2.5.26

Lucerna, retorno a Carmina Burana

No nos queda lejos de casa, y sin embargo cada visita al KKL Luzern conserva algo de rito. Uno entra con cierta reserva —como si ya supiera lo que va a encontrar— y, aun así, vuelve a sorprenderse. No es solo la música. Es la ubicación, el lago de los Cuatro Cantones respirando al costado, la estación de tren como antesala cotidiana, y esa arquitectura que afirma su modernidad sin dejar de insinuar una continuidad con la tradición. Esta vez fuimos a escuchar Carmina Burana (1937) de Carl Orff. Para quien se ha acercado a la música más por intuición histórica que por formación académica, esta obra —que no es ópera y sin embargo lo parece en su dimensión coral— sigue siendo un acontecimiento. Lo fue la primera vez. Y de algún modo lo sigue siendo siempre. Recuerdo Quito. 
El Teatro Sucre en los años ochenta. Yo no tenía entonces herramientas para entender lo que escuchaba. Pero eso no importaba. Bastaban los tambores, el empuje del coro, ese “O Fortuna” que abría y cerraba el círculo como una marea. Era un impacto físico antes que musical. Los que nos acercamos a la música clásica en esos años le debemos mucho a la Musicoteca y Videoteca del Banco Central, a los programas de radio de Sixto Durán Ballén, pero, sobre todo, a la figura de Álvaro Manzano, entonces director de la Orquesta Sinfónica del Ecuador. Su labor —que en aquel momento recibíamos sin mayor conciencia crítica— fue decisiva: no solo para consolidar la orquesta, sino para imprimirle un impulso sostenido y fértil. Vuelven ahora a la memoria aquellas presentaciones en la Escuela Politécnica y las que tuvieron lugar en el Teatro Sucre. Sin saberlo, en esos espacios se fue trazando una relación con la música que no pasaba por el conocimiento, sino por una forma más honda de reconocimiento. He comprobado que esta obra ha sido representada en varias ocasiones en Quito; la más reciente, el año pasado, en la Casa de la Música. No sorprende esa recurrencia, ni en las salas ecuatorianas ni en otros escenarios del mundo. Es una obra que se abre al público: los coros múltiples, las voces solistas, su estructura reiterativa parecen reclamar una dimensión colectiva en la que el oyente deja de ser pasivo. Esta vez, aquel primer contacto vivido en Quito se renovó en Lucerna, más como confirmación que como hallazgo: Carmina Burana necesita de la comunidad para existir plenamente. En Lucerna, esa comunidad adquiere otra escala. La sala del KKL —casi dos mil personas— tiene una cualidad que los especialistas describen mejor que uno: una transparencia extrema. El sonido no se acumula, se despliega. Cada capa rítmica, cada entrada coral, llega con una nitidez que transforma la masa en detalle. Y, sin embargo, la obra no pierde su carácter primario. Porque Carmina Burana es, ante todo, ritmo. Sí, es más rítmica que armónica, más ritual que sinfónica. Una música que no busca mediaciones: va directamente al cuerpo. Tal vez por eso ha atravesado las casi nueve décadas sin desgaste. Combina lo culto con una percepción casi orgánica. Había, esta vez, un motivo adicional de atención. Al frente del Gürzenich-Orchester Köln estaba Andrés Orozco-Estrada. Colombiano, formado en Viena, hoy una presencia consolidada en el circuito europeo. No es frecuente —al menos desde esta perspectiva— encontrar directores latinoamericanos al frente de instituciones de esta tradición. Su trabajo merece ser señalado sin estridencias. Hay en su dirección una claridad que no sacrifica el impulso. Un sentido del ritmo que, en una obra como esta, resulta decisivo. Pero también una relación con la masa coral que evita el exceso: no busca aplastar al oyente, sino sostener la tensión. La orquesta responde con disciplina, los coros —cerca de doscientos integrantes— construyen ese bloque sonoro que la obra exige, y la sala hace el resto. Todo funciona. Salimos satisfechos. No tanto por la novedad —Carmina Burana difícilmente sorprende ya en su estructura— sino por la confirmación de una presencia. La de Orozco-Estrada, que se inscribe con naturalidad en este paisaje musical europeo. Pienso, inevitablemente, en otras presencias latinoamericanas. En particular en Gustavo Dudamel, cuya trayectoria ha abierto un camino visible para los directores del continente. Dudamel aparece con regularidad en estas salas; su nombre ha dejado de ser excepción. Orozco-Estrada pertenece a otra línea, quizá más reservada, menos mediática, pero igualmente sólida. Si Dudamel encarna una energía expansiva, casi emblemática, Orozco-Estrada parece optar por una construcción más silenciosa, más interna. La diferencia no es jerárquica, sino de tono. Y en esa diferencia hay algo que celebrar: la diversidad de una misma procedencia. Al salir, el lago sigue ahí. La noche clara deja ver la silueta del Pilatos, la montaña emblemática de esta ciudad, de esta región. Uno piensa que la música —como ese paisaje— no cambia tanto como creemos. Somos nosotros los que regresamos distintos. Y sin embargo, cada vez que suena “O Fortuna”, algo vuelve a colocarse en su sitio.

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