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28.7.25

La imagen expandida: Notas desde el cubo de Refik Anadol

Glacier Dreams es una instalación inmersiva del artista turco Refik Anadol (1985), radicado en Los Ángeles. Aborda el cambio climático a través de una avalancha de datos: más de cien millones de imágenes, entre ellas un conjunto específico de glaciares en Islandia, Groenlandia y la Antártida, recolectadas para el proyecto. Puede visitarse en el Kunsthaus de Zúrich hasta mediados de 2026.


La primera vez que entré en la obra —un cubo de pocos metros cuadrados que admite hasta cinco personas a la vez, calzadas con pantuflas de fieltro— fue con mi familia. Todos adultos, nos dejamos envolver por ese organismo palpitante de imágenes, luces, sonidos y reflejos, como si el cubo respirara sobre nosotros. Salimos, como muchos, fascinados. Pero también con preguntas que no tardaron en tomar forma: ¿qué clase de obra acabábamos de experimentar?, ¿qué relación guarda con la historia del arte?, ¿qué es, hoy, una imagen cuando ya no la genera una mano?

Lo que Anadol propone es un paisaje sin geografía fija. Los glaciares aquí son materia en mutación, un flujo continuo sin punto de vista estable, sin relato. No se mira: se entra. No se contempla: se es atravesado. Una superficie viva, envolvente, que exige otro tipo de atención. La imagen ya no es ventana ni espejo: es temperatura, pulsación, ritmo. Una forma que no cesa.

Donada por el Bank Julius Bär, la pieza se inscribe en una narrativa que ha ganado fuerza en los últimos años: la del arte como interfaz entre ciencia de datos, espectáculo e infraestructura corporativa. Anadol, con proyectos como Living Memory: Messi – A Goal in Life (presentado en estos días en Nueva York), se ha convertido en la cara más visible de esta fusión entre arte inmersivo, mitología pop y marcas globales. Messi y los glaciares: memoria y píxel, bajo un mismo dispositivo.

Pero en Zúrich, donde la instalación convive con Monet, Giacometti, Pipilotti Rist o la muestra central de Roman Signer, la pregunta se afila. ¿Qué tipo de obra es esta? ¿Y qué tipo de espectador construye?

Desde siempre, el arte ha sido una forma de interrogar la experiencia humana: una lente, un eco, una alteración. Cada época ha inventado su propio lenguaje y, con él, sus modos de ver. Hoy, sin embargo, asistimos a un giro radical. No se trata ya de materia, ni siquiera de imagen, sino de flujo: datos que generan entornos inmersivos y experiencias algorítmicas. El autor se disuelve en un engranaje colectivo; el estilo se fragmenta; el tiempo se acelera. La obra ya no se produce: se actualiza. Y el espectador —antes activo— queda sumergido en una secuencia sensorial que no deja resquicio.

Es cierto que Glacier Dreams busca sensibilizar sobre el cambio climático. Pero lo hace mediante una lógica paradójica: la del exceso, la fascinación, la huella energética de sistemas computacionales de altísimo consumo. ¿No hay aquí un eco de aquella modernidad que denunciaba lo mismo que producía? ¿No se repite el gesto —ya tantas veces visto— de advertir sobre una herida mientras se reproduce su causa?

Anadol ha sido celebrado por instituciones como el MoMA o la Serpentine, pero también ha despertado reservas. The Economist se preguntaba, a finales de 2024, si este tipo de arte no sustituye la emoción por el asombro técnico. El NZZ, al comentar esta misma instalación, señalaba con lucidez su efecto de neutralización política: obras que, más que abrir preguntas, ocupan todos los espacios de respuesta.

Y, sin embargo, la fascinación persiste. Tal vez porque Anadol logra captar algo esencial de nuestra época: esa mezcla de belleza algorítmica y melancolía por la pérdida —de los glaciares, de la contemplación, del afuera.

Frente a eso, vale volver la vista a artistas que, desde otras estrategias, han interrogado la relación entre materia, pintura y tiempo. Pienso, entre muchos posibles, en Fabián Marcaccio, artista argentino radicado en Nueva York, cuya obra —tan híbrida como física— tensiona los límites entre lo pictórico y lo digital. En 2006, Daros-Latinoamerica mostró en Zúrich sus Paintant Stories. No hemos vuelto a saber más de él desde hace una década, sin embargo, es muy viva la impresión que sus trabajos dejaron en mi memoria. Hoy, por contraste, esos experimentos híbridos me resultan perfectamente pertinentes. Marcaccio propone otra forma de inmersión: no la que envuelve, sino la que incomoda; no la que disuelve al espectador, sino la que lo interpela. Sus “pinturas ambientales” y “transgénero” anticiparon críticamente este presente saturado de pantallas.

Glacier Dreams no puede pensarse al margen de su contexto: un museo anclado en la tradición, una ciudad atravesada por el capital financiero y por debates en torno a la sostenibilidad, una familia —la mía— que entra a ver arte y sale con preguntas sobre el cuerpo, la imagen, el mercado y el futuro.

No sé si esta obra cambiará el modo en que pensamos el arte. Pero sí obliga a preguntarse quién lo produce, desde dónde, y para quién. Y, sobre todo, qué queda cuando el cubo se apaga.



14.3.09

Tres. El tríptico en la modernidad

Un Retablo clásico da la bienvenida al visitante. Diminuto en ese contexto, es sin embargo la reliquia que mejor introduce al visitante en el tema de la muestra y lo previene sobre lo que va a ver: trabajos de artistas modernos y contemporáneos, descreídos todos, que nada tienen que ver con la religión y sus dominios pero que, en la construcción de su obra, en algún momento de su trayecto, hicieron uso de ese formato eminentemente cristiano y litúrgico, el tríptico – que es y no es el retablo, nombre con el que suele trocarse; que es y tampoco es el altar, a pesar de la mutua proyección que mantienen entre sí.

En la historia del arte, el tríptico es una píntura, gravado o relieve compuesto de tres partes u hojas donde las dos laterales se doblan sobre la del centro. Una particularidad lo distingue de cualquier otra representación, digamos, un díptico, políptico, friso o serie: en el tríptico, la hoja central domina sobre las laterales y otorga a lo representado una cierta dignidad. A las obras de arte clásico que utilzan este formato, no es posible acceder, como en la lectura, de izquierda a derecha o visceversa: no, la mirada primera del observador al abordar un tríptico recae sobre la hoja central y sólo a partir de ese contacto, en donde el observador reconoce el acceso y procede consecuentemente, la dirijirá a diestra o siniestra en busca de las pautas que mejor le expliquen el conjunto abordado.

Las razones para que el observador proceda de esa manera, instintivamente, ante el tríptico se remontan al pasado (Jakob Burckhardt nos lo cuenta detalladamente en „Das Altarbild“, en el tomo VI de sus obras completas, Verlag C.H.Beck, 2000), y son mucho más antiguas que la tradición cristiana; sin embargo, son sus ritos a lo largo de la historia los que despliegan las posibilidades de este modo expresivo y, entendiblemente, la vuelven dependiente de ella. La „santísima trinidad“ enuncia ya el tema, y, entre otros móviles semejantes, las maneras de construir iglesias en la antigüedad, con altares mayores y naves, principales y paralelas en cuya sóla disposición estaba ya significado el programa del cristianismo, jeráquico en su relación con la espiritualidad y humildad que pretendía fomentar.

Medido al ojo, el retablo de maderas azules que da la bienvenida al visitante, se corresponde con las medidas que le caracterizaron entre los viajeros de la edad media, 32 por 26 cm. Por los colores, el motivo y las formas, podría ser uno de los altares portátiles que llegaron a América con los aventureros españoles. En la América Andina este formato expresivo viviría su apogeo en los siglos XVIII, XIX y en la primera mitad del siglo XX – en el Ecuador, son sus ejecutores los artesanos que conforman la Escuela Quiteña; en el Perú, los del Cuzco y, sobre todo, los artesanos de Ayacucho, que también son los que mejor han sabido cultivar este arte, a estas alturas también por alla, con una blanda sombra cristiana.

A la vera del diminuto y festivo retablo llama la atención un „altar gótico“ belicoso, de Niki de Saint Phalle, Tir (Schiessbild) de 1970, trenzado con pistolas y otras armas a las que les cubre una capa de “pan de oro“ (llamará la atención esta obra a quienes conozcan la obra de esta artista a la que se relaciona con las graciosas y coloridas esculturas que se dejan ver en plazas, parques y estaciones de varias ciudades europeas). En este mismo espacio, un imponente panel de Katharina Sieverding, Steigbild X, tres fotografías inmensas, complementan y alteran la forma de un craneo de vaporoso rojo. La obra y los nombres de los artistas que empiezan a mostrarse en las salas siguientes son numerosos y, después de verlos y repasarlos en conjunto mentalmente, vale utilizar el término, sorprendentes: Otto Dix (este museo es el que preserva la mayor colección en el mundo de sus obras), Oskar Kokoschka, Max Beckmann, Francis Bacon, Jonathan Meese, Ricarda Roggan, Antoni Tàpies, Franz Gertsch, Jürgen Klauke, Neo Rauch, Bjørn Melhus tanto como Gerhard Richter, Robert Longo, Bill Viola o el mismísimo Damien Hirst entre otros tantos.

No es una novedad que el tríptico como formato, al menos en Europa, haya sobrevivido a la revolución francesa y las redes tejidas por por la „Aufklärung“ a partir del siglo XVIII. Su dependencia y procedencia cristiana, no impidió que artistas modernos-clásicos y modernos, como Max Beckmann y Francis Bacon hayan frecuentado, ampliado y alterado sus posibilidades hasta volverlo casi un género aparte. Es por ello llamativa su relación con los artistas modernos y contemporáneos (en la pintura de Tapies y Richter, en los videos de Mehlus y Bill Viola, en los objetos de Damien Hirst).
Pero aquí sucede un cambio. Sus trípticos se dejan ver de otra forma. La definición clásica que hasta ahora hemos venido utilizando, de pronto, ha quedado en suspenso, o, mejor dicho, funciona aún pero sólo en parte. El mecanismo perceptivo del observador, mientras mira y analiza, se permite otros movimientos, se da cuenta que la jerarquía en algunas composiciones ha sido aniquilada, quizá propositivamente, quizá porque el artísta refleja de esa manera el pulso de los tiempos. „Altares sin dios“, es lo que va viendo, formatos sobre los que parece haberse operado una cirugía que une contrapuestos, por un lado, la del formato como expresión rescatable de un arte que ya no va más, que cronológicamente, nada tendría que ver con la modernidad-clásica y la modernidad-contemporánea y, por otro lado, la de la radicalidad de las propuestas contemporáneas que „sensiblemente“ han sabido apropiarse con sus métodos de algo que en primera instancia habría parecido lejano a su incumbencia.

Esta exposición tiene lugar en el Kunstmuseum de Sttutgart. Se inauguró el pasado 7 de febrero, y se la puede visitar hasta el 14 de junio de 2009

Lucerna, retorno a Carmina Burana

No nos queda lejos de casa, y sin embargo cada visita al KKL Luzern conserva algo de rito. Uno entra con cierta reserva —como si ya supiera...