Las dos páginas que Babelia dedicó el 5 de noviembre a la literatura ecuatoriana ha producido en el Ecuador una descarga y circulación de beits poco acostumbrada —no sabemos en que medida pero las cadenas de mails dejan demasiadas pistas para así suponerlo.
De los dos artículos que trae la publicación, el que aborda la poesía, firmado por Mario Campaña, a pesar de las imprecisiones que muestra, ha sido apenas comentado. No así el que hace una sinopsis de la novelística y cuentística firmado por el profesor Humberto E. Robles.
Como a otros tantos lectores, también a mi me alarmó una omisión demasiado visible en los nombres allí citados en su artículo Narrativa: olvidos y presencias. Esa inquietud me incitó a escribir y colocar en esta ventana mi pasado post y, de paso, comó sé que los amigos ecuatorianos con los que suelo conversar de estas cosas aún no están embarcados en el mundo de los blogs, remitirles una copia de ese comentario por correo electrónico. Todos ellos estuvieron de acuerdo en que la omisión del nombre de J. Vásconez en el artículo del profesor Robles era en verdad lamentable —en otros puntos no tanto.
Ahora, acaban de llegarme a mi casilla electrónica dos textos que cuelgo a continuación y, les prevengo, exigen ser leídos. El primero es el artículo integro que el profesor Humberto E. Robles envío a Babelia y que, para su desgracia —pues sus lectores juzgamos a partir de lo que leemos— fue “editado” en la redacción del periódico español. La impresión que tenemos después de la lectura del texto integro apacigua nuestras preocupaciones. Allí están desarrollados otros aspectos que hechamos en falta en el artículo del suplemento literario y, para tranquilidad de muchos, no sólo se incluye el nombre de J. Vasconez sino que en algunos renglones se destaca su importancia.
El segundo texto, que es el que ha circulado en cadena y ha llegado a algunos de mis amigos, lleva la firma de Wilfrido H. Corral, ecuatoriano, destacado profesor y crítico de literatura radicado en los E.U., autor de una rica obra ensayística sobre narradores y narrativa hispanoamericana. Este texto, que supongo verdadero, fue remitido inicialmente al señor Miguel Antonio Chávez ( <miplumalomato@yahoo.com> ), a quien no conozco.
Lamento de verás que en el artículo aparecido en Babelia hayan sido “editados” —cortados— fragmentos importantes del texto original y que ahora, las personas que leyeron ese artículo, acatando lo allí expuesto, pongan en entredicho la seriedad del profesor Robles —por ejemplo, en la edición de El Universo de Guayaquil de este día 13, en un artículo sobre Pareja Diezcanseco, al paso se califica al profesor Robles de crítico desprevenido—. Por mi parte, luego de leer la versión integra, la indignación que me movió hace una semana a meter mis narices en este asunto, expuesta con el respeto que siempre exijo en mi trato con los demás, ha perdido piso.
Sin embargo, ahora me indignan otros asuntos paridos por este affaire:
El primero, imposible de obviar, es el calibre de las palabras utilizadas para referirse al profesor Robles y su texto “mal editado”. Otro, muy triste en verdad, el que los letra-heridos ecuatorianos agonicen sus comentarios en mails y conversaciones de trastienda, sin posibilidad —a lo mejor sin ánimo— de comentar en público el contenido de un texto que ha generado inconformidad —sólo murmullos se filtran, chismorreos, movimiento de fichas y peones pero en serio nada, solo el silencio, para curarse en sano, por si las moscas—.
Nada extraño en verdad si recordamos que el Ecuador es el único país en America del Sur cuyos principales diarios pueden prescindir de suplemento culturales o secciones de cultura y literatura que contengan estos términos (¡tiempos idos esos en que El Comercio y El Hoy tenía cada uno su Liebre Ilustrada y en Guayaquil, El Expreso o El Universo publicaba El Matapalo y algún otro suplemento — cierto que La Hora tiene el suplemento Artes pero allí, a decir verdad, la preocupación es el populismo literario). Una pena en verdad que carezcamos de medios que indaguen, hablen, cuestionen y legitimen nuestro entorno literario y artístico. Una pena que la importancia de las obras escritas y los comentarios que ellas se merecen tengan que definirse desde el extranjero.
Explicación de lectura: he puesto en negrita los fragmentos que no fueron publicados en Babelia; en letra azúl, los párrafos que fueron sacados del orden que el autor dio a su texto y fueron luego puestos en recuadro suprimiendo o introduciendo una conjunción, una palabra — resaltadas igualmnet en azul.
NARRATIVA ECUATORIANA: MITOS, PRESENCIAS Y OLVIDOS
El porqué los ecuatorianos de hoy salen en busca de nuevos horizontes económicos es fácil de precisarlo en vista de las circunstancias socioeconómicas que los impulsa a hacerlo a tantas latitudes, no solo a España. El porqué los escritores o la literatura ecuatoriana no emigra es mucho más complejo, y ello implicaría entrar en los vericuetos de la sociología del gusto literario.
El pueblo ecuatoriano en su mayoría no lee. La cultura ecuatoriana tiende a lo oral antes que a la letra. Predominan el diálogo, la pantalla y el son. Pregúntesele a casi cualquier ecuatoriano que recorre las calles de Madrid sobre las eliminatorias del Mundial de fútbol y seguro que responderá que su país está clasificado para el torneo a celebrarse en Alemania el 2006. Escasos serían, asimismo, los que no tararearían las melancólicas canciones asociadas con Julio Jaramillo.
Pregúnteseles sobre los cracks de la historia literaria del país y quizás, si acaso, lleguen a responder con nombres como los de José Joaquín de Olmedo, Juan León Mera y Juan Montalvo. Es probable que hayan leído algo de La victoria de Junín (1825), de Cumandá (1871), o de Capítulos que se le olvidaron a Cervantes (1895).
Pocos cuestionarían el valor de esas obras. Inculcarían incluso el alcance que tienen más allá de las fronteras patrias. La mayoría no estaría al tanto, sin embargo, de que en los años 30 del siglo pasado surgió en su país una generación de escritores que cuestionó esa tradición literaria por lo que ellos llamaban falta de autenticidad, de ecuatorianismo. No está claro eso del ecuatorianismo. Hoy por hoy, sin embargo, esa generación —representada por Jorge Icaza (1906), José de la Cuadra (1903) y Pablo Palacio (1906)— es la que resulta más vigente en términos de una tradición narrativa ecuatoriana.
La actualidad pronuncia esos nombres como emblemáticos de una todavía incipiente tradición novelística del Ecuador no solo por el valor intrínsico e innovador de su obra, sino porque remiten a su vez, por contigüidad, a un empedernido regionalismo que ha venido configurando el mapa literario del país: Sierra vs. Costa. Quito vs. Guayaquil. Diferencias de espacios geográficos y diferencias de climas culturales. Lo "autóctono" frente a lo "cosmopolita". Testimonio y alegato social frente a experimentalismo y Vanguardia. Los celos locales marchan mano a mano con la promoción y divulgación de la obra literaria. El libro de Guayaquil apenas se lo promulga en Quito, y viceversa. Mucho menos iban a cruzar fronteras internacionales.
***
Los manuales de literatura a menudo se refieren a la narrativa ecuatoriana de los años 30 como una de denuncia y protesta, tendenciosa. Se la identifica casi en exclusivo con Icaza y Huasipungo (1934). Se dice de esta novela indigenista que es un panfleto, que carece de valor estético. Se borra cualquier cualidad épica o lírica que se rezuma de más de una de sus páginas. No obstante, las obras más logradas del quiteño remiten a problemáticas actuales. El mestizaje, el cholo, la búsqueda de identidad, las farsas sociopolíticas, la presencia de lo grotesco, de incongruencias y normas —Valle Inclán y la Vanguardia no andan lejos —hallan cabida en obras como El chulla Romero y Flores (1958) y Atrapados (1972).Los Sangurimas. Novela montuvia (1934) es acaso el legado más perdurable del guayaquileño De la Cuadra a la narrativa actual de su país y allende. Se la parangona, y no sin fundamento, con Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo y Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez. Lo maravilloso, espacios míticos, referentes rurales, sagas familiares, patriarcas, curas y coroneles, el incesto, lo oral como recurso narrativo, el uso de fragmentos, innovación formal, eco de un ethos cultural, y el humor y la hipérbole cuentan entre posibles puntos de comparación.
La obra de Palacio, oriundo de Loja, cobra mayor interés y apogeo. El número de sus lectores aumenta. La narrativa de Vanguardia latinoamericana no puede prescindir ya de Un hombre muerto a puntapiés (1927), Débora (1927) y Vida del ahorcado (1932). De ellas se desprende una suerte de poética de las coordenadas que asociamos con su producción literaria: referente urbano, práctica metaliteraria, anti-novela, desintegración de la forma, sentido de lo ridículo y absurdo, humor cáustico, cuestionamientos de principios de retórica y sintaxis narrativa, de autoridad, de normas, de instituciones, de mitos y fórmulas en vigor.
***
El resto del siglo constata al menos tres grupos de narradores. En primer lugar los nacidos entre guerras, en pleno ejercicio hoy de influencia y autoridad intelectual: Jorge Enrique Adoum (1926), Alicia Yánez Cossío (1928) y Miguel Donoso Pareja (1931). El exilio, el desarraigo, las largas estadías en el extranjero —Francia, Cuba, España, México—, la nostalgia, la vuelta al país de origen, los encuentros y desencuentros culturales, la atención a la sintaxis narrativa, a sus posibilidades experimentales, y el paso hacia coordenadas de interés que trascienden fronteras —desencantos, usurpaciones, melancolías, indignaciones y amarguras— serían algunos de los atributos que comparten estos tres escritores que coinciden con las producciones y omnipresencia del boom en el ámbito continental latinoamericano. Añádase que el oficio de escribir bien y de hacerlo con responsabilidad artística precisa el sentido de innovación y ruptura de sus obras. El mundo de indios, cholos y montuvios va quedando a la zaga. Prevalecerá la vivencia urbana.
(En) Adoum ha consolidado su nombre más allá de los linderos patrios. Lo cosmopolita y lo nacional, riqueza y miseria, informan las novelas Ciudad sin ángel (1995) y la galardonada Entre Marx y una mujer desnuda. Texto con personajes (1976). Libro denso éste, abierto a múltiples lecturas. Reflexión sobre el arte de novelar y la función del escritor; es también una penetrante revalorización del pasado social y literario del país.
Yánez Cossío irrumpe en el ámbito literario con una voz femenina auténtica, inusitada. Objeto de premios y traducciones, cuenta con un haber de relatos y novelas de admirable calidad y amplitud: Bruna, soroche y los tíos (1971), La cofradía del mullo del vestido de la Virgen Pipona (1985), El Cristo feo (1995), Y amarle pude . . . (2000), Sé que vienen a matarme (2001). Historia, recuerdos de familia, beatas, prostitutas, escritoras, presidentes, soldados, mitos, leyendas, ciencia ficción y realidades políticas confieren densidad y riqueza a sus narraciones, exponen con humor e ironía las tiranías y bufonadas de las instituciones y de un ethos cultural que han mantenido a la mujer despojada de derechos y de libertad ontológica.
Donoso Pareja, homenajeado en su país y en México, es autor de cuentos, novelas, ensayos, crítica, poesía. Todo lo que inventamos es cierto (1990) es su más reciente colección de relatos. Henry Black (1969), Día tras día (1976), Nunca más el mar (1981), Hoy empiezo a acordarme (1995), La muerte de Tyrone Power en el Monumental del Barcelona (2001) son sus novelas más elogiadas. En conjunto remiten a una sensación de crisis y exilio ante valores en transición que apuntan, a su vez, a una tenaz búsqueda de formas expresivas. La urbe, la majadería ciudadana, lo tragicómico, lo erótico, la memoria y el olvido se yuxtaponen y contrastan, cual en un montaje de móviles.
***
Más que suficiente es que un pequeño país, parco en lectores, advierta un corpus de narradores de valía como el planteado, y ello dejando fuera a tantos como, e.g., a Adalberto Ortiz (1914-2003) y su canónico Juyungo: historia de un negro, una isla y otros negros (1943).El hecho es, no obstante, que una subsiguiente promoción de escritores abulta en nombres. Queda por verse la permanencia de muchos. Mi antojo advierte dos grupos. Uno, nacido en torno a los años 1940, que empieza a instituirse hacia los 80; y otro, más joven, cuya voz prorrumpe hacia los 90. Fútil abarcarlo todo. Cabe recurrir, cuando mucho, a motivos y tendencias.Por el sentido de ruptura y renovación, amén de visibilidad nacional o internacional, vienen reclamando autoridad e influencia, entre los ya maduros, Carlos Béjar Portilla, Jorge Dávila Vázquez, Iván Egüez, Eliécer Cárdenas, Modesto Ponce Maldonado, Raúl Pérez Torres, Hüilo Ruales, Abdón Ubidia, Javier Vásconez y Jorge Velasco Mackenzie.
La recuperación y fabulación de lo histórico y popular organizan La Linares (1976) de Egüez, María Joaquina en la vida y en la muerte (1977) de Dávila Vásquez, y Polvo y ceniza (1979) de Cárdenas. La mujer-leyenda, la dictadura y la picardía afloran en aquélla. Lo provinciano, imbricado en una exigente estructura, en la segunda. Lo mitopoético, el mundo del bandolero, en la última. Tambores para una canción perdida (1986) de Velasco Mackenzie incorpora lo mágico dentro de esta línea.
El humor y la farsa provinciana de factura policíaca se da en Háblanos Bolívar (1983) de Cárdenas. La rúbrica humorística ronda también en Cuentos inocentes (1996) de Egüez. Este autor se remoza constantemente. Su novela Pájara la memoria (1984) apunta corrientes neobarrocas y grotescas. El título de su Cuentos fantásticos (1996) remite a otra línea más de sus intereses. También aporta reflexiones en el campo de la teoría y la conceptualización de géneros. Ubidia y su relato "La gillette" y "El señor Wu" de Béjar Portilla encajarían aquí. La sombra de Palacio ronda en todos ellos.
La ciencia-ficción entra en la narrativa ecuatoriana vía Osa mayor (1970) y Samballah (1971) de Béjar Portilla, relatos visionarios que proponen distancias tecnológicas entre un ahora y un futuro, entre metrópoli y periferia: que impugnan la deshumanización que entraña la tecnología moderna.
Cuentista premiado es Pérez Torres. Musiquero joven, musiquero viejo (1977), "Solo cenizas hallarás"(1995), Los últimos hijos del bolero (1996) son títulos representativos de su autoría. Bolero y desencanto, el peso de las convenciones, la mezcla de lo sensual y la ternura, y la búsqueda de algún eslabón perdido, integrador, que supere la amargura de cierto desfallecido humor resuenan en sus relatos.Una apresurada modernización —legado del boom petrolero, de la globalización, de las migraciones, de la explosión en los medios de comunicación— instan al escritor a tomar el pulso de la ciudad y sus tragicomedias. La crisis del desarrollo, las expectativas burguesas, falsas, enajenantes, cruzadas de desengaños y melancolías las examina Ubidia en sus cuentos de Bajo el mismo extraño cielo (1979) y en Sueño de lobos (1986), novela. Los relatos de Javier Vásconez, Ciudad lejana (1982) y El hombre de la mirada oblicua (1989), recuperan la capitalina ciudad ancestral, solariega, que apenas subsiste en la nostalgia, que se revuelca en decadencia y aberraciones, incapaz de hacer frente a la modernidad y al cambio. Velasco Mackenzie, aporta el envés de esa vida urbana. Los tugurios, las cantinas, el lenguaje de marginados, confinados a cinturones guayaquileños de miseria, resaltan en El Rincón de los Justos (1986), novela. La desintegración, lo urbano recóndito, el acoso de un audaz lenguaje coloquial, eco de la lumpe, lo tremendo y la violencia sacuden y desquician al lector de Loca para la loca (1989) e Historias para la ciudad perdida (1997), cuentos de Ruales. El Palacio del Diablo (2005), flamante y aplaudida novela de Ponce Maldonado, también adentra en la ciudad y sus conflictos.
***
Entre los integrantes de la promoción más joven, aquellos de uno u otro lado de los cuarenta años de edad, suman Carolina Andrade, Marcelo Báez, Aminta Buenaño, Juan Castaño Escobar, Yanna Hadatty, Gilda Holst, Sonia Manzano, Liliana Miraglia, Livina Santos, Edwin Ulloa, Leonardo Valencia, Raúl Vallejo, Marcela Vintimilla.Destacan Holst, Miraglia y Buenaño dentro de una robusta actividad narrativa que, con o sin feminismos, centra su interés en torno a la crisis que atraviesa la situación de la mujer en nuestras sociedades. Más ingeniosidad y sutileza en las primeras dos. Holst la de mayor producción y visibilidad. Sujetos en desasosiego, identidades posmodernas, el anhelo de centro, de dar con un encuentro vital, primario, delinean sus inquietudes y su sentido de humor en sus relatos, Más sin nombre que nunca (1989), Turba de signos (1995), y en su novela, Dar con ella (2000). Miraglia también recurre al humor. Una nota de misterio, de lo uncanny, de lo inasible e inexplicable, ronda sus narraciones de El lugar de las palabras (1986) y Un close up prolongado (1996). Nos suspenden con fogonazos de revelación inesperado, fuera de lo familiar, que primero nos inquietan y luego nos hacen sonreír, convirtiéndonos en cómplices de una irónica mirada tangencial, sugestiva. La otra piel (1994) de Buenaño apunta el arrebato erótico y corporal. Toques neobarrocos, la presencia de lo maravilloso, y de un vigoroso torbellino sensual reclamando vida empuja las vivencias de sus personajes femeninos. El referente femenino remite al ámbito de otros marginados actuales. Fiesta de solitarios (1992) de Vallejo, por ejemplo, destapa los anhelos y transgresiones de los homosexuales, sus ansias de ternura, sus choques con los usos en vigencia. El SIDA adquiere dimensiones metafóricas, expone cánceres sociales.
La cultura popular y los medios masivos de comunicación —música, cine, videos, Internet— se constituyen en otra de las directrices que forma e informa la narrativa de varios de este grupo. El mismo Vallejo, acaso el más disciplinado de su promoción, ha novelado en Acoso textual (1999) el espacio fragmentado, posmoderno, carente de espesor humano, que conlleva la comunicación electrónica. También sintomático de tendencias antisociales es Tan lejos / tan cerca (1997) de Báez, novela en la que la adicción a la imagen cinética borra el sentido de realidad, convierte al vivir en un simulacro. La levedad, la falta de comunicación, lo entretenido, lo gráfico, lo auditivo y lo efímero subrayan lo banal contemporáneo. Una excepción quizás provenga de referentes que remiten a grupos históricamente relegados, donde el empleo de lo popular es un instrumento para exigir derechos e identidades. En Así se compone un son (1999), Castaño Escobar recurre a la música para reclamar voz y conferir expresión a los personajes afroecuatorianos de sus relatos. Se suma así a una larga tradición.
***
Para concluir, Velasco Mackenzie, Cárdenas, Ubidia y Ochoa han abordado, en tono menor, el asunto de las migraciones actuales. Falta aún, sin embargo, una narrativa que ahonde en las peripecias de los 2.5 millones de ecuatorianos que se han expatriado en la última década. Queda por novelar lo grotesco de sus experiencias en el extranjero. Ahora solo hay anécdotas, desperdigadas aquí y allá. El escritor actual cuenta allí con una rica mina por explotar. Por ahora, en ese sentido, la literatura pareciera marchar a la zaga de la realidad.
------------
Mail de Wilfrido Corral enviado a Miguel Antonio Chávez <miplumalomato@yahoo.com>, a propósito del texto publicado en Babelia
Estimado amigo Chávez:
He leído el texto de Mario, amigo mío, y me parece justo, necesario, y bien pensado, aunque no soy experto en nuestra poesía.
Desfortunadamente, no puedo decir lo mismo sobre el texto mezquino, mediocre, mal informado, y sobre todo transparente en sus prejuicios de Humberto Robles sobre la narrativa del Ecuador. Me parece una nota acrítica, típicamente dedicada a revelar sin inteligencia que se sigue dividiendo a nuestra literatura de acuerdo a la maligna y dañina dicotomía "costa versus sierra", basada en una ideología rancia. Es peor aun que salga de alguien que no vive en nuestro país, o en América Latina, y que revele implícitamente que el progresismo en nuestro país significa "progreso de uno mismo".
Por otro lado, y excluyéndome, hay muchos críticos en España, nuestro país, e Hispanoamérica mil veces más enterados que el que ha escogido Babelia, hecho que no entiendo, y sólo puedo especular sobre lo que hay detrás de las omisiones y patente amiguismo de esa nota cobarde. No pretendo ni quiero "salvar" o "instruir" a los jóvenes de nuestra tierra, pero hay ejemplos que uno simplemente no debe dar o seguir, y Robles ha terminado convirtiéndose en emblema de ellos. Lo siento por él, porque hasta ahora le tenía un moderado aprecio intelectual. Hay que ser más serio y por lo menos tratar de ser objetivo en unaevaluación que se hace para un público internacional, no enterado, en un momento crítico para nuestro país.
No obstante, me parece muy bien que mencione a algunos autores jóvenes cuya obra aprecio y sobre la cual he escrito. En fin, en algún momento espero escribir en detalle sobre el asunto, y por ahora distribuya este texto a su grupo, o como usted considere apropiado.
Saludos,
Wilfrido H. Corral
14.11.05
11.11.05
Yes. Una crítica
En la sección Artes y medios de Letras libres (número de noviembre), viene un diminuto comentario sobre Yes, el trabajo último de Sally Potter. Ví este film el pasado septiembre y no lo he olvidado. Salí cautivado por la belleza de Joan Allen, por su rol —el ascéptico (des)orden de su vida duele pero apenas hay algo que se pueda hacer, hasta que una noche, en una fiesta, un camarero...—, la soltura de Simon Abkarian, las cejas, o más bien la manera de meter las narices donde si debe de Shirley Henderson. No supé entonces resumir esta historia que desdecía el cliché amoroso con contundente liviandad; tampoco logré identificar la incomodidad que la cinta me produjó en algunos de sus tramos. Hoy, hojeando la revista mexicana, he dado con las palabras que le calzan al film perfectamente. Fernanda Solórzano, en pocos y claros términos define la cinta y nos provoca (me parece además un ejemplo de concisión - nunca me pierdo de leer los comentarios de cine de FS).
Yes, de Sally Potter
Fernanda Solórzano
En Yes, de la inglesa Potter, se conjugan en mismo número convenciones y trasgresiones. Las primeras son temáticas y hacen de la sinopsis un enemigo de la película: el affaire entre una científica norteamericana (fría y sofisticada) y un cocinero libanés (apasionado y pedestre), y la liberación de sus mentes y almas cuando deciden abandonar sus contextos, nada menos que viajando a Cuba, siendo la militancia cliché el talón de Aquiles de Potter. Las trasgresiones, hay que decirlo, salvan todo el asunto y la vuelven una película digna de ver y escuchar: distintos formatos y puntos de vista construyen un discurso visual mucho más interesante que el obvio, y el diálogo en pentámetro yámbico (la métrica de Shakespeare) permite que el placer fonético distraiga de los lugares comunes inevitables en toda metáfora sobre política y religión. –
Yes, de Sally Potter
Fernanda Solórzano
En Yes, de la inglesa Potter, se conjugan en mismo número convenciones y trasgresiones. Las primeras son temáticas y hacen de la sinopsis un enemigo de la película: el affaire entre una científica norteamericana (fría y sofisticada) y un cocinero libanés (apasionado y pedestre), y la liberación de sus mentes y almas cuando deciden abandonar sus contextos, nada menos que viajando a Cuba, siendo la militancia cliché el talón de Aquiles de Potter. Las trasgresiones, hay que decirlo, salvan todo el asunto y la vuelven una película digna de ver y escuchar: distintos formatos y puntos de vista construyen un discurso visual mucho más interesante que el obvio, y el diálogo en pentámetro yámbico (la métrica de Shakespeare) permite que el placer fonético distraiga de los lugares comunes inevitables en toda metáfora sobre política y religión. –
7.11.05
Cumbres borrascosas
En la edición del sábado 5 de noviembre de Babelia, el suplemento cultural de diario El País, vienen dos artículos dedicados a la literatura ecuatoriana, uno sobre la narrativa, otro sobre la poesía que se escribe de momento en esas tierras equinocciales.
Política editorial de esta revista ha sido en los últimos meses, dedicar números monográficos a las literaturas de los distintos países que conforman la América Hispana. Sabía por ello que una vez destinarían ese espacio a la escritura que se trama en el Ecuador; por ello, aunque de manera inconciente, aguardaba ese imaginario número especial que finalmente acaba de publicarse y yo, con creciente insatisfacción, de leerlo —dos páginas que, a cualquiera que tenga una idea de la literatura ecuatoriana, a decir verdad, no le pareceran especiales en nada (una aclaración: la portada trae el siguiente título: Escribir en las cumbres andinas. Ecuador y Bolivia —dos páginas se dedican a las letras bolivianas y otras dos a la literatura ecuatoriana).
Mi insatisfacción se exita con las impresiciones que muestra el texto de Mario Campaña, La constelación contra el canon, pero se concentra en el artículo sobre narrativa firmado por Humberto E. Robles. Para no confundirnos, aclaremos que su texto no es de crítica literaria sino periodístico, meramente informativo, a fin de cuentas, una enumeración de nombres, años y paisajes que pueblan el imaginario literario ecuatoriano de los dos últimos siglos. Sin embargo, como sabrán muchos, el señor Humberto E. Robles es ensayista, crítico literario y catedrático universitario en alguna universidad norteamerica; es decir, una persona a la que debemos suponer competente y lo suficientemente informada para realizar una semblanza más o menos fiel del paisaje de letras ecuatorianas.
Debí haberlo dicho antes: la insatisfacción que desató la lectura de Narrativa: olvidos y presencias, que es como está titulado el artículo del señor Robles, describe sólo mi ánimo; mentalmente esta lectura me causó extrañeza. Me decía ¿es posible omitir el nombre y la obra de Javier Vásconez en esa enumeración comentada en la que se nombran a 32 escritores y escritoras ecuatorianos?
Desde luego que ello es posible, siempre y cuando la persona que firme una lista semejante no sea “crítico de literatura”, es decir, un profesional cuyo trabajo para mejor orientar a lectores y estudiosos de la materia se basa no sólo en los instrumentos de análisis que utilice sino en la riqueza de sus indagaciones y la objetividad que muestre al resumirlas. Por esto, la omisión que el profesor Robles comete en su artículo es demasiado visible como para no reparar en ella. La literatura de Javier Vásconez, no sólo por el sello editorial que la difunde por todos los países de habla hispana (Alfaguara —en rigor es él su único autor ecuatoriano) dice mucho de lo que se hace y dice en el Ecuador. Sus colegas ecuatorianos, los que no comparten sus maneras de trato y proceder fuera del texto, por las razones que sean, pueden, tienen el derecho del mundo para disentir con él en parte o totalmente; pueden incluso, si la desazón que el autor les provoca es irremediable, no leerlo. Esto, sin embargo, pueden permitírselo —a cuenta y riezgo propios— sólo sus colegas pero jamás un crítico de literatura. No importa si esta vez se trata de un artículo periodístico en el que se presenta la narrativa ecuatoriana a lectores extranjeros que apenas saben algo o nada de lo que pasa y se escribe en los Andes.
Ahora me apena una cosa: mi comportamiento futuro con los ensayos firmados por el profesor Robles: sé con anticipación que cuando los tenga en mis manos y me disponga a leerlos se me aparecerá, al menos fugazmente, un grave prejuicio: el suponer que en esos sesudos análisis se ha omitido o a lo mejor olvidado de mencionar algo, algún dato importante. Por suerte eso durará apenas lo que un pensamiento — además, no suelo guiarme por prejuicios.
Política editorial de esta revista ha sido en los últimos meses, dedicar números monográficos a las literaturas de los distintos países que conforman la América Hispana. Sabía por ello que una vez destinarían ese espacio a la escritura que se trama en el Ecuador; por ello, aunque de manera inconciente, aguardaba ese imaginario número especial que finalmente acaba de publicarse y yo, con creciente insatisfacción, de leerlo —dos páginas que, a cualquiera que tenga una idea de la literatura ecuatoriana, a decir verdad, no le pareceran especiales en nada (una aclaración: la portada trae el siguiente título: Escribir en las cumbres andinas. Ecuador y Bolivia —dos páginas se dedican a las letras bolivianas y otras dos a la literatura ecuatoriana).
Mi insatisfacción se exita con las impresiciones que muestra el texto de Mario Campaña, La constelación contra el canon, pero se concentra en el artículo sobre narrativa firmado por Humberto E. Robles. Para no confundirnos, aclaremos que su texto no es de crítica literaria sino periodístico, meramente informativo, a fin de cuentas, una enumeración de nombres, años y paisajes que pueblan el imaginario literario ecuatoriano de los dos últimos siglos. Sin embargo, como sabrán muchos, el señor Humberto E. Robles es ensayista, crítico literario y catedrático universitario en alguna universidad norteamerica; es decir, una persona a la que debemos suponer competente y lo suficientemente informada para realizar una semblanza más o menos fiel del paisaje de letras ecuatorianas.
Debí haberlo dicho antes: la insatisfacción que desató la lectura de Narrativa: olvidos y presencias, que es como está titulado el artículo del señor Robles, describe sólo mi ánimo; mentalmente esta lectura me causó extrañeza. Me decía ¿es posible omitir el nombre y la obra de Javier Vásconez en esa enumeración comentada en la que se nombran a 32 escritores y escritoras ecuatorianos?
Desde luego que ello es posible, siempre y cuando la persona que firme una lista semejante no sea “crítico de literatura”, es decir, un profesional cuyo trabajo para mejor orientar a lectores y estudiosos de la materia se basa no sólo en los instrumentos de análisis que utilice sino en la riqueza de sus indagaciones y la objetividad que muestre al resumirlas. Por esto, la omisión que el profesor Robles comete en su artículo es demasiado visible como para no reparar en ella. La literatura de Javier Vásconez, no sólo por el sello editorial que la difunde por todos los países de habla hispana (Alfaguara —en rigor es él su único autor ecuatoriano) dice mucho de lo que se hace y dice en el Ecuador. Sus colegas ecuatorianos, los que no comparten sus maneras de trato y proceder fuera del texto, por las razones que sean, pueden, tienen el derecho del mundo para disentir con él en parte o totalmente; pueden incluso, si la desazón que el autor les provoca es irremediable, no leerlo. Esto, sin embargo, pueden permitírselo —a cuenta y riezgo propios— sólo sus colegas pero jamás un crítico de literatura. No importa si esta vez se trata de un artículo periodístico en el que se presenta la narrativa ecuatoriana a lectores extranjeros que apenas saben algo o nada de lo que pasa y se escribe en los Andes.
Ahora me apena una cosa: mi comportamiento futuro con los ensayos firmados por el profesor Robles: sé con anticipación que cuando los tenga en mis manos y me disponga a leerlos se me aparecerá, al menos fugazmente, un grave prejuicio: el suponer que en esos sesudos análisis se ha omitido o a lo mejor olvidado de mencionar algo, algún dato importante. Por suerte eso durará apenas lo que un pensamiento — además, no suelo guiarme por prejuicios.
6.11.05
Iwasaki y la larga noche
Zürich es la ciudad más poblada de Suiza (le sigue Ginebra). Según los registros oficiales, en sus casi 92 km cuadrados viven 367.724 habitantes —laboran en ella sin embargo el doble o más de personas (soy uno de los que trabajan en la ciudad pero viven fuera de su perímetro, a 16 km de distancia o, si se quiere, 10 puntualísmos minutos en tren rápido).
Zürich es una ciudad con mucho nervio y movimiento, un pequeño enclave en el que las actividades económicas, como las culturales y académicas, sin olvidar jamás su arraigo y tradición, se piensan y realizan en perspectiva global. A la banca, la industria, el comercio y los servicios habrá siempre que añadir la investigación en sus universidades e institutos más las actividades artísticas que se llevan a cabo sobre las tablas, escenarios, foros de discusión, salas de exposición, nucleos de creación.
Turicum, que fue como los romanos llamaron a esta ciudad a su paso por estas tierras, es también una pequeña Babel. El 29.9% de sus habitantes son extranjeros, gran parte de estos vienen de la propia Europa y la otra de países de los cuatro continentes restantes.
Las personas que la habitan, o por razones laborales la frecuentan a diario, saben que las finezas que ofrece la ciudad y la fría puntualidad que marca su ritmo son las dos caras de esa moneda esencial, el respeto mutuo; saben así mismo que no son pocos los problemas y retos que, apurados por los procesos globales, enfrenta y debe solucionar para no perder dos características que la distinguen, a saber, su concordancia con la modernidad de punta y su, siempre de agradecer, talante para la convivencia. Lo que la ciudad, sus ciudadanos y representantes políticos, planean y ejecutan para fortificar esas dos columnas en las que se apoya la convivencia es variado, múltiple y simultaneo.
Entre esas varia-multiple hay una actividad pequeña pero muy simbólica a la que nunca dejo de renovarle mi admiración: La larga noche de las pequeñas historias, un fiesta anual del libro que patrocina el municipio, los editores y las librerías de la ciudad y destacan su importancia los lectores y las personas todas que se sienten atraídas por alguna de las numerosas lecturas y presentaciones de libros que se llevan a cabo en los tres días y dos noches que dura ese desfile nocturno que se inicia en librerías y bibliotecas y luego, con la conversación enrumbada, se instala a gusto en los bares y restaurantes de la ciudad.
Die lange Nacht der kurzen Geschichten, como se llama en alemán, de este año se llevó a efecto del 28 al 30 de octubre pasados. Romanica Buchhandlung, la librería de la ciudad que ofrece a su público libros en castellano, italiano, francés y portugués, tuvo esta vez el acierto de invitar para la lectura del sábado 29 a Fernado Iwasaki, escritor peruano radicado en Sevilla. Su visita ha sido una buena oportunidad para tratarlo, hacerme con sus libros, leerlos en estos días con disfrute y ahora, si lo consigo, trasmitirles mi entusiasmo. Pero antes, si no lo conocen aún, unos pocos datos que permitan ubicarlo y situarlo en su generación:
“Fernando Iwasaki nació en Lima en 1961. Realizó sus estudios de Licenciatura y Maestría en la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde fue profesor de Historia de 1985 a 1989, y los de Doctorado en la Universidad de Sevilla, donde fue profesor invitado en 1985 y 1991. Desde 1989 reside en Sevilla, donde es director de la revista literaria Renacimiento , director de la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco y columnista del diario ABC”.
Si les gusta las citas, les alcanzo estas tres:
Dice Mario Vargas Llosa: "Fernando Iwasaki Cauti explora la historia con ojos de artista y creador de ficciones" .
El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, fallecido el pasado febrero: "Iwasaki se ha propuesto antes que nada deleitarnos y de paso instruirnos".
El poeta español Luis Alberto de Cuenca, "La prosa de Iwasaki es un ejemplo de lo que debe ser la prosa castellana de fines del siglo XX"
(Si de Cuenca no ha cambiado de opinión, habra que extender este comentario al siglo XXI)
Mi primera impresión con los textos de Iwasaki se dio a través de Ajuar Funerario, libro de microrelatos, al que uno de sus lectores califica de “maravillosos haikus de terror”. Se trata de un libro que contiene 89 historias compactas y fulminantes, de media o máximo una página de extensión. Por todas ellas transita la muerte pero no necesariamente como protagonista. Este rol lo reserva en gran parte de estos relatos a esa gama de sentimientos que la muerte provoca en los humanos -y van del terror a la ingenuidad, de la naturalidad más sorprendente al comportamiento mejor calculado.
He leído también Un milagro Informal (Alfaguara, 2003) y Neguijón, novela publicada el pasado mayo (Alfaguara, 2005). Con gusto he ingresado en estas páginas y salido de ellas con no pocos asombros en mi morral. La gentileza de su escritura nos sale al paso inmediatamente, las cualidades de su prosa, en el primer caso agradecida con el habla limeña, confrontada con la de los siglos XVI y XVII en el segundo, no nos despistan de los mundos que el autor seleccionana y narra. Ha llamado mi atención sobremanera su pulso para abordar temas y situaciones desde una perspectiva que, se me ocurre llamarla, de frontera —sea esta de géneros, culturas, tiempos—. A los que celebramos el humor en la literatura (en la forma que sea, como instrumento o fín, en sus distintos colores, en su insinuada o verbosa expresión) la escritura de este autor serio mucho nos dice —mucho desde sus distintos géneros, el microrelato, el cuento, la crónica, el ensayo, el artículo de opinión.
Zürich es una ciudad por la que transitan escritores de todo el planeta. Cuando aparecen versiones en alemán de sus libros, se sabe de antemano y con toda certeza, que los más destacados de ellos pasaran por acá a presentarlo y promocionarlo. Dos de los más visibles que han estado en suelo zuriqués en el pasado inmediato, Houellebecq y Kenzaburo Oe, no dejaron tras su paso estela alguna que valga la pena recordar —el francés, bueno, dejó un indisimulado malhumor; el japones la afable frialdad—. Los lectores que asistimos a la lectura de Iwasaki el pasado sábado no podremos olvidar facilmente la gratísima impresión que su obra y personalidad causó en todos los presentes. No olvido que una cosa es la presencia de un autor y otra muy distinta sus libros; sin embargo, como público, no puedo dejar de celebrar la grata coincidencia que a veces se da entre la palabra escrita, vivaz e interrogativa, y la personalidad de quien les puso en un orden determinado y les dotó de espíritu.
Zürich es una ciudad con mucho nervio y movimiento, un pequeño enclave en el que las actividades económicas, como las culturales y académicas, sin olvidar jamás su arraigo y tradición, se piensan y realizan en perspectiva global. A la banca, la industria, el comercio y los servicios habrá siempre que añadir la investigación en sus universidades e institutos más las actividades artísticas que se llevan a cabo sobre las tablas, escenarios, foros de discusión, salas de exposición, nucleos de creación.
Turicum, que fue como los romanos llamaron a esta ciudad a su paso por estas tierras, es también una pequeña Babel. El 29.9% de sus habitantes son extranjeros, gran parte de estos vienen de la propia Europa y la otra de países de los cuatro continentes restantes.
Las personas que la habitan, o por razones laborales la frecuentan a diario, saben que las finezas que ofrece la ciudad y la fría puntualidad que marca su ritmo son las dos caras de esa moneda esencial, el respeto mutuo; saben así mismo que no son pocos los problemas y retos que, apurados por los procesos globales, enfrenta y debe solucionar para no perder dos características que la distinguen, a saber, su concordancia con la modernidad de punta y su, siempre de agradecer, talante para la convivencia. Lo que la ciudad, sus ciudadanos y representantes políticos, planean y ejecutan para fortificar esas dos columnas en las que se apoya la convivencia es variado, múltiple y simultaneo.
Entre esas varia-multiple hay una actividad pequeña pero muy simbólica a la que nunca dejo de renovarle mi admiración: La larga noche de las pequeñas historias, un fiesta anual del libro que patrocina el municipio, los editores y las librerías de la ciudad y destacan su importancia los lectores y las personas todas que se sienten atraídas por alguna de las numerosas lecturas y presentaciones de libros que se llevan a cabo en los tres días y dos noches que dura ese desfile nocturno que se inicia en librerías y bibliotecas y luego, con la conversación enrumbada, se instala a gusto en los bares y restaurantes de la ciudad.
Die lange Nacht der kurzen Geschichten, como se llama en alemán, de este año se llevó a efecto del 28 al 30 de octubre pasados. Romanica Buchhandlung, la librería de la ciudad que ofrece a su público libros en castellano, italiano, francés y portugués, tuvo esta vez el acierto de invitar para la lectura del sábado 29 a Fernado Iwasaki, escritor peruano radicado en Sevilla. Su visita ha sido una buena oportunidad para tratarlo, hacerme con sus libros, leerlos en estos días con disfrute y ahora, si lo consigo, trasmitirles mi entusiasmo. Pero antes, si no lo conocen aún, unos pocos datos que permitan ubicarlo y situarlo en su generación:
“Fernando Iwasaki nació en Lima en 1961. Realizó sus estudios de Licenciatura y Maestría en la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde fue profesor de Historia de 1985 a 1989, y los de Doctorado en la Universidad de Sevilla, donde fue profesor invitado en 1985 y 1991. Desde 1989 reside en Sevilla, donde es director de la revista literaria Renacimiento , director de la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco y columnista del diario ABC”.
Si les gusta las citas, les alcanzo estas tres:
Dice Mario Vargas Llosa: "Fernando Iwasaki Cauti explora la historia con ojos de artista y creador de ficciones" .
El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, fallecido el pasado febrero: "Iwasaki se ha propuesto antes que nada deleitarnos y de paso instruirnos".
El poeta español Luis Alberto de Cuenca, "La prosa de Iwasaki es un ejemplo de lo que debe ser la prosa castellana de fines del siglo XX"
(Si de Cuenca no ha cambiado de opinión, habra que extender este comentario al siglo XXI)
Mi primera impresión con los textos de Iwasaki se dio a través de Ajuar Funerario, libro de microrelatos, al que uno de sus lectores califica de “maravillosos haikus de terror”. Se trata de un libro que contiene 89 historias compactas y fulminantes, de media o máximo una página de extensión. Por todas ellas transita la muerte pero no necesariamente como protagonista. Este rol lo reserva en gran parte de estos relatos a esa gama de sentimientos que la muerte provoca en los humanos -y van del terror a la ingenuidad, de la naturalidad más sorprendente al comportamiento mejor calculado.
He leído también Un milagro Informal (Alfaguara, 2003) y Neguijón, novela publicada el pasado mayo (Alfaguara, 2005). Con gusto he ingresado en estas páginas y salido de ellas con no pocos asombros en mi morral. La gentileza de su escritura nos sale al paso inmediatamente, las cualidades de su prosa, en el primer caso agradecida con el habla limeña, confrontada con la de los siglos XVI y XVII en el segundo, no nos despistan de los mundos que el autor seleccionana y narra. Ha llamado mi atención sobremanera su pulso para abordar temas y situaciones desde una perspectiva que, se me ocurre llamarla, de frontera —sea esta de géneros, culturas, tiempos—. A los que celebramos el humor en la literatura (en la forma que sea, como instrumento o fín, en sus distintos colores, en su insinuada o verbosa expresión) la escritura de este autor serio mucho nos dice —mucho desde sus distintos géneros, el microrelato, el cuento, la crónica, el ensayo, el artículo de opinión.
Zürich es una ciudad por la que transitan escritores de todo el planeta. Cuando aparecen versiones en alemán de sus libros, se sabe de antemano y con toda certeza, que los más destacados de ellos pasaran por acá a presentarlo y promocionarlo. Dos de los más visibles que han estado en suelo zuriqués en el pasado inmediato, Houellebecq y Kenzaburo Oe, no dejaron tras su paso estela alguna que valga la pena recordar —el francés, bueno, dejó un indisimulado malhumor; el japones la afable frialdad—. Los lectores que asistimos a la lectura de Iwasaki el pasado sábado no podremos olvidar facilmente la gratísima impresión que su obra y personalidad causó en todos los presentes. No olvido que una cosa es la presencia de un autor y otra muy distinta sus libros; sin embargo, como público, no puedo dejar de celebrar la grata coincidencia que a veces se da entre la palabra escrita, vivaz e interrogativa, y la personalidad de quien les puso en un orden determinado y les dotó de espíritu.
23.10.05
Ospina novelista
Hace unos días tuve que fotocopiar un libro que, por lo que acabo de ver, salvo en las librerías de Colombia, no es posible encontrar en las de otros países. Las copias me las solicitó por teléfono monsieur Gortaire, que vive en Berlín, apartado de la lengua castellana y los habituales canales por los que esta circula en el cielo electrónico o bajo las nubes berlinesas. Me pidió esas páginas para releerlas, pues, en el fluir de los días y las conversaciones, me decía, un insospechado resorte que le remitía a ese libro abordado por primera vez hacia 1996, se activó de pronto, sin ton ni son, imponiéndole la necesidad de revisitarlo después de nueve años (cosa no tan extraña: “Es tade para el hombre ”, que es como se llama el tomo que fotocopié, y casi la mayoría de los libros de Willian Ospina, su autor, nacido en Colombia, no han sido aún publicados en España, donde no pocos lectores saben que este escritor es uno de los de primera línea en nuestra lengua).
El pedido de Monsieur fue una de esas oportunidades que suele de vez en vez regalarnos el azar. No había leído ni releído apenas nada de W. Ospina desde hace tres años, que fue cuando un amigo suizo con familiares en Colombia, me cruzó dos ejemplares de “Los nuevos centros de la esfera” —uno para mí, otro para hacerlo llegar a Hans Magnus Enzensberger, el hasta hace poco editor de la quiza mejor colección literaria en lengua alemana, Die andere Bibliothek, para mí, el sitio ideal donde los libros de Ospina encontrarían a sus similares de espíritu—.
Con el recuerdo a mano, me he puesto estos días a revisar de nuevo los materiales que tengo del autor colombiano: en mis estantes, dos libro de poesía, tres de ensayo y pare de contar. En la memoria, el recuerdo de la lectura de “La franja amarilla” y de “Esos extraños prófugos de occidente” que acometí en Quito hacia 1997 —donde por entonces también era posible conseguir la Revista Número, en la que aparecen regularmente ensayos y comentarios de este autor. En los buscadores de la red: ¡sorpresas!, sobre todo una que me parece muy grata.
Como cada uno se podrá dar cuenta luego de leer diez líneas de cualquiera de los escritos del autor colombiano, no es sólo el efecto de su prosa lo que nos impele a adentrarnos en sus páginas donde la claridad de sus frases y planteamientos parecería provocar de continuo un acuerdo inverosímil entre el mundo y las palabras que lo designan. No, no es sólo esa manera de mostrar la belleza propia y ajena lo que nos atrae; tampoco el alcance de su curiosidad. Cuando lo leemos, no leemos, digamos, un ensayo interesante más sobre la vida de un poeta o autor genial (Whitman, Emily Dickenson, Faulkner, …) o sobre alguno de los problemas más emergentes de la modernidad (la medicina, la vida en las grandes ciudades, la democracia, la violencia); no nos enteramos sólo de la historia (griega, romana, la americana de la conquista, el renacimiento italiano). Cuando lo leemos, el yo lector cambia su actitud a pocos pasos de haber empezado a conversar con el texto.
Pensabamos como Cioran que la delicadeza, como forma de considerar y acercarse a lo otro y a los otros, tras la muerte de Borges, había pasado a ser una manera arcaica que feliz y definitivamente se undió entonces en el pasado, su sitio. No se nos ocurrió jamás que esa manera de enfrentar y alumbrar las cosas pudiese mover un pelo del duro presente. Numerosos ejemplos daban, dan prueba de ello —y las excepciones existentes, digamos, no son esféricas, no pueden prescindir de algún “pero” aclaratorio sin el cual, como si de un bastón se tratará, se irían al suelo ante el primer sobresalto. Pensabamos como Cioran pero sólo hasta ese 1996, que fue el año en que accedimos por primera vez a los escritos de W. Ospina.
La sorpresa que acabo de llevarme al buscar en la web materiales sobre W. Ospina es que acaba de publicar el pasado mes su primera novela, Ursúa, agotada a los primeros días de haber sido puesta en el mercado colombiano. Grato me es saber que la casa editorial que la publica es Alfaguara-Colombia, un sello que, supongo, por tratarse esta vez de un autor cuyo nombre susurra el viento en distintas direcciones y, sobre todo, de una novela, la mercancía cultural mejor dotada para abrirse paso entre lectores, lanzará la obra luego en el contexto de la lengua.
P.S. Acabo de encontrar un blog en el que sus asiduos comentan algo de los contenidos de esta novela e impresiones como lectores de WO.
El pedido de Monsieur fue una de esas oportunidades que suele de vez en vez regalarnos el azar. No había leído ni releído apenas nada de W. Ospina desde hace tres años, que fue cuando un amigo suizo con familiares en Colombia, me cruzó dos ejemplares de “Los nuevos centros de la esfera” —uno para mí, otro para hacerlo llegar a Hans Magnus Enzensberger, el hasta hace poco editor de la quiza mejor colección literaria en lengua alemana, Die andere Bibliothek, para mí, el sitio ideal donde los libros de Ospina encontrarían a sus similares de espíritu—.
Con el recuerdo a mano, me he puesto estos días a revisar de nuevo los materiales que tengo del autor colombiano: en mis estantes, dos libro de poesía, tres de ensayo y pare de contar. En la memoria, el recuerdo de la lectura de “La franja amarilla” y de “Esos extraños prófugos de occidente” que acometí en Quito hacia 1997 —donde por entonces también era posible conseguir la Revista Número, en la que aparecen regularmente ensayos y comentarios de este autor. En los buscadores de la red: ¡sorpresas!, sobre todo una que me parece muy grata.
Como cada uno se podrá dar cuenta luego de leer diez líneas de cualquiera de los escritos del autor colombiano, no es sólo el efecto de su prosa lo que nos impele a adentrarnos en sus páginas donde la claridad de sus frases y planteamientos parecería provocar de continuo un acuerdo inverosímil entre el mundo y las palabras que lo designan. No, no es sólo esa manera de mostrar la belleza propia y ajena lo que nos atrae; tampoco el alcance de su curiosidad. Cuando lo leemos, no leemos, digamos, un ensayo interesante más sobre la vida de un poeta o autor genial (Whitman, Emily Dickenson, Faulkner, …) o sobre alguno de los problemas más emergentes de la modernidad (la medicina, la vida en las grandes ciudades, la democracia, la violencia); no nos enteramos sólo de la historia (griega, romana, la americana de la conquista, el renacimiento italiano). Cuando lo leemos, el yo lector cambia su actitud a pocos pasos de haber empezado a conversar con el texto.
Pensabamos como Cioran que la delicadeza, como forma de considerar y acercarse a lo otro y a los otros, tras la muerte de Borges, había pasado a ser una manera arcaica que feliz y definitivamente se undió entonces en el pasado, su sitio. No se nos ocurrió jamás que esa manera de enfrentar y alumbrar las cosas pudiese mover un pelo del duro presente. Numerosos ejemplos daban, dan prueba de ello —y las excepciones existentes, digamos, no son esféricas, no pueden prescindir de algún “pero” aclaratorio sin el cual, como si de un bastón se tratará, se irían al suelo ante el primer sobresalto. Pensabamos como Cioran pero sólo hasta ese 1996, que fue el año en que accedimos por primera vez a los escritos de W. Ospina.
La sorpresa que acabo de llevarme al buscar en la web materiales sobre W. Ospina es que acaba de publicar el pasado mes su primera novela, Ursúa, agotada a los primeros días de haber sido puesta en el mercado colombiano. Grato me es saber que la casa editorial que la publica es Alfaguara-Colombia, un sello que, supongo, por tratarse esta vez de un autor cuyo nombre susurra el viento en distintas direcciones y, sobre todo, de una novela, la mercancía cultural mejor dotada para abrirse paso entre lectores, lanzará la obra luego en el contexto de la lengua.
P.S. Acabo de encontrar un blog en el que sus asiduos comentan algo de los contenidos de esta novela e impresiones como lectores de WO.
18.10.05
Estética
Los griegos llamaban aisthetikhós (sensible) a todo aquello que puede ser percibido por medio de los sentidos. Se trata de una palabra derivada de aísthesis (percepción sensorial), y ésta del verbo aisthanesthai (percibir con los sentidos), del cual proviene el verbo latino audire (oír). En nuestra lengua, existen numerosos ejemplos de palabras derivadas de aísthesis, tales como anestesia, compuesta por esta palabra griega precedida del prefijo privativo an-, hiperestesia (aumento exacerbado de la sensibilidad sensorial), cenestecia (percepción del propio cuerpo), formada con el prefijo koinós (común).
Todas estas palabras, de significado diferente al que hoy damos a estética, surgieron en la segunda mitad del siglo XIX con la irrupción de la Psicología como ciencia independiente. A mediados del siglo XVIII, el alemán Alexander Gottlieb Baumgarten (1714-1762) había publicado una obra que él mismo definió como una «crítica del buen gusto» bajo el título de Aesthetica, creando un neolatinismo que significaba 'ciencia del buen gusto', contra el cual se levantaron numerosas objeciones de lingüistas y pensadores.
Sin embargo, el neologismo latino acabó por imponerse y fue adoptado con su nuevo sentido en 1753 en alemán como ästhetisch y en francés como esthétique, en 1832 en inglés como aesthetic, y en español y portugués en la segunda mitad del siglo XIX como estética.
Esta definición, como la de otras tantas palabras -triviales, multiusos, caprichosas, elementales,..-, llegó a mi casilla electrónica, luego de haberme suscrito a una lista de oficiosos gramáticos que brindan este servicio gratuitamente.
Todas estas palabras, de significado diferente al que hoy damos a estética, surgieron en la segunda mitad del siglo XIX con la irrupción de la Psicología como ciencia independiente. A mediados del siglo XVIII, el alemán Alexander Gottlieb Baumgarten (1714-1762) había publicado una obra que él mismo definió como una «crítica del buen gusto» bajo el título de Aesthetica, creando un neolatinismo que significaba 'ciencia del buen gusto', contra el cual se levantaron numerosas objeciones de lingüistas y pensadores.
Sin embargo, el neologismo latino acabó por imponerse y fue adoptado con su nuevo sentido en 1753 en alemán como ästhetisch y en francés como esthétique, en 1832 en inglés como aesthetic, y en español y portugués en la segunda mitad del siglo XIX como estética.
Esta definición, como la de otras tantas palabras -triviales, multiusos, caprichosas, elementales,..-, llegó a mi casilla electrónica, luego de haberme suscrito a una lista de oficiosos gramáticos que brindan este servicio gratuitamente.
4.10.05
Bad fellows
Reordenando papeles me encuentro con uno diminuto, una cita, arrancada de un artículo de Aguilar Camín que apareció en junio pasado —cuando el lío de “garganta profunda”—, en El País, de España. Dice así: “Los equilibrios de poderes, escribió Madison, padre fundador de la democracia americana, deben diseñarse pensando en poner límites a los chicos malos (los bad fellows), ya que los buenos, por definición, se contienen solos. Se trata de que los malos se vigilen y contrarresten entre ellos, y que sea caro para todos actuar mal”.
No sé cómo se pueda interpretar este pensamiento en este mismísimo presente, cuando la mayoría del congreso norteamericano, los malos de esta película, deben, porque ya no hay salida, hacerse responsables de sus acciones corruptas, cuyo móbil no era más que el enriquecimiento ilimitado de unos pocos conjurados del partido republicano (una buena parte de la sociedad, no sólo quiere ganarse la vida sino hacer fortuna, no hay nada de malo en ello, están en su derecho, pero siempre y cuando sepan respetar las reglas de juego, las reglas que le avisan que también otros traen sus mismos afanes).
Esperemos que las instituciones que rigen la democracia americana demuestren su fortaleza ante los envates de estos políticos que, como muchos de los de países iberoamericanos, han llegado al poder solamente para usufructuarlo a como en gana les venga. Esperemos que el afán de justicia contenido en el pensamiento de James Madison les alcance a estos señores y les recuerde sus olvidados deberes.
¿Y cómo son las reglas de juego en el país de cada uno?
No sé cómo se pueda interpretar este pensamiento en este mismísimo presente, cuando la mayoría del congreso norteamericano, los malos de esta película, deben, porque ya no hay salida, hacerse responsables de sus acciones corruptas, cuyo móbil no era más que el enriquecimiento ilimitado de unos pocos conjurados del partido republicano (una buena parte de la sociedad, no sólo quiere ganarse la vida sino hacer fortuna, no hay nada de malo en ello, están en su derecho, pero siempre y cuando sepan respetar las reglas de juego, las reglas que le avisan que también otros traen sus mismos afanes).
Esperemos que las instituciones que rigen la democracia americana demuestren su fortaleza ante los envates de estos políticos que, como muchos de los de países iberoamericanos, han llegado al poder solamente para usufructuarlo a como en gana les venga. Esperemos que el afán de justicia contenido en el pensamiento de James Madison les alcance a estos señores y les recuerde sus olvidados deberes.
¿Y cómo son las reglas de juego en el país de cada uno?
21.9.05
Hombres y mujeres de aldea
¿Sabemos cómo se erigían, alteraban y mal entendían las ideas que reclamaban justicia y entendimiento al mundo hace cien, doscientos o trecientos años? Creo que si no lo sabemos, no nos será difícil suponerlo, pues, al fin y al cabo, un conjunto importante de las que se eriguieron en los siglos XVIII, XIX y XX han llegado hasta nosotros y, por lo que parece, seguiran en órbita por largo tiempo (las que pueden prescindir de la justicia, por lo que parece, también seguirá en órbita).
Menos fácil me es suponer el viaje a lomo de caballo que entonces realizaban estas ideas de buena voluntad por territorios, culturas y lenguas múltiples, diversas. Me es difícil imaginar cómo habran sido entonces recibidos y propagados estos idearios —supongo que, si bien entendidos, luego, a lo mejor, fueron mal ejecutados; si no, adapatados sus sentidos a los contextos donde se posaban, antes de petrificarse y caer en el olvido.
En aquellos tiempos ¿quienes, además de los filósofos, eran los que se daban el trabajo de examinar esas ideas de buena voluntad y ponerlas a prueba, confrontándolas con la realidad? ¿quienes las difundían, a quienes llegaba esas voces pensadas? y bueno, suponiendo que todo este proceso se llevaba a cabo ¿qué sucedía entonces? ¿ser común mortal y tener una idea sobre algún aspecto o aspectos importantes de la realidad de entonces tenía valor comunitario alguno? ¿podía esto alterar un dictamen político, una decisión de gobierno, un reinado?
Este rosario de preguntas me nacen al repasar el concepto “opinión pública”, término esencial para ciudadanos, políticos y medios de comunicació impresos y televisivos. La opinión pública tiene peso, si no definitorio, sí uno que no se puede ignorar.
Soy parte de la aldea. El sitio que habito me posibilita un punto de vista de las cosas, una idea del mundo vuelto aldea, con sus tiempos y sus espacios en constante movimiento. Esa manera de ver es una milllonésima parte de opinión pública que se funde con otras, se construye, conversando y leyendo sobre la realidad y los sueños que la poblan.
En la aldea me cruzo con muchas voces, conozco unas pocas, platico con ellas, con la de los amigos, pero, en verdad ¿qué otras voces escucho, qué palabras otras me mueven? ¿de dónde sacan eos pensamientos los temas que me recuerdan el mundo y llaman mi atención? ¿quién, quienes son las personas que ponen las fichas de discusión sobre el tapete? ¿cómo es que, luego de abrirse camino de entre la letrada multitud, llegan hasta mis oídos voces que demandan entendimiento y me muestran realidades y razones que a lo mejor me incumben pero hasta ese rato nada me decían? ¿de quién, de quienes son esas palabras que luego de su contacto, breve o detenido, dejan a indiferencia sofocada, a comodidad en aprietos, a ignorancia apabullada en trabado soliloquio?
Ruego no se incomoden con el desfile de preguntas que me han salido al paso. No salieron en valde. Antés valdrá la pena echar un vistazo a la lista que la Foreingn Policy acaba de poner en la red con los nombres de los, a su criterio, cien intectuales más influyentes en la opinión pública global, justamente los que ponen los temas de discusión sobre el tapete de la modernidad
De lengua castellana, forman parte de esta lista, apenas tres personas —un mexicano y dos peruanos—; de lengua portuguesa, un brasileño.
El que lo desee puede visitar el link y participar en la votación allí propuesta (máximo cinco votos). O si desea, sugerir nombres de intelectuales que considere importantes pero no constan en esta lista.
Menos fácil me es suponer el viaje a lomo de caballo que entonces realizaban estas ideas de buena voluntad por territorios, culturas y lenguas múltiples, diversas. Me es difícil imaginar cómo habran sido entonces recibidos y propagados estos idearios —supongo que, si bien entendidos, luego, a lo mejor, fueron mal ejecutados; si no, adapatados sus sentidos a los contextos donde se posaban, antes de petrificarse y caer en el olvido.
En aquellos tiempos ¿quienes, además de los filósofos, eran los que se daban el trabajo de examinar esas ideas de buena voluntad y ponerlas a prueba, confrontándolas con la realidad? ¿quienes las difundían, a quienes llegaba esas voces pensadas? y bueno, suponiendo que todo este proceso se llevaba a cabo ¿qué sucedía entonces? ¿ser común mortal y tener una idea sobre algún aspecto o aspectos importantes de la realidad de entonces tenía valor comunitario alguno? ¿podía esto alterar un dictamen político, una decisión de gobierno, un reinado?
Este rosario de preguntas me nacen al repasar el concepto “opinión pública”, término esencial para ciudadanos, políticos y medios de comunicació impresos y televisivos. La opinión pública tiene peso, si no definitorio, sí uno que no se puede ignorar.
Soy parte de la aldea. El sitio que habito me posibilita un punto de vista de las cosas, una idea del mundo vuelto aldea, con sus tiempos y sus espacios en constante movimiento. Esa manera de ver es una milllonésima parte de opinión pública que se funde con otras, se construye, conversando y leyendo sobre la realidad y los sueños que la poblan.
En la aldea me cruzo con muchas voces, conozco unas pocas, platico con ellas, con la de los amigos, pero, en verdad ¿qué otras voces escucho, qué palabras otras me mueven? ¿de dónde sacan eos pensamientos los temas que me recuerdan el mundo y llaman mi atención? ¿quién, quienes son las personas que ponen las fichas de discusión sobre el tapete? ¿cómo es que, luego de abrirse camino de entre la letrada multitud, llegan hasta mis oídos voces que demandan entendimiento y me muestran realidades y razones que a lo mejor me incumben pero hasta ese rato nada me decían? ¿de quién, de quienes son esas palabras que luego de su contacto, breve o detenido, dejan a indiferencia sofocada, a comodidad en aprietos, a ignorancia apabullada en trabado soliloquio?
Ruego no se incomoden con el desfile de preguntas que me han salido al paso. No salieron en valde. Antés valdrá la pena echar un vistazo a la lista que la Foreingn Policy acaba de poner en la red con los nombres de los, a su criterio, cien intectuales más influyentes en la opinión pública global, justamente los que ponen los temas de discusión sobre el tapete de la modernidad
De lengua castellana, forman parte de esta lista, apenas tres personas —un mexicano y dos peruanos—; de lengua portuguesa, un brasileño.
El que lo desee puede visitar el link y participar en la votación allí propuesta (máximo cinco votos). O si desea, sugerir nombres de intelectuales que considere importantes pero no constan en esta lista.
17.9.05
Esperando a Houellebecq
En cuestión libros y literatura hay una tradición alemana y, sobre todo, francesa, que no se da en la inglesa, italiana y española (habló sólo de los mercados de libros más movidos). Es la manera como, de año a año, las editoriales presentan al público sus novedades, la rentrée litteraire. Para este otoño, la novedad en francés y —cosa no tan extraña pues las literaturas saltan idiomas— en alemán, que más interés ha despertado, es el libro último de Michael Houellebecq, La posibilité d’une île, en librerías francesas desde el 31 de agosto pasado —en alemán desde el 22.
Desde julio se empezó a escribir insistentemente alrededor de esta novela de la que nadie podía asegurar apenas algo pues todos desconocían sus contenidos en detalle. Houellebecq es, hasta la fecha, el enfant terrible de las letras francesas más a la mano y mejor promocionado que conocemos. Los temas propuestos en su escritura, en sus entrevistas e intervenciones arremeten contra el paisaje de las sociedades ricas de occidente, el visible de espejismos y velocidad, el invisible de vaciedad, sin razón y aburrimiento. Desde hace una década, como en los buenos negocios, sus lectores no han dejado de crecer, sus libros de venderse por miles.
En la gira de promoción de su novela por el mercado de lengua alemana (esta vez declinó promocionarlo en Francia ), luego de visitar Colonia, estuvo el pasado miércoles en Zürich. No quise perderme la posibilidad de ver y escuchar al señor que tanta atención convoca y, puesto que admiro sus libros, poner en juego ese prejuicio que hace que identifiquemos obra y autor en una sola cosa.
La lectura la organizó el Literaturhaus de Zürich, sin embargo, ésta se llevo a cabo en el Kunsthaus. Llegamos allí a las 19.55, con las justas. Cuando ingresamos a la sala de lecturas, las 500 plazas que dispone estaban copadas (no nos sorprendió pues las entradas estuvieron agotadas hace ya dos semanas). No había sitio entonces en el que mujer y yo podamos tomar asiento. Sin embargo, una acomodadora que nos sorprendió titubeando con nuestro no saber qué, nos condujó hasta la tercera y cuarta fila, donde separadamente pudo encontranos un sitio para cada uno. Ni modo, allí nos quedamos quietitos, concientes de que a pesar del tiempo ajustado con el que vinimos habíamos encontrado buenas plazas, y, como todo el mundo, mirando la hora —eran ya las 20.10—, a la espera de que empezará la velada literaria (un retraso de diez minutos en lógica helvética es demasiado).
La directora del Literaturhaus hizó entonces su aparición, dió la bienvenida al público y recalcó la importancia del invitado de esta noche; al paso, adelantó opiniones sobre los contenidos de La posibilité d’une île, de la que luego su autor leería unos pocos fragmentos (Lichtemberg y Mollière se posaron en este discurso de terciopelo); al concluir su intervención de suave material, y como suele suceder en los podios televisivos al anunciar a un invitado, la señora, como las cámaras, condujó nuestra atención a la puerta por la que apararecería M.H (el público lo aguardaba con las palmas listas), pero, ¡oh sorpresa!, los segundos se congelaron y el invitado no apareció; apareció en su lugar otra persona, a decir que el autor no estaba listo aún o le retenía alguna cosa en los camerinos. Agilmente la presentadora empezó a pedir disculpas ... pero, felizmente, fue interrumpida inmediatamente por los aplausos del público.
Ahí estaba el hombre, irrumpió de sopetón, y se encaminaba ahora al estrado, con gesto dubitativo, frágil en apariencia y completamente desprovisto de la prestancia cosmopolita que los escritores profesionales, incluidos los tímidos, suelen lucir, mostrar y demostrar con sus maneras, tics y tricks de salón en este tipo de actos (¿o es que, en algunas personas, forma parte de la representación dejarse percibir como un retraído narcisista, que suple la falta de desenvoltura con una leve seda de atolondramiento?) . En la mesa le aguardaban Barbara Villiger Heilig, comentadora de teatro del Neue Zürcher Zeitung, encargada esta noche de guiar la conversación con el autor, y el actor Robert Hunger-Bühler, que sería el que leería los fragmentos escogidos en lengua alemana (un detalle: este actor, en la temporada teatral pasada, encarnó el papel protagónico, como Michael, en el montaje que se hizó en Zürich de Las partículas elementales). Luego de saludarlos protocolariamente, Michael Thomas, que es nombre con el que Houellebecq nació y creció, colocó sobre la mesa una funda plástica que contenía sus libros, su chaqueta en el espaldar de su silla, tomó asiento y dió inicio a la noche literaria —demasiado larga, al final incluso aburrida.
Para los asistentes que esperaban escuchar al Houellebecq irreverente y provocador que comentan a cada momento los periódicos y revistas esta noche habrá debido desencantarlos. Tres cigarrillos fumados en público, cuatro párrafos leídos por él en francés — su voz grave torna a las palabras en murmullos, a las oraciones en cadenas de fonemas incomprensibles—, cuatro fragmentos leídos en alemán, al final una conversación que nunca llegó a convertirse en tal cosa porque Frau Villiger Heilig no encontró el tono que hacía falta para que las palabras tomaran vida (¡oh Liechtenberg! ¡oh Mollière que bien haría que las palabras de ustedes posase algo de su chispa en las de esas inteligencias que se dejan leer bien pero no escuchar). No había vueltas que darle al asunto: la señora anfitriona desesperó con las respuestas puntuales y asépticas de un Houellbecq demasiado humano, demasiado topado por el aurea de sus personajes para andarse en correteadas de promoción de libros que exigen a sus autores más de lo que su letra, leída y tomada al pie, da. Los asistentes empezarón a abandonar la sala de a poco. La señora Villiger Heilig, entonces, con la prestancia que le hizo falta para halar de la lengua al provocador, dio por terminada la lectura. El autor desapareció por la puerta que entró. No hizo caso alguno a los fotografos. No firmó libro alguno, como de normal lo hacen sus colegas más famosos.
Por mi parte regresé a casa de buen ánimo. No esperaba más de lo que sucedió en esas dos horas y media. Regresé satisfecho con la impresión que Houellebecq me causó —ésta no anuló la admiración que tengo por sus libros— y, obra del azar, por haber sido un buen pretexto para encontrarme sin previa cita con un par de amigos que no había visto hace tiempo.
P.S.
Es famoso el perrito diminuto —un welsh corgie— que acompaña a todo lado al autor francés; como podrá suponerse de la lecturas de las palabras anteriores —pues no lo nombro—, este no dio que hablar en toda la noche. A los pies de su dueño aguantó el tiempo de la lectura sin ganas siquiera de irse a levantar su pata en alguna esquina del escenario.
Desde julio se empezó a escribir insistentemente alrededor de esta novela de la que nadie podía asegurar apenas algo pues todos desconocían sus contenidos en detalle. Houellebecq es, hasta la fecha, el enfant terrible de las letras francesas más a la mano y mejor promocionado que conocemos. Los temas propuestos en su escritura, en sus entrevistas e intervenciones arremeten contra el paisaje de las sociedades ricas de occidente, el visible de espejismos y velocidad, el invisible de vaciedad, sin razón y aburrimiento. Desde hace una década, como en los buenos negocios, sus lectores no han dejado de crecer, sus libros de venderse por miles.
En la gira de promoción de su novela por el mercado de lengua alemana (esta vez declinó promocionarlo en Francia ), luego de visitar Colonia, estuvo el pasado miércoles en Zürich. No quise perderme la posibilidad de ver y escuchar al señor que tanta atención convoca y, puesto que admiro sus libros, poner en juego ese prejuicio que hace que identifiquemos obra y autor en una sola cosa.
La lectura la organizó el Literaturhaus de Zürich, sin embargo, ésta se llevo a cabo en el Kunsthaus. Llegamos allí a las 19.55, con las justas. Cuando ingresamos a la sala de lecturas, las 500 plazas que dispone estaban copadas (no nos sorprendió pues las entradas estuvieron agotadas hace ya dos semanas). No había sitio entonces en el que mujer y yo podamos tomar asiento. Sin embargo, una acomodadora que nos sorprendió titubeando con nuestro no saber qué, nos condujó hasta la tercera y cuarta fila, donde separadamente pudo encontranos un sitio para cada uno. Ni modo, allí nos quedamos quietitos, concientes de que a pesar del tiempo ajustado con el que vinimos habíamos encontrado buenas plazas, y, como todo el mundo, mirando la hora —eran ya las 20.10—, a la espera de que empezará la velada literaria (un retraso de diez minutos en lógica helvética es demasiado).
La directora del Literaturhaus hizó entonces su aparición, dió la bienvenida al público y recalcó la importancia del invitado de esta noche; al paso, adelantó opiniones sobre los contenidos de La posibilité d’une île, de la que luego su autor leería unos pocos fragmentos (Lichtemberg y Mollière se posaron en este discurso de terciopelo); al concluir su intervención de suave material, y como suele suceder en los podios televisivos al anunciar a un invitado, la señora, como las cámaras, condujó nuestra atención a la puerta por la que apararecería M.H (el público lo aguardaba con las palmas listas), pero, ¡oh sorpresa!, los segundos se congelaron y el invitado no apareció; apareció en su lugar otra persona, a decir que el autor no estaba listo aún o le retenía alguna cosa en los camerinos. Agilmente la presentadora empezó a pedir disculpas ... pero, felizmente, fue interrumpida inmediatamente por los aplausos del público.
Ahí estaba el hombre, irrumpió de sopetón, y se encaminaba ahora al estrado, con gesto dubitativo, frágil en apariencia y completamente desprovisto de la prestancia cosmopolita que los escritores profesionales, incluidos los tímidos, suelen lucir, mostrar y demostrar con sus maneras, tics y tricks de salón en este tipo de actos (¿o es que, en algunas personas, forma parte de la representación dejarse percibir como un retraído narcisista, que suple la falta de desenvoltura con una leve seda de atolondramiento?) . En la mesa le aguardaban Barbara Villiger Heilig, comentadora de teatro del Neue Zürcher Zeitung, encargada esta noche de guiar la conversación con el autor, y el actor Robert Hunger-Bühler, que sería el que leería los fragmentos escogidos en lengua alemana (un detalle: este actor, en la temporada teatral pasada, encarnó el papel protagónico, como Michael, en el montaje que se hizó en Zürich de Las partículas elementales). Luego de saludarlos protocolariamente, Michael Thomas, que es nombre con el que Houellebecq nació y creció, colocó sobre la mesa una funda plástica que contenía sus libros, su chaqueta en el espaldar de su silla, tomó asiento y dió inicio a la noche literaria —demasiado larga, al final incluso aburrida.
Para los asistentes que esperaban escuchar al Houellebecq irreverente y provocador que comentan a cada momento los periódicos y revistas esta noche habrá debido desencantarlos. Tres cigarrillos fumados en público, cuatro párrafos leídos por él en francés — su voz grave torna a las palabras en murmullos, a las oraciones en cadenas de fonemas incomprensibles—, cuatro fragmentos leídos en alemán, al final una conversación que nunca llegó a convertirse en tal cosa porque Frau Villiger Heilig no encontró el tono que hacía falta para que las palabras tomaran vida (¡oh Liechtenberg! ¡oh Mollière que bien haría que las palabras de ustedes posase algo de su chispa en las de esas inteligencias que se dejan leer bien pero no escuchar). No había vueltas que darle al asunto: la señora anfitriona desesperó con las respuestas puntuales y asépticas de un Houellbecq demasiado humano, demasiado topado por el aurea de sus personajes para andarse en correteadas de promoción de libros que exigen a sus autores más de lo que su letra, leída y tomada al pie, da. Los asistentes empezarón a abandonar la sala de a poco. La señora Villiger Heilig, entonces, con la prestancia que le hizo falta para halar de la lengua al provocador, dio por terminada la lectura. El autor desapareció por la puerta que entró. No hizo caso alguno a los fotografos. No firmó libro alguno, como de normal lo hacen sus colegas más famosos.
Por mi parte regresé a casa de buen ánimo. No esperaba más de lo que sucedió en esas dos horas y media. Regresé satisfecho con la impresión que Houellebecq me causó —ésta no anuló la admiración que tengo por sus libros— y, obra del azar, por haber sido un buen pretexto para encontrarme sin previa cita con un par de amigos que no había visto hace tiempo.
P.S.
Es famoso el perrito diminuto —un welsh corgie— que acompaña a todo lado al autor francés; como podrá suponerse de la lecturas de las palabras anteriores —pues no lo nombro—, este no dio que hablar en toda la noche. A los pies de su dueño aguantó el tiempo de la lectura sin ganas siquiera de irse a levantar su pata en alguna esquina del escenario.
7.9.05
Extremo y duro
Acabo de encontrarme con este texto del escritor barcelonés Juan Goytisolo. A este autor lo leo cuando se me cruza en el camino (y no ha dejado de hacerlo desde hace dos décadas). Sin buscarlos, sin planteármelos como objetivo de lectura, sus textos –novela, ensayo, artículos– siempre aparecen cuando menos uno se lo piensa – y con ellos, el tiempo que se requiere para leerlos se inventa a si mismo, en un abrir y cerrar de ojos.
De este autor me gusta no sólo su prosa de frases largas y su manera de ir por el mundo. Nunca he dejado de admirar su constelación de afectos, sus pasiones literarias (Jean Genet, Manuel Puig, Susan Sonntag) y las distancias con no pocos de sus colegas. En este texto está el eje de sus temas, de sus broncas y la manera como suele enfrentarlas. Vamos a ver que les parece.
El bien más precioso
JUAN GOYTISOLO
Quisiera exponer unas breves reflexiones acerca de los premios y de su incidencia en la vida literaria o artística del creador. Parto del principio de que una obra no será mejor ni peor por el hecho de obtenerlos. Autores hay que no cosecharon en vida laurel alguno y nos legaron una obra indemne por el paso del tiempo. Otros hay que acumularon medallas y recompensas a lo largo de su existencia y hoy apenas sabemos quiénes fueron ni qué escribieron, pues su obra no alcanzó a trascender la actualidad y desapareció con ella. Los primeros trabajaron en una soledad fecunda, sin preocuparse por el éxito y el reconocimiento. Evitaron la notoriedad fácil y el propósito de hacer carrera que identifican de inmediato a quienes por vanidad o afán de lucro se transforman en el pelota o trepa orgánicos al servicio del poder, del partido o la empresa. Los segundos, todos los conocemos, corren tras la celebridad, el poder, los fuegos de artificio de la gloria mediática. Son personajes, no personas. Quieren ser famosos, y con arte y paciencia en el manejo de las relaciones públicas, llegan a serlo. Tienen muchas tablas en eso de ganar palmas y de ascender en el escalafón. Si no logran el prestigio nacional, se aferran a la consecución del local. Aspiran a que, al fallecer, su nombre, y tal vez su estatua, figuren en las calles de su patria chica, conforme a un programado y patético anhelo de inmortalidad. Tal es su irrisorio destino.
Digo esto y a continuación me corrijo. Para abrirse paso en medio de tanta trapacería e ignorancia cerril, los jóvenes con talento necesitan el estímulo de los premios honestos, es decir, los no concedidos de antemano. Las leyes del feroz dios Mercado y esa terca inclinación nacional por la novela-refrito y la facilidad desastrosa de los versificadores de oficio conspiran para ahogar las voces críticas y los planteamientos individuales. La marea del producto editorial anega al texto literario. Cuando un joven creador me explica sus dificultades para encontrar editor, le respondo que si yo firmara Perico de los Palotes y enviara el manuscrito de Don Julián a los grandes consorcios de la industria del libro que acaparan hoy la casi totalidad del mercado, la novela sería con toda probabilidad rechazada y devuelta al remitente. A la censura política del franquismo sucede otra, más sutil y nefasta: la del supuesto "lector medio", alérgico a todo asomo de originalidad, que quiere más de lo mismo y se abastece para ello en los Kentucky Fried Chicken del producto prefabricado con miras al palmarés de los campeones de ventas. Tal es el ferial acotado. Los novelistas, poetas y artistas que, con una buena dosis de heroísmo, se esfuerzan en forjarse una lengua y un mundo propios viven extramuros. Son independientes, y esta independencia es el bien más precioso del que disponen. Conocen el dilema, expuesto por Antonio Saura de forma lapidaria: o hipo de la moda o moderna intensidad. La moderna intensidad circula a través de los tiempos. Ningún premio ni desdén la afectan. El escenario de los divos se apaga y los devora. Por eso la soledad del corredor de fondo será la apuesta mejor.
Me excusarán, para terminar, unas pocas palabras de índole personal. En mi juventud tuve la gran suerte de no conocer en España gloria alguna sino, como dijo un gacetillero del Régimen, la de "ser más conocido en las comisarías que en las librerías". Me despiojé, lavé y eduqué fuera. A pulso, día tras día, me consagré a la difícil conquista de la libertad política, social, artística y personal. Muerto Franco, asistí con alivio a la transición democrática que cuajó, tras las vicisitudes que ustedes conocen, en la Constitución de 1978; pero, como advertí pronto, este cambio feliz no fue acompañado con una transición similar en el ámbito de la cultura. La inercia del pasado fue más fuerte. El salto de un atraso y abandono seculares a la condición de "país de nuevos ricos, nuevos libres y nuevos europeos" se tradujo en la emergencia de una sociedad hipermoderna, admirable por su lozanía y empuje, pero incapaz de asumir los principios intelectuales y éticos que vertebraron la España republicana por la que combatieron nuestros compatriotas más íntegros y lúcidos en la Guerra Civil. Por dicha razón, he procurado mantenerme al margen del mundo oficial y de todo poder mediático. Sólo la regresión de Aznar al nacionalcatolicismo más obtuso y rancio me obligó a saltar a la arena política. Desde el 14-M respiro de nuevo y vuelvo a ser lo que soy: un simple ciudadano que se siente más seguro de sí mismo cuando es declarado persona non grata -como ocurrió aun en la pasada época, por mi defensa de los inmigrantes de El Ejido- que al recibir una recompensa, a todas luces digna, como la que otorgan, a mis compañeros y a mí, en el presente acto.
Me alegra, en cualquier caso, que el premio, el primero que a la edad de 74 añitos se me concede en España, sea el de la autonomía más pobre de la Península, pero que, a juzgar por las estadísticas, dispone de mayor número de bibliotecas y agencias de lectura y ofrece el mejor ejemplo de integración de los inmigrantes. Ello la honra, me honra y nos honra a todos los aquí reunidos. ¿Habrá que recordar las discriminaciones del pasado a los charnegos, maketos, extremeños, coreanos, murcianos y demás gente "de mal vivir" que evocaba Alfonso Sastre en Lumpen, marginación y jerigonza, o las que sufren los gitanos, sudacas, magrebíes o africanos en algunas zonas de la España admitida con honores en el Club de los Cresos? Lo barrido a las afueras me ha atraído siempre más que el centro lucido y pulcro, porque la verdad florece precisamente en los límites y costuras de la sociedad. Extremadura es un buen acechadero, desde aquí se avizora con mayor nitidez y distancia el forcejeo desaforado por el poder de quienes se vieron privados de él por una decisión soberana del pueblo y el penoso espectáculo de algunas autonomías ricas, pero insolidarias y gárrulas, incapaces de hallar un término medio entre la visión republicana de Azaña y el federalismo de Pi y Margall.
Para concluir. Al divulgarse la noticia del galardón, un amigo me dijo: "Tu obra es extrema y dura. El premio la ha nombrado". Creo que Julián Ríos no erraba: por esta relación entre el nombre y lo nombrado disfruto del privilegio de estar aquí entre ustedes.
Juan Goytisolo es escritor. Este artículo reproduce el texto leído por el autor el 6 de septiembre en la recepción del Premio Extremadura a la Creación a la Mejor Trayectoria de Autor Iberoamericano 2005.
Tomado de El País, de su edición del 7 de septiembre de 2005
De este autor me gusta no sólo su prosa de frases largas y su manera de ir por el mundo. Nunca he dejado de admirar su constelación de afectos, sus pasiones literarias (Jean Genet, Manuel Puig, Susan Sonntag) y las distancias con no pocos de sus colegas. En este texto está el eje de sus temas, de sus broncas y la manera como suele enfrentarlas. Vamos a ver que les parece.
El bien más precioso
JUAN GOYTISOLO
Quisiera exponer unas breves reflexiones acerca de los premios y de su incidencia en la vida literaria o artística del creador. Parto del principio de que una obra no será mejor ni peor por el hecho de obtenerlos. Autores hay que no cosecharon en vida laurel alguno y nos legaron una obra indemne por el paso del tiempo. Otros hay que acumularon medallas y recompensas a lo largo de su existencia y hoy apenas sabemos quiénes fueron ni qué escribieron, pues su obra no alcanzó a trascender la actualidad y desapareció con ella. Los primeros trabajaron en una soledad fecunda, sin preocuparse por el éxito y el reconocimiento. Evitaron la notoriedad fácil y el propósito de hacer carrera que identifican de inmediato a quienes por vanidad o afán de lucro se transforman en el pelota o trepa orgánicos al servicio del poder, del partido o la empresa. Los segundos, todos los conocemos, corren tras la celebridad, el poder, los fuegos de artificio de la gloria mediática. Son personajes, no personas. Quieren ser famosos, y con arte y paciencia en el manejo de las relaciones públicas, llegan a serlo. Tienen muchas tablas en eso de ganar palmas y de ascender en el escalafón. Si no logran el prestigio nacional, se aferran a la consecución del local. Aspiran a que, al fallecer, su nombre, y tal vez su estatua, figuren en las calles de su patria chica, conforme a un programado y patético anhelo de inmortalidad. Tal es su irrisorio destino.
Digo esto y a continuación me corrijo. Para abrirse paso en medio de tanta trapacería e ignorancia cerril, los jóvenes con talento necesitan el estímulo de los premios honestos, es decir, los no concedidos de antemano. Las leyes del feroz dios Mercado y esa terca inclinación nacional por la novela-refrito y la facilidad desastrosa de los versificadores de oficio conspiran para ahogar las voces críticas y los planteamientos individuales. La marea del producto editorial anega al texto literario. Cuando un joven creador me explica sus dificultades para encontrar editor, le respondo que si yo firmara Perico de los Palotes y enviara el manuscrito de Don Julián a los grandes consorcios de la industria del libro que acaparan hoy la casi totalidad del mercado, la novela sería con toda probabilidad rechazada y devuelta al remitente. A la censura política del franquismo sucede otra, más sutil y nefasta: la del supuesto "lector medio", alérgico a todo asomo de originalidad, que quiere más de lo mismo y se abastece para ello en los Kentucky Fried Chicken del producto prefabricado con miras al palmarés de los campeones de ventas. Tal es el ferial acotado. Los novelistas, poetas y artistas que, con una buena dosis de heroísmo, se esfuerzan en forjarse una lengua y un mundo propios viven extramuros. Son independientes, y esta independencia es el bien más precioso del que disponen. Conocen el dilema, expuesto por Antonio Saura de forma lapidaria: o hipo de la moda o moderna intensidad. La moderna intensidad circula a través de los tiempos. Ningún premio ni desdén la afectan. El escenario de los divos se apaga y los devora. Por eso la soledad del corredor de fondo será la apuesta mejor.
Me excusarán, para terminar, unas pocas palabras de índole personal. En mi juventud tuve la gran suerte de no conocer en España gloria alguna sino, como dijo un gacetillero del Régimen, la de "ser más conocido en las comisarías que en las librerías". Me despiojé, lavé y eduqué fuera. A pulso, día tras día, me consagré a la difícil conquista de la libertad política, social, artística y personal. Muerto Franco, asistí con alivio a la transición democrática que cuajó, tras las vicisitudes que ustedes conocen, en la Constitución de 1978; pero, como advertí pronto, este cambio feliz no fue acompañado con una transición similar en el ámbito de la cultura. La inercia del pasado fue más fuerte. El salto de un atraso y abandono seculares a la condición de "país de nuevos ricos, nuevos libres y nuevos europeos" se tradujo en la emergencia de una sociedad hipermoderna, admirable por su lozanía y empuje, pero incapaz de asumir los principios intelectuales y éticos que vertebraron la España republicana por la que combatieron nuestros compatriotas más íntegros y lúcidos en la Guerra Civil. Por dicha razón, he procurado mantenerme al margen del mundo oficial y de todo poder mediático. Sólo la regresión de Aznar al nacionalcatolicismo más obtuso y rancio me obligó a saltar a la arena política. Desde el 14-M respiro de nuevo y vuelvo a ser lo que soy: un simple ciudadano que se siente más seguro de sí mismo cuando es declarado persona non grata -como ocurrió aun en la pasada época, por mi defensa de los inmigrantes de El Ejido- que al recibir una recompensa, a todas luces digna, como la que otorgan, a mis compañeros y a mí, en el presente acto.
Me alegra, en cualquier caso, que el premio, el primero que a la edad de 74 añitos se me concede en España, sea el de la autonomía más pobre de la Península, pero que, a juzgar por las estadísticas, dispone de mayor número de bibliotecas y agencias de lectura y ofrece el mejor ejemplo de integración de los inmigrantes. Ello la honra, me honra y nos honra a todos los aquí reunidos. ¿Habrá que recordar las discriminaciones del pasado a los charnegos, maketos, extremeños, coreanos, murcianos y demás gente "de mal vivir" que evocaba Alfonso Sastre en Lumpen, marginación y jerigonza, o las que sufren los gitanos, sudacas, magrebíes o africanos en algunas zonas de la España admitida con honores en el Club de los Cresos? Lo barrido a las afueras me ha atraído siempre más que el centro lucido y pulcro, porque la verdad florece precisamente en los límites y costuras de la sociedad. Extremadura es un buen acechadero, desde aquí se avizora con mayor nitidez y distancia el forcejeo desaforado por el poder de quienes se vieron privados de él por una decisión soberana del pueblo y el penoso espectáculo de algunas autonomías ricas, pero insolidarias y gárrulas, incapaces de hallar un término medio entre la visión republicana de Azaña y el federalismo de Pi y Margall.
Para concluir. Al divulgarse la noticia del galardón, un amigo me dijo: "Tu obra es extrema y dura. El premio la ha nombrado". Creo que Julián Ríos no erraba: por esta relación entre el nombre y lo nombrado disfruto del privilegio de estar aquí entre ustedes.
Juan Goytisolo es escritor. Este artículo reproduce el texto leído por el autor el 6 de septiembre en la recepción del Premio Extremadura a la Creación a la Mejor Trayectoria de Autor Iberoamericano 2005.
Tomado de El País, de su edición del 7 de septiembre de 2005
4.9.05
Perro sin dueño
Esta semana, mientras fluía y tropezaba con mis asuntos, hábitos y compromisos; mientrás hacía lo que convino para resolverlos o ponerlos en el sitio que les corresponde, ví que, por debajo de la piel de craneo, me iban saliendo al paso, inesperadamente, imágenes, fotogramas, escenas del film que fuimos a ver el pasado sábado. No me salían recuerdos del film visto: se me aparecían, por debajo del cuero cabelludo, imágenes reales, realidades paridas por la ficción (como real es un verso de Paul Valery que me viene a los labios y altera con su sóla presencia lo que voy pensando).
Fuimos a ver este film, animados por el comentario admirativo pero también sigiloso que le dedicó Der Spiegel hace un par de semanas (sigiloso porque las palabras que allí se utilizarón para sugerirlo a los lectores se resisten a calificar la obra pero dejan ver la admiración que despertó en el reseñista)
“Bombón. El Perro”, del cineasta argentino Carlos Sorín, resultó ser nó sólo la obra interesante que se apodera de la atención del espectador y no lo deja libre sino al encenderse las luces. La pélícula de Sorín logra ello y, bueno, también eso que vuelve entrañable a un poema, un cuadro, un artefacto de arte, un fragmento de realidad: legarnos su fantasma y ponerlo a caminar junto a uno sin que nuestra reflexión repare en ello sino hasta más tarde —cuando empiece finalmente a catalogar los atributos que la conforman.
Varios son los elemento originales que conforman esta historia con no-actores que sucede en la Patagonia. Pero no los voy a referir.
Al abandonar la diminuta sala en la que la están pasando, cada uno de nosotros —eramos tres— nos quedamos viendo las caras sonreidos y silenciosos. Era la media noche, mientras nos encaminabamos al auto y atravesamos el puente del Limmat, sólo de a poco empezaron a venir las palabras, de a poco la noche y las luces que la alumbraban empezaron a imponerse como realidades palpables; comenzamos entonces a repasar la satisfacción que esos 90 minutos humanísimos a los que habíamos asistido nos habían proporcionado.
P.S.
DE Sorín nada sabía hasta ahora; ha empezado sin embargo a interesarme —tomo al vuelo unas pocas de sus palabras para que le tomen el pulso:
«“Bombón. El perro” es una continuidad de mi film anterior ”Historias mínimas”, porque aquí vuelvo a trabajar con personajes simples, narrados en forma minimalista e interpretados por no-actores. Quizá hablar de personajes simples sea en sí mismo una simplificación. En realidad no hay personajes simples: el universo interior del más humilde campesino ecuatoriano es tan insondable como el de un profesor de filosofía. La diferencia está en que este último reflexiona y comunica mayormente a través de la palabra; y aquel, más elemental, a través de gestos y silencios. En cine siempre he preferido lo gestual a lo textual. Una mirada, un silencio, un pequeñísimo rictus adivinado en un primer plano, comunica con mayor contundencia que la retórica de la palabra. Y eso es lo que pasa con los personajes “simples”: hay que leerlos en los ojos. Pienso que es ahí donde el cine asume el gran legado de la pintura. La mirada abatida de Felipe IV en los últimos retratos realizados por Velázquez nos dice más de la tragedia de ese rey, que todos los volúmenes que pudieron haberse escrito sobre el tema.
Fuimos a ver este film, animados por el comentario admirativo pero también sigiloso que le dedicó Der Spiegel hace un par de semanas (sigiloso porque las palabras que allí se utilizarón para sugerirlo a los lectores se resisten a calificar la obra pero dejan ver la admiración que despertó en el reseñista)
“Bombón. El Perro”, del cineasta argentino Carlos Sorín, resultó ser nó sólo la obra interesante que se apodera de la atención del espectador y no lo deja libre sino al encenderse las luces. La pélícula de Sorín logra ello y, bueno, también eso que vuelve entrañable a un poema, un cuadro, un artefacto de arte, un fragmento de realidad: legarnos su fantasma y ponerlo a caminar junto a uno sin que nuestra reflexión repare en ello sino hasta más tarde —cuando empiece finalmente a catalogar los atributos que la conforman.
Varios son los elemento originales que conforman esta historia con no-actores que sucede en la Patagonia. Pero no los voy a referir.
Al abandonar la diminuta sala en la que la están pasando, cada uno de nosotros —eramos tres— nos quedamos viendo las caras sonreidos y silenciosos. Era la media noche, mientras nos encaminabamos al auto y atravesamos el puente del Limmat, sólo de a poco empezaron a venir las palabras, de a poco la noche y las luces que la alumbraban empezaron a imponerse como realidades palpables; comenzamos entonces a repasar la satisfacción que esos 90 minutos humanísimos a los que habíamos asistido nos habían proporcionado.
P.S.
DE Sorín nada sabía hasta ahora; ha empezado sin embargo a interesarme —tomo al vuelo unas pocas de sus palabras para que le tomen el pulso:
«“Bombón. El perro” es una continuidad de mi film anterior ”Historias mínimas”, porque aquí vuelvo a trabajar con personajes simples, narrados en forma minimalista e interpretados por no-actores. Quizá hablar de personajes simples sea en sí mismo una simplificación. En realidad no hay personajes simples: el universo interior del más humilde campesino ecuatoriano es tan insondable como el de un profesor de filosofía. La diferencia está en que este último reflexiona y comunica mayormente a través de la palabra; y aquel, más elemental, a través de gestos y silencios. En cine siempre he preferido lo gestual a lo textual. Una mirada, un silencio, un pequeñísimo rictus adivinado en un primer plano, comunica con mayor contundencia que la retórica de la palabra. Y eso es lo que pasa con los personajes “simples”: hay que leerlos en los ojos. Pienso que es ahí donde el cine asume el gran legado de la pintura. La mirada abatida de Felipe IV en los últimos retratos realizados por Velázquez nos dice más de la tragedia de ese rey, que todos los volúmenes que pudieron haberse escrito sobre el tema.
31.8.05
Ajuste de cuentas
El día de ayer pesqué en diario El Comercio de Quito la nota que podrán leer líneas abajo. La pongo aquí porque no es posible recogerla del banco de datos del diario —lo he probado hace unos momentos infructuosamente.
Es una de esas noticias que suelen extraviarse por los días sin apenas concitar la atención de los lectores; sin embargo, cuando logran atraerlo, por lo general no despiertan el respeto o conceden el reconocimiento que un autor de otros lares, por un hecho similar, ganaría en el nuestro o en otro país; no, el lector equinoccial toma esas noticias con pinzas y las pone en tela de duda —nunca se sabe sobre la veracidad de las fuentes, nunca se sabe mucho sobre los contextos de donde estas noticias emergen—. A mi esta noticia me sorprendió de buena manera y alegró mi día. Tiene que ver con un poeta de la tierra.
Hace cosa de un año y medio (por abril de 2004), a Edwin Madrid, el poeta de la notita en marras, le cayeron a palos desde todos los lados —a través de los principales diarios ecuatorianos—. Resulta que Madrid fue el editor de la edición bilingüe de la obra poética completa de Jorge Carrera Andrade (editada por la CCE), una hermosa edición que fue sacada de circulación tan pronto como se la puso a la venta. Motivo: los textos trasladados al inglés tenían “errores imperdonables” y muchas otros defectos imaginarios. Reí entonces mucho con las aseveraciones que la prensa generosamente irrigó por sus páginas impugnando la versión inglesa propuesta por el traductor (todos desconocían u olvidaban deliberadamente que en literatura sólo podemos disponer de versiones excelentes, buenas, malas pero nunca de la traducción exacta que todos andaban exiguiendo).
Era de Ripley ver como periodistas, profesores, intelectuales, escritores que hasta ese momento desconocían, o conocían apenas, la obra de Carrera Andrade —digo en lengua castellana— de pronto ponían el grito en el cielo ante la versión inglesa de la obra trabajada por Madrid y Carlos Reyes, el traductor y académico norteamericano que decidió hispanizar sus nombres hace ya muchas décadas (se llamó antes Charles King). Huelga decir que el 95% de los críticos que hicieron entonces sentir su enfado no hablaban inglés —a descargo de ellos, vale anotarlo, tampoco el editor—. Fue ese un momento bastante oportuno para discutir sobre traducción pero no se lo hizo; como sucede con los temas que de verdad interesan a la realidad ecuatoriana, no se los discute, no se los prueba ante las ideas, se los utilza para ajustar cuentas.
Entonces a Madrid le cayeron a palos día tras día. A la criolla, le hicieron carga montón. De escritores con autoridad, con conocimientos de lenguas —una mano alcanza para contarlos—, no hubo alguno que quisiera opinar al respecto. Supongo que por curarse en salud o, como buenos conocedores del medio, se portaron sencillamente como viejos zorros. Pero una mañana, sin níngún misterio de por medio, en un santíamen se dejo de hablar de Madrid. Motivo: al poeta quiteño le concedieron justo en esos días el Premio Casa de América de España. Un reconocimiento a su trabajo literario otorgado por un jurado internacional que, para mala pata de los impugnadores de Edwin Madrid, estaban fuera de toda sospecha. Lastimosamente no podía inferirse amarre y, para colmo, el libro por el que le concedieron el premio, se publicaría en Visor, la editorial de La Poesía por ontonomasia, de cuyos libros hemos bebido al menos tres generaciones.
De la noche a la mañana los impugnadores de Madrid olvidaron que, en buena ciencia, la una cosa no tenía nada que ver con la otra. Que la concesión del premio hecha a Madrid se hacía a su poesía y que por tanto nada tenía que ver con la responsabilidad editorial impugnada. La bronca debió seguir, pero no, las voces callaron como cuando un profesor impaciente se manda un carajaso en una aula llena de jovencitos malcriados. Fue una pena ver como entonces se confundió una cosa con otra; ver cómo las letras encarnaban de la manera más transparente esa conversación de sordos, de sordos y cojudos, que constituye la política ecuatoriana en casi todas sus instancias.
El libro premiado, Mordiendo el frío, con sello editorial Visor (la ilustración de portada es un angelito dorado diminuto sacado de un catátlogo de La Escuela Quiteña) fue presentado en Madrid el 13 de octubre de 2004. Su contenido lo comentó luego El País de España, La Jornada de Mexico, Pagina 12 de Argentina, El Mercurio de Chile. En Ecuador lo comentó unicamente Diario Expreso, de Guayaquil. Y que yo sepa, hasta la fecha, ninguna revista de literatura.
El día de ayer leí la nota que les alcanzo; ella me ha movido a recordar el fatum de los libros de este poeta ecuatoriano. Sabía que Madrid debía ir a Argentina al encuentro de poetas en Neuquén. Sabía que Madrid tiene en Buenos Aires, Santiago, Bogota, Lima, Mexico DF los lectores que no tiene en Quito, Guayaquil y Cuenca. Suponía que sus lectores argentinos sabrían valorar el libro publicado por Visor. Pero por lo que la prensa anota, veo que supuse mal. ¡Oh muerte de pequeños senos de oro! Oh destino el de los libros de Madrid!: Puertas abiertas cautiva en inglés y árabe; su poema extenso Celebriedad en Argentina; en Chile y en México, una varia de sus, hasta ahora, ya demasiados libros. En hora buena por la literatura.
Madrid, el eje de los Celebriedades
Santiago Estrella, corresponsal en Argentina
Que un grupo de poetas decidan llamarse como el título de un libro no es usual, y menos todavía que ocurra con un ecuatoriano. Esta experiencia acaba de vivirla Edwin Madrid, invitado al Segundo Encuentro Confluencia Literaria, en Neuquén, y quien integró a más de 100 poetas de Argentina, Chile, Brasil, España.
Madrid se llevó la sorpresa de encontrarse con cinco poetas llamados Celebriedades, en honor a un libro que consideran clave en su devenir poético, 'Celebriedad' (1992).
"Ha sido una verdadera sorpresa -afirma Madrid- porque se supone que uno debiera estar viejo para recibir este tipo de homenajes".
Según Raúl Masilla, líder del grupo y organizador de la cita, luego de haber conocido al quiteño en el Encuentro de Poesía, en Rosario (2002), "nos sentimos consustanciados con la estética de "Celebriedad", a tal punto que fundaron una editorial que lleva publicados nueve títulos de la colección de libros Celebrios.
Se trata de un pequeño homenaje a los vicios. "No solamente desde el lugar de destrucción que suponen los vicios en muchas ocasiones, sino también como un canto a la vida", sostiene Mansillas.
Y la obra de esos poetas patagónicos va de ciudad en ciudad con un espectáculo montado con música y con una selección de poemas de Madrid.
Una pequeña duda ronda en la cabeza de Edwin Madrid: "Quién sabe si gané lectores o perdí otros, no me he quedado en esa instancia, tampoco me interesa. Es como un pago de cuentas de mi vida de soltero. A partir de eso, comienzo a ver la poesía diametralmente opuesta. El libro que sigue a 'Celebriedad' es 'Caballos e Iguanas'. 'Celebriedad' fue escrito hace 15 años y esa actitud, esa experiencia, ya las viví y ya no las comparto, a pesar de que es entrañable".
Gozando de los privilegios del año sabático, gracias a haber perdido su trabajo como director de talleres de la Casa de la Cultura, pero feliz por la traducción de su libro 'Puertas abiertas' al árabe en una edición de 10 000 ejemplares en el Líbano, acaba de ser invitado al Festival Mundial de Poesía que se realizará en octubre en Santiago de Chile.
Mientras se agota el dinero del último premio que recibió, tiene solo una certeza: "Estas satisfacciones son pocas, pero importantes. No se pagan con dinero, pero te hacen sentir humano, del lado bueno al que apunta la poesía. Eso me puede convertir cada vez en mejor persona que en mejor poeta".
Tomado de Diario El Comercio, de Quito-Ecuador, de su edicón del Martes 30 de Agosto del 2005
22.8.05
Desde el Limbo electrónico
Debo una disculpa a cada uno de ustedes. Acabo de rever la fecha de mi post último y dado cuenta de los dos meses transcurridos sin haber apenas escrito palabra alguna —demasiado tiempo, supongo, sin cruzar señales de vida a los imaginados conocidos que pasan por acá y, por ello mismo, les debo y correspondo mi respeto real—. En todo caso, estoy bien; salvo el paso de las horas, no me ha sucedido nada excepcional (por si las moscas, vale antés hacer una aclaración: esta retirada de dos meses al limbo electrónico, no ha sido forzada por la falta de tiempo o cosa parecida; ha sucedido de forma expontanea, como cuando uno abandona de pronto una reunión de amigos y se va por las calles con uno mismo, fumando un tabaco y pensándolos, con una imagen de sus palabras, alguna punzada de belleza, un gesto por entre el aire de la noche).
Entre tanto he hecho lo que casi todo el mundo en mi entorno hace por estas fechas: olvidarse del trabajo por unas pocas semanas e irse, sólo o con la familia, hacia algún sitio, a recobrar fuerzas matando horas y alterando rutinas; a despertarse en una habitación extraña, a toparse de pronto una mañana y otra con rostros desconocidos en paisajes por lo general no visitados antes; a caminar por calles, callejuelas y caminos con caritas despistadas y un mapa en la mano; a admirar y a aburrirse acumulando imágenes de una realidad pasajera que luego, al ser dispuestas en un orden de palabras escritas o pronunciadas, proporcionaran los argumentos básicos para erigir un comentario —si cabriado o lleno de satisfación no importará, pues en los dos casos será previsible—, tramar una fascinación —cierta, ingenua o forzada tampoco importará pues la emoción se permite de vez en vez esas buenas pasadas—, decorar un recuerdo, construir un recuerdo, ponerle fondo al paso del tiempo, multiplicar las posibilidades de conflicto familiar por el trato continuo sin apenas pausa o, si se quiere, a contribuir con un granito de arena a que se cumplan los ciclos económicos y por esta dirección... bueno, entre otras tantas cosas, buenas, buenísimas y lamentables, agotar la cuenta en el banco y llevar hasta el tope las posibilidades de las cartas de crédito.
Nosotros nos quedamos esta vez en la misma Suiza y nos fuimos a pasar un par de semanas al alto Valis, a Saas Fee, un pueblito alpino de ensueño en el que no hay tránsito vehicular convecional sino sólo unos carritos eléctricos diminutos, ubicado al pie de un formidable glaciar (belleza otra esta de los Alpes, de tupidas montañas y valles más bien estrechos en contraposición a la de los Andes, mejor dispuestos para el explendor y dejar imaginar las distancias y el horizonte). La pasamos bien, trepando y descendiendo sus pendientes tejidas de caminos y teleféricos, almorzando o tomando cerveza en sus paradores, cometiendo caminatas cuyos efectos se hacían sentir por la noche, a la hora de los tragos, pues entonces, los ánimos para continuarlos apenas se abrian paso. Sin embargo, como lo he anotado, la pasamos bien, sin sobresaltos, disfrutando de nosotros mismos, de la conversación, avivada esta vez por los comentarios siempre chispeantes de mi madre que, en su breve visita a Helvetia, también compartió con nosotros esos días de asueto.
La sorpresa ingrata me la llevé al regresar a casa, al empezar a poner mis papeles al día. En la correspondencia que me aguardaba (algo muy de acá, el correo, el servicio de comunicación por exelencia entre personas, instituciones, comercios, gobierno, impuestos ... y las variantes posibles entre estos remitentes y destinatarios) habían dos sobres de la policía de tránsito del cantón que los abrí solamente al final. No les dí importancia, supuse que eran un doble llamado de atención para que me acercase a la jefatura de transito con mi auto para llevar a cabo su revisión periódica y ver si este está aún en condiciones de circular o no. Pero supuse mal, las cartitas no trataban de ello, eran las facturas de dos multas minuciosamente detalladas que debía cancelar en el plazo máximo de treinta días; dos, de 250 Sfr. cada una (al cambio actual hacen como unos 400 U$): le milieu rouge c’est cher, me diría un amigo días después al preguntarle si sabía él de algún medio legal al que yo me pudiese amparar para recusar tal imposición. Resulta que, sin que yo me diese cuenta de nada, a inicios de junio, circulando por calles comunes y corrientes de Zürich, me había pasado dos semáforos en rojo provistos de cámaras fotográficas. En el primer semáforo, la fracción de segundo que dura el cambio de amarillo a rojo fue de 0,7 (el 2 de junio a las 17 horas 23 minutos 7 segundos). En el segundo semáforo, siguiendo la lógica anterior, la fracción fue de 0,15 de segundo (el 5 de junio a las 19 horas).
En los doce años que llevo viviendo por estos lares no me había sucedido antes algo parecido. Antes sólo me habían multado un par de veces, una con 70 francos y otra con 50 —las dos por ir a más velocidad en un camino en el que estaba permitido ir sólo a 50 Km/h—. Hasta esta vez no sabía que pasarse le milieu rouge es lo peor que le puede pasar a un conductor, digo en términos económicos.
Bueno, a estas alturas, ya se me pasó la cabriadera que me provocó leer el contenido de ese par de sobres en circunstancias poco propicias. No, no hay manera de recusar las multas establecidas. Desde luego que pude solicitar las fotos, alargar tramiteas y echar por la borda unas cuantas horas. Sin embargo, al final no habría conseguido nada pues la razón no me asistía. No, los chapas han hecho su trabajo, ese que la ley les obliga a cumplir y legitima —el peatón tiene la preferencia y es sólo alrededor de él que el tránsito motorizado se organiza-.
Por ahora no sé cuan ejemplar resulte este caro llanado de atención; por lo pronto he notado que, mientras voy conduciendo y me sale al paso un verde que ya tira para amarillo, prudencia baja la velocidad de golpe y detiene el auto sin premura (entre tanto amarillo se instala como un sol, languidece en un pestañear y da paso al rojo para aparecer de nuevo en unos segundos, ponerme alerta y, con el verde al frente, regresarme a mis prisas, a mis afanes.
Entre tanto he hecho lo que casi todo el mundo en mi entorno hace por estas fechas: olvidarse del trabajo por unas pocas semanas e irse, sólo o con la familia, hacia algún sitio, a recobrar fuerzas matando horas y alterando rutinas; a despertarse en una habitación extraña, a toparse de pronto una mañana y otra con rostros desconocidos en paisajes por lo general no visitados antes; a caminar por calles, callejuelas y caminos con caritas despistadas y un mapa en la mano; a admirar y a aburrirse acumulando imágenes de una realidad pasajera que luego, al ser dispuestas en un orden de palabras escritas o pronunciadas, proporcionaran los argumentos básicos para erigir un comentario —si cabriado o lleno de satisfación no importará, pues en los dos casos será previsible—, tramar una fascinación —cierta, ingenua o forzada tampoco importará pues la emoción se permite de vez en vez esas buenas pasadas—, decorar un recuerdo, construir un recuerdo, ponerle fondo al paso del tiempo, multiplicar las posibilidades de conflicto familiar por el trato continuo sin apenas pausa o, si se quiere, a contribuir con un granito de arena a que se cumplan los ciclos económicos y por esta dirección... bueno, entre otras tantas cosas, buenas, buenísimas y lamentables, agotar la cuenta en el banco y llevar hasta el tope las posibilidades de las cartas de crédito.
Nosotros nos quedamos esta vez en la misma Suiza y nos fuimos a pasar un par de semanas al alto Valis, a Saas Fee, un pueblito alpino de ensueño en el que no hay tránsito vehicular convecional sino sólo unos carritos eléctricos diminutos, ubicado al pie de un formidable glaciar (belleza otra esta de los Alpes, de tupidas montañas y valles más bien estrechos en contraposición a la de los Andes, mejor dispuestos para el explendor y dejar imaginar las distancias y el horizonte). La pasamos bien, trepando y descendiendo sus pendientes tejidas de caminos y teleféricos, almorzando o tomando cerveza en sus paradores, cometiendo caminatas cuyos efectos se hacían sentir por la noche, a la hora de los tragos, pues entonces, los ánimos para continuarlos apenas se abrian paso. Sin embargo, como lo he anotado, la pasamos bien, sin sobresaltos, disfrutando de nosotros mismos, de la conversación, avivada esta vez por los comentarios siempre chispeantes de mi madre que, en su breve visita a Helvetia, también compartió con nosotros esos días de asueto.
La sorpresa ingrata me la llevé al regresar a casa, al empezar a poner mis papeles al día. En la correspondencia que me aguardaba (algo muy de acá, el correo, el servicio de comunicación por exelencia entre personas, instituciones, comercios, gobierno, impuestos ... y las variantes posibles entre estos remitentes y destinatarios) habían dos sobres de la policía de tránsito del cantón que los abrí solamente al final. No les dí importancia, supuse que eran un doble llamado de atención para que me acercase a la jefatura de transito con mi auto para llevar a cabo su revisión periódica y ver si este está aún en condiciones de circular o no. Pero supuse mal, las cartitas no trataban de ello, eran las facturas de dos multas minuciosamente detalladas que debía cancelar en el plazo máximo de treinta días; dos, de 250 Sfr. cada una (al cambio actual hacen como unos 400 U$): le milieu rouge c’est cher, me diría un amigo días después al preguntarle si sabía él de algún medio legal al que yo me pudiese amparar para recusar tal imposición. Resulta que, sin que yo me diese cuenta de nada, a inicios de junio, circulando por calles comunes y corrientes de Zürich, me había pasado dos semáforos en rojo provistos de cámaras fotográficas. En el primer semáforo, la fracción de segundo que dura el cambio de amarillo a rojo fue de 0,7 (el 2 de junio a las 17 horas 23 minutos 7 segundos). En el segundo semáforo, siguiendo la lógica anterior, la fracción fue de 0,15 de segundo (el 5 de junio a las 19 horas).
En los doce años que llevo viviendo por estos lares no me había sucedido antes algo parecido. Antes sólo me habían multado un par de veces, una con 70 francos y otra con 50 —las dos por ir a más velocidad en un camino en el que estaba permitido ir sólo a 50 Km/h—. Hasta esta vez no sabía que pasarse le milieu rouge es lo peor que le puede pasar a un conductor, digo en términos económicos.
Bueno, a estas alturas, ya se me pasó la cabriadera que me provocó leer el contenido de ese par de sobres en circunstancias poco propicias. No, no hay manera de recusar las multas establecidas. Desde luego que pude solicitar las fotos, alargar tramiteas y echar por la borda unas cuantas horas. Sin embargo, al final no habría conseguido nada pues la razón no me asistía. No, los chapas han hecho su trabajo, ese que la ley les obliga a cumplir y legitima —el peatón tiene la preferencia y es sólo alrededor de él que el tránsito motorizado se organiza-.
Por ahora no sé cuan ejemplar resulte este caro llanado de atención; por lo pronto he notado que, mientras voy conduciendo y me sale al paso un verde que ya tira para amarillo, prudencia baja la velocidad de golpe y detiene el auto sin premura (entre tanto amarillo se instala como un sol, languidece en un pestañear y da paso al rojo para aparecer de nuevo en unos segundos, ponerme alerta y, con el verde al frente, regresarme a mis prisas, a mis afanes.
20.8.05
Flechas
21.6.05
De Villena sobre Gangotena
Babelia, el suplemento semanal de libros del diario español El País, del pasado sábado 18 de junio, trae un interesante comentario sobre la antología de poesía de Alfredo Gangotena, aparecida hace unos dos meses en Visor. El comentario lo firma Luis Antonio de Villena, un poeta que admiro. Tengo entendido que de Villena es un personaje al que los medios de comunicación tratan con deferencia y, cuando la ocación, dedican espacios generosos a su charla o el comentario de sus diferentes publicaciones. Tengo entendido que le gusta hablar de muchos tópicos y comentar por escrito sólo de los que en verdad llaman su atención. Esto es lo que he percibido al leer el texto que el poeta español dedica a la Antologá del ecuatoriano. A lo mejor les interesa.
Un ecuatoriano en París
Luis Antonio de Villena
Hijo de una familia de terratenientes, Alfredo Gangotena nació en Quito (Ecuador) en 1904. En 1920 su padre lo envió a culminar el bachillerato en París, donde se haría después —sin excesiva voluntad— ingeniero de minas. Vivió pues unos diez años en París hasta su regreso a Quito —confirmado ya que padecía hemofilia— en 1930. Como otros latinoamericanos que vivieron en París (capital de la modernidad en ese momento), su despertar y entrega caudalosa a la literatura ocurre en aquel trepidar de vanguardias que primaban la imagen sobre el discurso, y con la fascinación por el francés como lengua de cultura. Aunque publicó primeramente poemas sueltos, en español, en diversas revistas de América, Gangotena estalla como poeta en francés, y con una clara vinculación vanguardista, que pronto se hará surrealista. Imposible entonces no poner en relación la obra de Gangotena (especialmente sus dos principales libros en francés, Orogénie —1928— y Absence —1932—, publicado ya en Quito, a cuenta del autor) con la poesía en francés del chileno Vicente Huidobro y del peruano César Moro, este último más cercano a Gangotena. Para los tres el francés representa la lengua de la modernidad, cerficada por amigos como Cocteau, Henri Michaux, Supervielle o Breton. Pero como todos volvieron a sus orígenes, Huidobro se ha salvado en la Historia como poeta en español, y hasta Moro por su La tortuga ecuestre, uno de los mejores libros surrealistas en nuestra lengua. Justa o injustamente —pues no perseveraron en ese camino— en francés no dejan de ser una anécdota, no sé hasta qué punto luminosa. Ningún francés —que yo sepa— ha hecho ese estudio.
Ya en Quito, Gangotena sufrió la ausencia del mundo cultural de París y se desesperó. Con todo, acompañó a Michaux a los Andes y a la Amazonía, viaje del que surgiría el libro del francés Ecuador. Pero Gangotena volvió al español (logró, en cierta medida, recuperarse de una ausencia en no poca medida metafísica) y escribió en nuestra lengua Tempestad secreta, que sería su último libro, editado a su costa, en 1940. Una parte de Orogénie se titula “L’orage secret”, es decir, tempestad secreta, pero son obras del todo distintas.
Como dice Adriana Castillo, “el elemento que crea universos es, precisamente, la imagen”. Como imaginista —o creacionista— empieza la poesía de Gangotena, imagen sobre o contra imagen. Pero muy pronto (en sus libros) se tornan vecinas al surrealismo, en un auténtico chorro de fulgores y onirismos, brillantes sin duda y nada fríbolos (todo en Gangotena posee un claro fondo de tragedia, de búsqueda espiritual, de allendidad más omenos frustrada), pero que contemplados desde hoy (en 1928 eran modernidad evidentemente) resultan excesivamente retóricos, pues hoy sabemos —basta leer a Breton— que el surrealismo vuelto escuela lexicalizó su retórica de imágenes irracionalistas. “L’hymme exultat de la parole nous soutient” (el himno exultante de la palabra nos sostiene), escribe Gangotena fiel a su discurso. Cierto que, a medida que avanza su producción, el elemento espiritualista o metafísico va ganando terreno al aluvión de imágenes, que nunca desaparece del todo: “Ventanas perdurables: chorreando venas, me confundo con la espesa arcilla de la noche. / ¡Oh Esposa mía, de soledad en soledad repercutes en mis golpes! / (...) Me deshaces en sudores, años, mares y otros continentes”. El poema ha adelgazado algo su borbotón surrealista, pero sigue siendo un grato báratro imagístico en búsqueda de hondura, salvación o destino. En busca... Hasta dónde hubiese podido llegar la brillante y abundosa poesía de gangotena (recordado apenas por Neruda en Confieso que he vivido) no lo sabemos, pues el ecuatoriano murió a los 40 años, víctima de las muchas complicaciones de la hemofilia.
El presente libro es una antología, y bien traducida, pero necesitaríamos conocer entero Tempestad secreta —y yo no lo conozco— para saber el papel que Alfredo Gangotena (recordado en Francia sólo como una curiosidad, en la gloria general del genérico surrealismo) pueda tener en la poesía en lengua española. Muy distinto y muy parejo a César Moro, no sería poco certificar que lo que en el peruano era desgarrada sensualidad, en el ecuatoriano fue turbulento y laico misticísmo. En cualquier caso, un episodio casi secreto de la poesía que merece ser conocido. La respuesta —¿hasta dónde llegó?— está en aire, todavía.
Referencia:
Antología
Alfredo Gangotena
Varios traductores
Visor, Madrid, 2005-06-21 269 páginas. 14 euros
Un ecuatoriano en París
Luis Antonio de Villena
Hijo de una familia de terratenientes, Alfredo Gangotena nació en Quito (Ecuador) en 1904. En 1920 su padre lo envió a culminar el bachillerato en París, donde se haría después —sin excesiva voluntad— ingeniero de minas. Vivió pues unos diez años en París hasta su regreso a Quito —confirmado ya que padecía hemofilia— en 1930. Como otros latinoamericanos que vivieron en París (capital de la modernidad en ese momento), su despertar y entrega caudalosa a la literatura ocurre en aquel trepidar de vanguardias que primaban la imagen sobre el discurso, y con la fascinación por el francés como lengua de cultura. Aunque publicó primeramente poemas sueltos, en español, en diversas revistas de América, Gangotena estalla como poeta en francés, y con una clara vinculación vanguardista, que pronto se hará surrealista. Imposible entonces no poner en relación la obra de Gangotena (especialmente sus dos principales libros en francés, Orogénie —1928— y Absence —1932—, publicado ya en Quito, a cuenta del autor) con la poesía en francés del chileno Vicente Huidobro y del peruano César Moro, este último más cercano a Gangotena. Para los tres el francés representa la lengua de la modernidad, cerficada por amigos como Cocteau, Henri Michaux, Supervielle o Breton. Pero como todos volvieron a sus orígenes, Huidobro se ha salvado en la Historia como poeta en español, y hasta Moro por su La tortuga ecuestre, uno de los mejores libros surrealistas en nuestra lengua. Justa o injustamente —pues no perseveraron en ese camino— en francés no dejan de ser una anécdota, no sé hasta qué punto luminosa. Ningún francés —que yo sepa— ha hecho ese estudio.
Ya en Quito, Gangotena sufrió la ausencia del mundo cultural de París y se desesperó. Con todo, acompañó a Michaux a los Andes y a la Amazonía, viaje del que surgiría el libro del francés Ecuador. Pero Gangotena volvió al español (logró, en cierta medida, recuperarse de una ausencia en no poca medida metafísica) y escribió en nuestra lengua Tempestad secreta, que sería su último libro, editado a su costa, en 1940. Una parte de Orogénie se titula “L’orage secret”, es decir, tempestad secreta, pero son obras del todo distintas.
Como dice Adriana Castillo, “el elemento que crea universos es, precisamente, la imagen”. Como imaginista —o creacionista— empieza la poesía de Gangotena, imagen sobre o contra imagen. Pero muy pronto (en sus libros) se tornan vecinas al surrealismo, en un auténtico chorro de fulgores y onirismos, brillantes sin duda y nada fríbolos (todo en Gangotena posee un claro fondo de tragedia, de búsqueda espiritual, de allendidad más omenos frustrada), pero que contemplados desde hoy (en 1928 eran modernidad evidentemente) resultan excesivamente retóricos, pues hoy sabemos —basta leer a Breton— que el surrealismo vuelto escuela lexicalizó su retórica de imágenes irracionalistas. “L’hymme exultat de la parole nous soutient” (el himno exultante de la palabra nos sostiene), escribe Gangotena fiel a su discurso. Cierto que, a medida que avanza su producción, el elemento espiritualista o metafísico va ganando terreno al aluvión de imágenes, que nunca desaparece del todo: “Ventanas perdurables: chorreando venas, me confundo con la espesa arcilla de la noche. / ¡Oh Esposa mía, de soledad en soledad repercutes en mis golpes! / (...) Me deshaces en sudores, años, mares y otros continentes”. El poema ha adelgazado algo su borbotón surrealista, pero sigue siendo un grato báratro imagístico en búsqueda de hondura, salvación o destino. En busca... Hasta dónde hubiese podido llegar la brillante y abundosa poesía de gangotena (recordado apenas por Neruda en Confieso que he vivido) no lo sabemos, pues el ecuatoriano murió a los 40 años, víctima de las muchas complicaciones de la hemofilia.
El presente libro es una antología, y bien traducida, pero necesitaríamos conocer entero Tempestad secreta —y yo no lo conozco— para saber el papel que Alfredo Gangotena (recordado en Francia sólo como una curiosidad, en la gloria general del genérico surrealismo) pueda tener en la poesía en lengua española. Muy distinto y muy parejo a César Moro, no sería poco certificar que lo que en el peruano era desgarrada sensualidad, en el ecuatoriano fue turbulento y laico misticísmo. En cualquier caso, un episodio casi secreto de la poesía que merece ser conocido. La respuesta —¿hasta dónde llegó?— está en aire, todavía.
Referencia:
Antología
Alfredo Gangotena
Varios traductores
Visor, Madrid, 2005-06-21 269 páginas. 14 euros
12.6.05
Sáer muere
El pasado 29 de abril, sin que él reparase en ello, seguí su juego: me quedé viéndole cómo miraba a las gentes que transitaban por el pequeño corredor del Säulenhall de Solothur, una pequeña ciudad suiza ubicada al noroeste del país. Llevaba un abrigo azul con las solapas del cuello levantadas hasta las orejas, las manos cruzadas a la espalda, los cabellos canosos, lentes, la piel arrugada. El invierno había pasado pero parecía que él acabase de abandonarlo hace sólo unos minutos. Antes lo había visto en fotos de revistas y periódicos o en las contratapas de sus libros. Lo había imaginado más alto y robusto de lo que en ese momento mostraba su cavilante humanidad en medio de personas que transitaban por el corredor y se detenían a hojear, preguntar, conversar entre ellas ante los estantes de libros e información allí dispuestos.
El pasado abril se llevó a cabo el 27. Solothurner Literaturtage , un festival literarario anual al que suelen venir invitados autores de distintos países, de distintas literaturas. Este año, entre los escritores de lengua española estuvieron Tomas Eloy Martinez, Carmen Posadas, Carlos Ruiz Safón, Enrique Vila-Matas y Juan José Sáer.
Con los libros de Sáer he tenido una relación especial. Los descubrí hace unos diez o doce años (publicados en Destino y Seix Barral-Biblioteca Breve) pero no pudé acceder a sus contenidos a pesar de los intentos varios que, entonces, mi afan les procuró. Años después, por exigencias académicas debí analizar uno de sus relatos (ya no recuerdo el nombre de éste pero era la historia de un indigena hacia los tiempos de la conquista española) cuya lectura y relectura provocaron en mí apenas indiferencia. Pero entonces “tenía que” escribir mi comentario, escribir un breve ensayo sobre un artificio verbal cuyo funcionamiento no lograba captar mi interés. Hicé un texto olvidable que apenas contribuyó a curar mi miopía ante los trabajos del autor argentino
(supongo que esa indiferencia era forzada, hija del prejuico y la animosidad: me incomodaba entonces que la talentosa profesora que nos daba literatura —un prodigio de virtudes y capacidades, en el dominio de lenguas y teorías— tuviese una visión parroquiana o, sencillamente, ignorara hechos y obras fundamentales de la literatura “universal”: me molestaba entonces que la literatura en la universidades fuese un territorio urbanizado, como las ciudadelas-islas, en donde los especialistas, digamos en literatura francesa e inglesa, nada saben ni les interesa saber de, por ejemplo, Dante, Petrarca, Curzio Malaparte o Lampeduza o de lo que sucede en otras literaturas —la portuguesa o, peor aún, la rusa, la húngara, checa, sueca o cualesquier otra lieratura cuya lengua no tiene muchos hablantes pero ha tenido o tiene autores que han sabido captarla y ponerla a volar por el tiempo—. Hoy esa percepción mía de la literatura ha mudado sus plumas: no me molesta que la literatura y sus oficiantes tejan sus días en centros hiperurbanizados o los pasten por parajes, praderas peligrosas o desolados caminos).
Pero un día mi admiración por Sáer se abrió paso en mi altar portatil; nació al leer sus ensayos (La narración-objeto, El concepto de ficción): una mirada del mundo en la que los temas, casi siempre literarios, dan vueltas no sólo por bibliotecas, bancos de datos y archivos, sino persisten en esa manera antigua de arriezgar las palabras en lo que se cuenta y tentar la construcción de un punto de vista-puente entre épocas, literaturas, estilos y tradiciones distintos. En textos como esos la buena escritura y la calidad de la información que lo trenzan dejan de ser un fín solamente. Son eso y pasan a ser otra cosa, una tentativa que anda siempre de caza, una tentativa cuya finalidad es incierta.
Empecé entonces a leerlo y he seguido haciéndolo. Lo último fue un texto sobre la traducción del Ulises de James Joyce. Hasta antes de abordarlo —y pese a haber trabajado con ese libro— no sabía nada de J. Salas Subirat , el argentino que hizo la primera versión española de la novela del irlandes. Lo que él cuenta allí del traductor —adozado con anécdotas—, de sus esfuerzos por encontrar un equivalente en nuestra lengua, en principio imposible, celebra y esclarece.
Hoy, al revisar el suplemento Radar, de Pagina 12, de la edición de este día (12.06.05) me informo de la muerte de Juan José Sáer, en París, ciudad en la que residía desde hace algunos años. Supongo que un mal lector de su obra, agradecido por unos pocos de sus textos, puede también sentir su muerte. No son otra cosa estas pocas líneas que lo recuerdan. Paz en su tumba.
El pasado abril se llevó a cabo el 27. Solothurner Literaturtage , un festival literarario anual al que suelen venir invitados autores de distintos países, de distintas literaturas. Este año, entre los escritores de lengua española estuvieron Tomas Eloy Martinez, Carmen Posadas, Carlos Ruiz Safón, Enrique Vila-Matas y Juan José Sáer.
Con los libros de Sáer he tenido una relación especial. Los descubrí hace unos diez o doce años (publicados en Destino y Seix Barral-Biblioteca Breve) pero no pudé acceder a sus contenidos a pesar de los intentos varios que, entonces, mi afan les procuró. Años después, por exigencias académicas debí analizar uno de sus relatos (ya no recuerdo el nombre de éste pero era la historia de un indigena hacia los tiempos de la conquista española) cuya lectura y relectura provocaron en mí apenas indiferencia. Pero entonces “tenía que” escribir mi comentario, escribir un breve ensayo sobre un artificio verbal cuyo funcionamiento no lograba captar mi interés. Hicé un texto olvidable que apenas contribuyó a curar mi miopía ante los trabajos del autor argentino
(supongo que esa indiferencia era forzada, hija del prejuico y la animosidad: me incomodaba entonces que la talentosa profesora que nos daba literatura —un prodigio de virtudes y capacidades, en el dominio de lenguas y teorías— tuviese una visión parroquiana o, sencillamente, ignorara hechos y obras fundamentales de la literatura “universal”: me molestaba entonces que la literatura en la universidades fuese un territorio urbanizado, como las ciudadelas-islas, en donde los especialistas, digamos en literatura francesa e inglesa, nada saben ni les interesa saber de, por ejemplo, Dante, Petrarca, Curzio Malaparte o Lampeduza o de lo que sucede en otras literaturas —la portuguesa o, peor aún, la rusa, la húngara, checa, sueca o cualesquier otra lieratura cuya lengua no tiene muchos hablantes pero ha tenido o tiene autores que han sabido captarla y ponerla a volar por el tiempo—. Hoy esa percepción mía de la literatura ha mudado sus plumas: no me molesta que la literatura y sus oficiantes tejan sus días en centros hiperurbanizados o los pasten por parajes, praderas peligrosas o desolados caminos).
Pero un día mi admiración por Sáer se abrió paso en mi altar portatil; nació al leer sus ensayos (La narración-objeto, El concepto de ficción): una mirada del mundo en la que los temas, casi siempre literarios, dan vueltas no sólo por bibliotecas, bancos de datos y archivos, sino persisten en esa manera antigua de arriezgar las palabras en lo que se cuenta y tentar la construcción de un punto de vista-puente entre épocas, literaturas, estilos y tradiciones distintos. En textos como esos la buena escritura y la calidad de la información que lo trenzan dejan de ser un fín solamente. Son eso y pasan a ser otra cosa, una tentativa que anda siempre de caza, una tentativa cuya finalidad es incierta.
Empecé entonces a leerlo y he seguido haciéndolo. Lo último fue un texto sobre la traducción del Ulises de James Joyce. Hasta antes de abordarlo —y pese a haber trabajado con ese libro— no sabía nada de J. Salas Subirat , el argentino que hizo la primera versión española de la novela del irlandes. Lo que él cuenta allí del traductor —adozado con anécdotas—, de sus esfuerzos por encontrar un equivalente en nuestra lengua, en principio imposible, celebra y esclarece.
Hoy, al revisar el suplemento Radar, de Pagina 12, de la edición de este día (12.06.05) me informo de la muerte de Juan José Sáer, en París, ciudad en la que residía desde hace algunos años. Supongo que un mal lector de su obra, agradecido por unos pocos de sus textos, puede también sentir su muerte. No son otra cosa estas pocas líneas que lo recuerdan. Paz en su tumba.
31.5.05
¿Cuánto es mucho?
En el Magazin del Tages Anzeiger de Zürich, del pasado 21 de mayo, viene una entrevista del novelista Martín Suter al profesor Peter von Matt, ensayista de alto prestigio en lengua alemana.
El tema de la entrevista, trabajada como un soliloquio en el que las preguntas hay que suponerlas, es el dinero. Para variar, me dije, de nuevo el “don”, el que lo puede todo —bueno, casi todo—, el que “cuando falta mata de hambre y cuando sobra corrompe”, como decía D.H. Lawrance.
Suelo dar atención cuando opinan sobre “los pesos” personas que uno las sabe agudas en campos y materias alejados de la banca, las inversiones, las cotizaciones y la política, cuyos representantes, más que vigilar sus circuitos, por lo que se ve, parecen más bien anhelarlo. Me gusta cuando hablan de él los poetas y los escritores —no los pintores ni los cineastas, pues en sus contextos el “vil metal” tiene otra significación—. Digamos que los escritores, cuando les sobra guitos, lo dispendian en beneficio de su obra, de ser posible, del estilo de su obra; o, en el otro extremo, cuando padecen su carencia, se acercan al torbellino humano o la mera soledad con un punto de vista privilegiado, mejor equipados para ver mejor las fachadas —desde luego, a pesar suyo y de su prole.
Nutrida es la lista de los escritores que han opinado de él en todas las épocas: con desidia y distancia cuando de vacas flacas, con precaución extrema y fingida objetividad cuando de gordas, cuando las cosas todas salían bendecidas por Mamón. En la modernidad que nos toca, así mismo, no son pocos los escritores que, gracias a su trabajo —dejo de lado la obra de arte, el marketing y las concesiones que la creación ha hecho al mercado— pueden conseguirlo en grandes cantidades y, además, comentarlo. Pero el tema toco no sólo a ellos: nos incumbe a todos y todos podemos comentarlo; pero es mejor no hacerlo —salvo desde el punto de vista político—, puesto que las distacias que cada uno tiene o tiende con este medio de intercambio de primerísima necesidad, puede provocar susceptibilidades en todos los grupos: los que lo tienen a raudales, sin pena, gloria o esfuerzo; los que lo tienen a raudales con el sudor de sus neuronas, los que parece que lo tienen pero en verdad no; los que finjen no tenerlo y lo sufren; los que sintieron alguna vez su fugaz fragancia y lo persiguen ahora sin dar tregua; los que no lo tienen y sueñan con tenerlo a montones, los que no lo tienen pero soportan su ausencia con dignidad unas veces, otras con resignación; los que agonizan por su falta, los que se envilecen ante su emergencia, los que desesperan por su vaporosidad, los que se cuidan de no tenerlo en demasía...y jamás olvidan que él es sólo eso, un medio.
El profesor von Matt es literatuta en estado puro —no olvidar que la literatura es el extremo opuesto a la pureza—. Por sus venas parecería que corre un temblor de tinta, siglos y sagas templados por un razonamiento sino excepcional siempre atractivo. De esto dan cuenta con suficiencia sus palabras, sus libros. Por ello, cuando se manifiesta hace bien escucharlo.
La entrevista en la que baso este breve resumen tiene un antecedente. Resulta que a inicios de abril, como sucede cada año, se hizo público el ranking de los topmanagers mejor pagados en Suiza en el año 2004. Anoto los datos de los tres primeros (los datos están en francos suizos. El cambio es: 1 U$ cuesta 1.21 Sfr):
1) Oswald Grübel, director general del Credit Suisse: 23 millones
2) Marcel Ospel, director general del UBS: 21,3 millones (1.94 mensual= 1.6 U$)
3) Daniel Vasela, director de Novartis: 20,8 millones
Esta es la primera vez que el nivel de salarios de los topmanagers ha superado “la normalidad”. Este hecho ha sido, es, motivo de discusión no sólo de economistas, sociologos, políticos, itelectuales, amigos, colegas de trabajo sino incluso de las familias en su seno. ¿Es posible ganar tanto? “¡Eso es el colmo!, ganar esos montos es demasiado!”, dicen las voces desde todos los lados. ¿Cuanto es mucho? — No olvidemos que se tratan de salarios, y no de los rendimientos de una inversión.
Entonces, la entrevista al Herr Professor von Matt, dejando de lado unas pocas cosillas que a causa del contexto las obvio, dice lo siguiente:
FILOSOFÍA ADENTRO
“...
¿Cuánto es mucho?
¿Mucho qué cosa?
Ingresos
....
¿Cuántas veces más, a partir de los salarios más bajos de sus empleados, debe pagarse a sí mismo un Topmanager? ¿50 veces más o quinientas?
Difícil de responder
¡Eso no se puede responder de ninguna manera! ¿Cuántos años de trabajo de una cajera vale un año de trabajo de un jefe de consorcio? ¿cien años, doscientos, quinientos?
Así considerado, está claro
......
¿Hay una actividad que cueste diez mil francos suizos la hora?
Quizá...
De manera subjetiva a lo mejor no. ¿Pero de forma objetiva?
Hum...
Tampoco. ¡En una sociedad abierta no existe un concepto objetivo sobre los rendimientos! Ciertamente que puedo decir que Ospel (el Nr. 2 de los tres anotados arriba) gana demasiado, pero ¿en qué me baso para medirlo?
¿En lo que tu ganas?
Eso exactamente es subjetivo. Para objetivarlo tendríamos que saber antés cual sería el monto de utilidades de la UBS sin Ospel. Eso sin embargo no se puede.
¿No se puede?
Es demasiado peligroso. Se tendría que experimentar. La objetivización de los salarios de los managers podría tener devastadoras consecuencias en la economía. Desde luego que a nadie se le ocurre pensar en ello.
Ningún generoso a la vista
Ellos juegan con el fuego
¿Los managers?
Los críticos de los salarios de los managers. ¿Qué pasaría si un día todos los topmangers se hastían y mandan al traste sus responsabilidades?
Eso se lo pueden permitir
Exactamente. Se pagan su última indeminización millonaria y se asientan en sus villas de descanso vacacional. Y ¡san se acabo! la economía mundial se viene al suelo. Entonces, de repente no va más la cosa por allí, que cuántos cientos de años debe trabajar una cajera para compenzar el trabajo de un topmanager. En tales circunstancias, ella podría alegrarse de veras ¡si finalmente logra encontrar un trabajo!
Cierto
Yo lucho más por el llamado derecho al salario de millones de puestos de trabajo que están en juego. Un silencio total al hablar de las pensiones para la vejez.
Las pensiones también
¿Has relexionado alguna vez cuan altas pueden llegar a ser los gravamenes sociales (impuestos) de uno que gana veinte millones al año? ¡Ah, como me saca de casillas esa mirada estrecha del movimiento obrero!
Y en ello está eso, al fín y al cabo, a su favor
¿Sí?
Ellos deberían incluso alegrarse de que haya gente que valora el trabajo a tan alto precio.
FIN
Una explicación final. El Credito suizo y la UBS (Union de bancos suizos) son los dos bancos más grandes de Suiza. El monto de sus capitales los ubica entre los diez más poderosos del planeta. Una quiebra de cualquiera de estos bancos supondría una debacle no sólo de la economía suiza (el estado no podría socorrerlos puesto que sus portafolios revasan con mucho los del estado y su banco central) sino también de los puntos económicos en donde estos bancos operan concentradamente.
Sobre las palabras del profesor von Matt: tengo un manojo de ideas alrededor del dinero que tratan de ser objetivas; sin embargo, no había encontrado hasta ahora una extensión más llamativa a mi afan de comprensión del equilibrio entre el trabajo y los monumentales salarios con que a veces se los premia, ?cuánto es demasiado?
El tema de la entrevista, trabajada como un soliloquio en el que las preguntas hay que suponerlas, es el dinero. Para variar, me dije, de nuevo el “don”, el que lo puede todo —bueno, casi todo—, el que “cuando falta mata de hambre y cuando sobra corrompe”, como decía D.H. Lawrance.
Suelo dar atención cuando opinan sobre “los pesos” personas que uno las sabe agudas en campos y materias alejados de la banca, las inversiones, las cotizaciones y la política, cuyos representantes, más que vigilar sus circuitos, por lo que se ve, parecen más bien anhelarlo. Me gusta cuando hablan de él los poetas y los escritores —no los pintores ni los cineastas, pues en sus contextos el “vil metal” tiene otra significación—. Digamos que los escritores, cuando les sobra guitos, lo dispendian en beneficio de su obra, de ser posible, del estilo de su obra; o, en el otro extremo, cuando padecen su carencia, se acercan al torbellino humano o la mera soledad con un punto de vista privilegiado, mejor equipados para ver mejor las fachadas —desde luego, a pesar suyo y de su prole.
Nutrida es la lista de los escritores que han opinado de él en todas las épocas: con desidia y distancia cuando de vacas flacas, con precaución extrema y fingida objetividad cuando de gordas, cuando las cosas todas salían bendecidas por Mamón. En la modernidad que nos toca, así mismo, no son pocos los escritores que, gracias a su trabajo —dejo de lado la obra de arte, el marketing y las concesiones que la creación ha hecho al mercado— pueden conseguirlo en grandes cantidades y, además, comentarlo. Pero el tema toco no sólo a ellos: nos incumbe a todos y todos podemos comentarlo; pero es mejor no hacerlo —salvo desde el punto de vista político—, puesto que las distacias que cada uno tiene o tiende con este medio de intercambio de primerísima necesidad, puede provocar susceptibilidades en todos los grupos: los que lo tienen a raudales, sin pena, gloria o esfuerzo; los que lo tienen a raudales con el sudor de sus neuronas, los que parece que lo tienen pero en verdad no; los que finjen no tenerlo y lo sufren; los que sintieron alguna vez su fugaz fragancia y lo persiguen ahora sin dar tregua; los que no lo tienen y sueñan con tenerlo a montones, los que no lo tienen pero soportan su ausencia con dignidad unas veces, otras con resignación; los que agonizan por su falta, los que se envilecen ante su emergencia, los que desesperan por su vaporosidad, los que se cuidan de no tenerlo en demasía...y jamás olvidan que él es sólo eso, un medio.
El profesor von Matt es literatuta en estado puro —no olvidar que la literatura es el extremo opuesto a la pureza—. Por sus venas parecería que corre un temblor de tinta, siglos y sagas templados por un razonamiento sino excepcional siempre atractivo. De esto dan cuenta con suficiencia sus palabras, sus libros. Por ello, cuando se manifiesta hace bien escucharlo.
La entrevista en la que baso este breve resumen tiene un antecedente. Resulta que a inicios de abril, como sucede cada año, se hizo público el ranking de los topmanagers mejor pagados en Suiza en el año 2004. Anoto los datos de los tres primeros (los datos están en francos suizos. El cambio es: 1 U$ cuesta 1.21 Sfr):
1) Oswald Grübel, director general del Credit Suisse: 23 millones
2) Marcel Ospel, director general del UBS: 21,3 millones (1.94 mensual= 1.6 U$)
3) Daniel Vasela, director de Novartis: 20,8 millones
Esta es la primera vez que el nivel de salarios de los topmanagers ha superado “la normalidad”. Este hecho ha sido, es, motivo de discusión no sólo de economistas, sociologos, políticos, itelectuales, amigos, colegas de trabajo sino incluso de las familias en su seno. ¿Es posible ganar tanto? “¡Eso es el colmo!, ganar esos montos es demasiado!”, dicen las voces desde todos los lados. ¿Cuanto es mucho? — No olvidemos que se tratan de salarios, y no de los rendimientos de una inversión.
Entonces, la entrevista al Herr Professor von Matt, dejando de lado unas pocas cosillas que a causa del contexto las obvio, dice lo siguiente:
FILOSOFÍA ADENTRO
“...
¿Cuánto es mucho?
¿Mucho qué cosa?
Ingresos
....
¿Cuántas veces más, a partir de los salarios más bajos de sus empleados, debe pagarse a sí mismo un Topmanager? ¿50 veces más o quinientas?
Difícil de responder
¡Eso no se puede responder de ninguna manera! ¿Cuántos años de trabajo de una cajera vale un año de trabajo de un jefe de consorcio? ¿cien años, doscientos, quinientos?
Así considerado, está claro
......
¿Hay una actividad que cueste diez mil francos suizos la hora?
Quizá...
De manera subjetiva a lo mejor no. ¿Pero de forma objetiva?
Hum...
Tampoco. ¡En una sociedad abierta no existe un concepto objetivo sobre los rendimientos! Ciertamente que puedo decir que Ospel (el Nr. 2 de los tres anotados arriba) gana demasiado, pero ¿en qué me baso para medirlo?
¿En lo que tu ganas?
Eso exactamente es subjetivo. Para objetivarlo tendríamos que saber antés cual sería el monto de utilidades de la UBS sin Ospel. Eso sin embargo no se puede.
¿No se puede?
Es demasiado peligroso. Se tendría que experimentar. La objetivización de los salarios de los managers podría tener devastadoras consecuencias en la economía. Desde luego que a nadie se le ocurre pensar en ello.
Ningún generoso a la vista
Ellos juegan con el fuego
¿Los managers?
Los críticos de los salarios de los managers. ¿Qué pasaría si un día todos los topmangers se hastían y mandan al traste sus responsabilidades?
Eso se lo pueden permitir
Exactamente. Se pagan su última indeminización millonaria y se asientan en sus villas de descanso vacacional. Y ¡san se acabo! la economía mundial se viene al suelo. Entonces, de repente no va más la cosa por allí, que cuántos cientos de años debe trabajar una cajera para compenzar el trabajo de un topmanager. En tales circunstancias, ella podría alegrarse de veras ¡si finalmente logra encontrar un trabajo!
Cierto
Yo lucho más por el llamado derecho al salario de millones de puestos de trabajo que están en juego. Un silencio total al hablar de las pensiones para la vejez.
Las pensiones también
¿Has relexionado alguna vez cuan altas pueden llegar a ser los gravamenes sociales (impuestos) de uno que gana veinte millones al año? ¡Ah, como me saca de casillas esa mirada estrecha del movimiento obrero!
Y en ello está eso, al fín y al cabo, a su favor
¿Sí?
Ellos deberían incluso alegrarse de que haya gente que valora el trabajo a tan alto precio.
FIN
Una explicación final. El Credito suizo y la UBS (Union de bancos suizos) son los dos bancos más grandes de Suiza. El monto de sus capitales los ubica entre los diez más poderosos del planeta. Una quiebra de cualquiera de estos bancos supondría una debacle no sólo de la economía suiza (el estado no podría socorrerlos puesto que sus portafolios revasan con mucho los del estado y su banco central) sino también de los puntos económicos en donde estos bancos operan concentradamente.
Sobre las palabras del profesor von Matt: tengo un manojo de ideas alrededor del dinero que tratan de ser objetivas; sin embargo, no había encontrado hasta ahora una extensión más llamativa a mi afan de comprensión del equilibrio entre el trabajo y los monumentales salarios con que a veces se los premia, ?cuánto es demasiado?
8.5.05
Católicos, luteranos y poetas
1) La católica es una iglesia que administra la fe de sus creyentes. Estos no pueden interpretar la Biblia directamente. La única autorizada a dar una lectura del texto sagrado es la jerarquía eclesiástica. Ella, en conciliábulos, elabora y propone una interpretación que tiene o debe ser acatada por sus feligreses (los conciliábulos se celebran de tiempo en tiempo, para rever los objetivos y fijar las estrategias políticas que deberan asumirse en función de los fines a perseguir, por lo general, dependientes de la personalidad del papa de turno, de su capacidad de tomarle el pulso al mundo, de su alcance de miras —según Hans Küng, del siglo XX quedará para la historia, no Juan Pablo II sino Juan XXIII, el pontífice que gobernó la iglesia católica de 1958 a 1963, cinco años apenas, definitivos en todo caso para cambiar su rumbo y volverla tolerante y misericorde y alejarla de sus simpatías fascistas).
2) Los protestantes luteranos y calvinistas (los otros, los que cometen a secas simonía, los dejo de lado —grupos, sectas, movimientos fanáticos) no tienen una institución intermediaria que destaque y establesca “una interpretación” de la Biblia. Lutero, con muchas razones de por medio, arrebató al Vaticano ese poder interpretativo. Él mismo procuró entonces una traducción no institucional de la vulgata dando así origen al protestantismo y, de paso, a la conformación del corpus lingüístico de la lengua alemana.
3) La reforma de Lutero introduce una nueva dimención en la relación de los fieles y el clero. Los curas dejan de ser entonces los intermediarios en el comercio con Dios y, desprovistos de su posición de poder, pasan a ser ahora, codo a codo, consejeros profesionales cuyos servicios ayudan a comprender mejor el misterio divino (este movimiento condujo a la alfabetización del pueblo alemán; a finales del siglo XVI había una Biblia en cada hogar germano —estaban por tanto mejor dispuestos a saludar a la modernidad que años adelante les saldría al paso).
4) A los franceses, italianos y españoles (los más visibles y cercanos), que no están de acuerdo con las reglas de juego impuestas por la iglesia —anacrónicas, desconsideradas y temibles—, no les queda más que abandonarla, colgar los padrenuestros e irse a las antipodas y declararse ateos. En sus tradiciones de fe no hay otra salida posible: las luces no comulgan con ruedas de molino. Un laico pasa a ser entonces sinónimo de no creyente. Estas culturas desconocen la figura de la persona ilustrada pero a la vez creyente —cuando esta se presenta, como sucede hasta la fecha, se la considera una avis raris.
5) De las tres religiones monoteistas existentes, judaismo, islamismo y cristianismo, es este último el único cuya palabra sagrada reposa sobre alteraciones. La Cábala está escrita en hebreo, la lengua que los israelitas revivieron y practican; entonces, la relación de los fieles con su libro sagrado es la lengua en que éste fue escrito en su origen y que, siglos después, siguen hablando sus fieles. El libro sagrado del islam, el Corán, fue escrito en árabe, la lengua que sus fieles usan para guiarse por los días e invocar sus plegarias. La Biblia es el libro a más lenguas traducido, tantas como son las culturas y tradiciones de los creyentes cristianos. La Biblia fue escrita en hebreo y en griego antiguo, idiomas que recogieron mensajes dictados por apostoles que se expresaron en diferentes lenguas y dialectos semíticos como el arameo, la lengua de Jesus —la primera traducción al latín la hizo San Gerónimo, la vulgata, hacia el siglo IV; de esta versión se desprenden muchas otras hechas a las distintas lenguas—. Entonces, a diferencia de judíos y musulmanes, los cristianos católicos y protestantes son guiados por una palabra que es la interpretación de la interpretación de la interpretación... Sí, de todas formas su contenido no se ha perdido, al menos así lo interpreto y me maravillo.
6) De los poetas y novelistas cuyos libros y más escritos han llamado mi atención, he guardado en la cartuchera algunas de sus opiniones sobre la fe y la iglesia que dan cuenta de su manera de posarse en el universo y considerarlo; las opiniones de filósofos, ideólogos y ensayistas, en este punto, por ser perfectamente racionales, y en las dos direcciones, no cautivaron mi interés —salvo Montaigne, Nietsche y un par de nombres que no me vienen a mientes—. Pero imaginar a Balzac, Sthendal o Tolstoi adentrándose en sus almas, aladas y sensuales como la de Casanova —creyente convencidísimo— suele avivar este interrogante, este diálogo muchas veces puesto en suspenso. Con nombres del pasado siglo se complican las cosas: Graham Greene, el creyente entrañable; Faulkner, o los territorios de la culpa y el deseo, de la muerte que, siendo puntual, no alcanza a cobijar esa fuerza de vida que se desborda y corre sin control, sin Dios y sin ley (y como este autor otros de igual estirpe, que no responden la pregunta pero si tensan al máximo el arco en el que se juega la suerte nuestro piso metafísico).
7) “El chantaje del cielo”; así llamaba Borges a los enunciados propuestos por el cristianismo. “Uno y el universo” es el libro primero que publicó Sábato y donde enfrentó “la cuestión” que tiempo después volvería a retomar en sus libros siguientes. Borges se declararó agnóstico: vivió así y bajo este misterio murió. Sábato bordea los noventa y tantos y —en contradicción a lo expuesto en sus libros— ha vuelto a creer, a aceptar la existencia de un Dios.
8) Alejandro Jodorowsky dixi: ... ." Yo creo que en el futuro los templos seran polivalentes. Existiran catedrales donde se celebren todos los cultos, con libre acceso y compatibilidad absoluta. Posteriormente se eliminaran los nombres de los dioses, que serán entidades anónimas. Si pones un nombre a Dios te estás apropiando de él.
La religión, igual que una constitución, debe ser revisada, porque en la medida que el hombre va mutando, la religión tiene que cambiar. La secta procede con prohibiciones. Aquello que el hombre no conoce lo llama Dios: es una forma de superstición. En la medida en que el cerebro evoluciona, las creencias ciegas y los tabúes se van desmoronando
¿Cómo afecta esto a lo que usted llama salud...?
Tenemos que ser muy concientes de que debajo de cada enfermedad hay una prohibición. Una prohibición que viene de una superstición
Por tanto, no recomienda ninguna Iglesia...
No, pero tampoco esos templos de los maestros zen, ya sean españoles, americanos o mexicanos. Son monigotes que imitan tradiciones, lenguajes y comidas japonesas."
Epilogo: Seguimos en las mismas, a pesar que con Jodorowsky se pone el asunto interesante. Sin embargo una cosa es cierta; como le habrá sucedido a cada uno de ustedes, entre tanto, he tenido la suerte de tratar con gente que ennoblece el término humano: han sido un par de católicos, unos pocos protestantes, agnósticos, ateos, indeterminados felices, con formación unos otros de naturaleza humilde, siempre dispuestos a dialogar; en cada uno de ellos el respeto ha sido su divisa.
He conocido también a una parva de gente bien “hija de su madre”, malosa y oportunista, por lo general intolerantes y necios, creyentes convencidísimos unos —los curuchupas—, otros indiferentes, cerrados a la conversación, a la evidencia de la existencia del otro o, como en el caso de los estudiados —ateos declarados— autoconsiderados popes de la verdad, de su monopolio.
En estas vamos, atravezando por los días, deshojando margaritas y contemplando los paisajes polifacéticos —conversando, cuando ello es posible.
2) Los protestantes luteranos y calvinistas (los otros, los que cometen a secas simonía, los dejo de lado —grupos, sectas, movimientos fanáticos) no tienen una institución intermediaria que destaque y establesca “una interpretación” de la Biblia. Lutero, con muchas razones de por medio, arrebató al Vaticano ese poder interpretativo. Él mismo procuró entonces una traducción no institucional de la vulgata dando así origen al protestantismo y, de paso, a la conformación del corpus lingüístico de la lengua alemana.
3) La reforma de Lutero introduce una nueva dimención en la relación de los fieles y el clero. Los curas dejan de ser entonces los intermediarios en el comercio con Dios y, desprovistos de su posición de poder, pasan a ser ahora, codo a codo, consejeros profesionales cuyos servicios ayudan a comprender mejor el misterio divino (este movimiento condujo a la alfabetización del pueblo alemán; a finales del siglo XVI había una Biblia en cada hogar germano —estaban por tanto mejor dispuestos a saludar a la modernidad que años adelante les saldría al paso).
4) A los franceses, italianos y españoles (los más visibles y cercanos), que no están de acuerdo con las reglas de juego impuestas por la iglesia —anacrónicas, desconsideradas y temibles—, no les queda más que abandonarla, colgar los padrenuestros e irse a las antipodas y declararse ateos. En sus tradiciones de fe no hay otra salida posible: las luces no comulgan con ruedas de molino. Un laico pasa a ser entonces sinónimo de no creyente. Estas culturas desconocen la figura de la persona ilustrada pero a la vez creyente —cuando esta se presenta, como sucede hasta la fecha, se la considera una avis raris.
5) De las tres religiones monoteistas existentes, judaismo, islamismo y cristianismo, es este último el único cuya palabra sagrada reposa sobre alteraciones. La Cábala está escrita en hebreo, la lengua que los israelitas revivieron y practican; entonces, la relación de los fieles con su libro sagrado es la lengua en que éste fue escrito en su origen y que, siglos después, siguen hablando sus fieles. El libro sagrado del islam, el Corán, fue escrito en árabe, la lengua que sus fieles usan para guiarse por los días e invocar sus plegarias. La Biblia es el libro a más lenguas traducido, tantas como son las culturas y tradiciones de los creyentes cristianos. La Biblia fue escrita en hebreo y en griego antiguo, idiomas que recogieron mensajes dictados por apostoles que se expresaron en diferentes lenguas y dialectos semíticos como el arameo, la lengua de Jesus —la primera traducción al latín la hizo San Gerónimo, la vulgata, hacia el siglo IV; de esta versión se desprenden muchas otras hechas a las distintas lenguas—. Entonces, a diferencia de judíos y musulmanes, los cristianos católicos y protestantes son guiados por una palabra que es la interpretación de la interpretación de la interpretación... Sí, de todas formas su contenido no se ha perdido, al menos así lo interpreto y me maravillo.
6) De los poetas y novelistas cuyos libros y más escritos han llamado mi atención, he guardado en la cartuchera algunas de sus opiniones sobre la fe y la iglesia que dan cuenta de su manera de posarse en el universo y considerarlo; las opiniones de filósofos, ideólogos y ensayistas, en este punto, por ser perfectamente racionales, y en las dos direcciones, no cautivaron mi interés —salvo Montaigne, Nietsche y un par de nombres que no me vienen a mientes—. Pero imaginar a Balzac, Sthendal o Tolstoi adentrándose en sus almas, aladas y sensuales como la de Casanova —creyente convencidísimo— suele avivar este interrogante, este diálogo muchas veces puesto en suspenso. Con nombres del pasado siglo se complican las cosas: Graham Greene, el creyente entrañable; Faulkner, o los territorios de la culpa y el deseo, de la muerte que, siendo puntual, no alcanza a cobijar esa fuerza de vida que se desborda y corre sin control, sin Dios y sin ley (y como este autor otros de igual estirpe, que no responden la pregunta pero si tensan al máximo el arco en el que se juega la suerte nuestro piso metafísico).
7) “El chantaje del cielo”; así llamaba Borges a los enunciados propuestos por el cristianismo. “Uno y el universo” es el libro primero que publicó Sábato y donde enfrentó “la cuestión” que tiempo después volvería a retomar en sus libros siguientes. Borges se declararó agnóstico: vivió así y bajo este misterio murió. Sábato bordea los noventa y tantos y —en contradicción a lo expuesto en sus libros— ha vuelto a creer, a aceptar la existencia de un Dios.
8) Alejandro Jodorowsky dixi: ... ." Yo creo que en el futuro los templos seran polivalentes. Existiran catedrales donde se celebren todos los cultos, con libre acceso y compatibilidad absoluta. Posteriormente se eliminaran los nombres de los dioses, que serán entidades anónimas. Si pones un nombre a Dios te estás apropiando de él.
La religión, igual que una constitución, debe ser revisada, porque en la medida que el hombre va mutando, la religión tiene que cambiar. La secta procede con prohibiciones. Aquello que el hombre no conoce lo llama Dios: es una forma de superstición. En la medida en que el cerebro evoluciona, las creencias ciegas y los tabúes se van desmoronando
¿Cómo afecta esto a lo que usted llama salud...?
Tenemos que ser muy concientes de que debajo de cada enfermedad hay una prohibición. Una prohibición que viene de una superstición
Por tanto, no recomienda ninguna Iglesia...
No, pero tampoco esos templos de los maestros zen, ya sean españoles, americanos o mexicanos. Son monigotes que imitan tradiciones, lenguajes y comidas japonesas."
Epilogo: Seguimos en las mismas, a pesar que con Jodorowsky se pone el asunto interesante. Sin embargo una cosa es cierta; como le habrá sucedido a cada uno de ustedes, entre tanto, he tenido la suerte de tratar con gente que ennoblece el término humano: han sido un par de católicos, unos pocos protestantes, agnósticos, ateos, indeterminados felices, con formación unos otros de naturaleza humilde, siempre dispuestos a dialogar; en cada uno de ellos el respeto ha sido su divisa.
He conocido también a una parva de gente bien “hija de su madre”, malosa y oportunista, por lo general intolerantes y necios, creyentes convencidísimos unos —los curuchupas—, otros indiferentes, cerrados a la conversación, a la evidencia de la existencia del otro o, como en el caso de los estudiados —ateos declarados— autoconsiderados popes de la verdad, de su monopolio.
En estas vamos, atravezando por los días, deshojando margaritas y contemplando los paisajes polifacéticos —conversando, cuando ello es posible.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
Schrödiger en Zúrich
Cada miércoles, la ciudad de Zúrich publica el Tagblatt , periódico municipal de distribución gratuita. En sus páginas uno se entera de los ...
-
Doy por sentado que los lectores que leyeron el post anterior se habran tomado su tiempo para volver a los libros de Javier Vásconez o, de n...
-
El sábado 21 de octubre no llegó al quiosco de mi barrio, donde lo tengo reservado, El País de ese día —que es el que trae Babelia, el suple...
-
Nací en Estambul en 1985, en una ciudad que respiraba historia mientras se transformaba en metrópolis digital. Desde niño, me fascinó ese di...
