casi mínima— en que observa a un compañero de universidad operar frente a una pantalla de ordenador. Lo que ve no es solo dinero en movimiento; es una forma de lenguaje: curvas, probabilidades, decisiones que obedecen a una lógica pura. La llama “matemática elegante”. Ahí algo se fija. Otra forma de fe, menos visible pero igual de determinante: la creencia en que el mundo puede leerse, anticiparse, dominarse a partir de ciertos patrones.

 

Ambas líneas avanzan juntas durante buena parte del relato. Tony no parece sentir la necesidad de elegir. Lee a Homero y sigue los mercados, enciende una vela a Atenea y calcula riesgos, piensa en Ítaca y en el comportamiento de los futuros. Esa convivencia deja una inquietud sorda. No es una síntesis lograda ni una contradicción que estalle. Es una superposición que nunca termina de asentarse.

 

Ahí irrumpe la violencia. No como giro espectacular, aunque sus consecuencias lo sean. Llega como algo que ya estaba en preparación, como si ciertas decisiones hubieran ido estrechando el margen. El error en el manejo del dinero, la cadena de acontecimientos, la muerte de los padres, la culpa que no encuentra salida, el acto que lo convierte en alguien que ha cruzado una línea que no se deshace.

 

¿Se convierte en asesino en ese momento preciso o ese hecho revela una disposición anterior? La novela no responde, pero deja suficientes indicios para sospechar que la violencia no es un accidente aislado. Hay en Tony una relación con el mundo que tiende a reducirlo a operaciones: leer, calcular, intervenir. Esa disposición no es en sí misma violenta, pero contiene una forma de distancia que, bajo ciertas condiciones, puede abrirse a ella.

 

Lo decisivo ocurre en la manera en que interpreta lo sucedido. Sobrevive a un intento de asesinato —seis disparos fallidos— y lo lee como intervención divina. Atenea lo ha protegido. No hay vacilación, ni duda que se sostenga. El hecho se integra de inmediato en un relato que lo excede y lo confirma. Su propia violencia tampoco aparece como ruptura que exija ser pensada desde fuera; se incorpora al mismo tejido de sentido.

 

Tony rara vez se reconoce como el origen último de lo que hace. Sus decisiones parecen inscribirse siempre en sistemas más amplios —el mito, el mercado— que les otorgan legitimidad. Cuando habla de haber dejado atrás la incertidumbre, no es una conquista reflexiva: la duda se recubre con una estructura que la vuelve soportable.

 

Quito aparece como lugar de tránsito que intensifica esa condición. No es solo el retorno a la tierra de los padres; es el descubrimiento de una distancia distinta. La ciudad es observada con mezcla de afecto y extrañeza, como si Tony reconociera en ella algo propio y al mismo tiempo irremediablemente ajeno. Hay una frase sobre Quito (“aquella ciudad tristemente bella –como una viuda joven y pobre”) que condensa bien esa mirada. No es desprecio ni idealización. Es una forma de ver desde fuera incluso aquello que debería ser cercano.

 

En ese contexto, el amor entra como posibilidad de anclaje que no llega a consolidarse. La relación con Silvia tiene momentos de intimidad real, de reconocimiento, pero está atravesada por una asimetría difícil de salvar. Él ha pasado por la violencia; ella, no. Esa experiencia no compartida introduce una distancia que el afecto no logra cerrar. Cuando el pasado lo alcanza, la huida se impone de nuevo.

 

El paso al Oriente ecuatoriano cambia la superficie del relato. El ritmo se aquieta, el paisaje se abre, las acciones se reducen a lo esencial: cocinar, leer, observar. Tony pasa largas horas junto al río. No siempre entra en el agua; a veces se limita a mirarla correr. Hay en ese gesto algo más que reposo: una forma de acompañar el tiempo, de dejar que el flujo se lleve lo que no logra nombrar. Habla de su sufrimiento, de una vida modesta, de un cansancio que ya no busca dramatizarse. El río no lo purifica ni lo redime; le ofrece una duración distinta, una pausa donde la conciencia no se desborda.

 

La vida parece haberse simplificado, pero el núcleo que la organiza permanece intacto. Sigue operando en los mercados, atento a los signos de una crisis global que cree inminente. Hay en esa espera algo paciente, como si el tiempo del mundo tuviera que ajustarse a un cálculo que él ya ha hecho. La ambición no desaparece; se vuelve más silenciosa. Habla de riqueza, de una ganancia desmesurada, no con la ansiedad de quien la desea de inmediato, más bien con la seguridad de quien la considera parte de un proceso en curso.

 

En este punto, cabe introducir una referencia que el propio texto invita a considerar. La tradición de la Bildungsroman —la novela de formación, desde Goethe en adelante— ha trabajado la idea de un sujeto que se transforma a través de sus experiencias hasta encontrar un lugar en el mundo. Siente, corazón parece moverse en ese territorio, y puede leerse desde ahí si se busca una clasificación. Pero lo hace desviando esa tradición: aquí no hay integración ni reconciliación. La formación no desemboca en una forma de vida estable; deja ver, más bien, su dificultad.

 

Tony no carece de referentes; tiene demasiados. Mito, literatura, economía, experiencias límite. Todo disponible, todo incorporado en algún momento. Lo que falta no es material: es la posibilidad de organizarlo sin que una parte desplace a la otra. El resultado no es un vacío sino una especie de exceso que no termina de cuajar.

 

La figura de Ítaca, que aparece al final de la novela como horizonte, no funciona como promesa de llegada. Es una idea que permite seguir en movimiento, que organiza el desplazamiento sin garantizar un final. La novela no cuenta tanto la historia de una formación como la de una búsqueda que no encuentra todavía la forma de detenerse.


 

***

 

Una nota al margen, que no es del todo lateral: la contraportada del libro hace un trabajo curioso, y no en el mejor sentido. Promete “extravío existencial y vacío metafísico”, inscribe la novela en la tradición de Melville y Dostoievski, la presenta como “la gran novela de ideas que la literatura ecuatoriana estaba esperando”. Es el tipo de texto que intenta abrir el apetito y termina cerrándolo: demasiado enunciado, demasiada expectativa declarada. Y sin embargo, esa insistencia en ubicarla dentro de una tradición revela algo que el propio libro confirma con más sutileza: su diálogo con formas como la novela de formación, incluso en su versión desviada, más cercana a ciertas trayectorias quebradas del siglo XX. Siente, corazón no necesita esa palanca. Su ambición está en el tejido mismo del relato, en la manera en que deja que el lector descubra, sin que nadie se lo anuncie, el alcance de lo que tiene entre manos.

Ítaca a la intemperie: notas sobre "Siente, corazón", novela

Hay algo engañoso en las novelas breves: parecen pedir menos, nos hacen suponer que su brevedad es más un gesto tímido que una prueba de con...