17.9.05

Esperando a Houellebecq

En cuestión libros y literatura hay una tradición alemana y, sobre todo, francesa, que no se da en la inglesa, italiana y española (habló sólo de los mercados de libros más movidos). Es la manera como, de año a año, las editoriales presentan al público sus novedades, la rentrée litteraire. Para este otoño, la novedad en francés y —cosa no tan extraña pues las literaturas saltan idiomas— en alemán, que más interés ha despertado, es el libro último de Michael Houellebecq, La posibilité d’une île, en librerías francesas desde el 31 de agosto pasado —en alemán desde el 22.

Desde julio se empezó a escribir insistentemente alrededor de esta novela de la que nadie podía asegurar apenas algo pues todos desconocían sus contenidos en detalle. Houellebecq es, hasta la fecha, el enfant terrible de las letras francesas más a la mano y mejor promocionado que conocemos. Los temas propuestos en su escritura, en sus entrevistas e intervenciones arremeten contra el paisaje de las sociedades ricas de occidente, el visible de espejismos y velocidad, el invisible de vaciedad, sin razón y aburrimiento. Desde hace una década, como en los buenos negocios, sus lectores no han dejado de crecer, sus libros de venderse por miles.

En la gira de promoción de su novela por el mercado de lengua alemana (esta vez declinó promocionarlo en Francia ), luego de visitar Colonia, estuvo el pasado miércoles en Zürich. No quise perderme la posibilidad de ver y escuchar al señor que tanta atención convoca y, puesto que admiro sus libros, poner en juego ese prejuicio que hace que identifiquemos obra y autor en una sola cosa.

La lectura la organizó el Literaturhaus de Zürich, sin embargo, ésta se llevo a cabo en el Kunsthaus. Llegamos allí a las 19.55, con las justas. Cuando ingresamos a la sala de lecturas, las 500 plazas que dispone estaban copadas (no nos sorprendió pues las entradas estuvieron agotadas hace ya dos semanas). No había sitio entonces en el que mujer y yo podamos tomar asiento. Sin embargo, una acomodadora que nos sorprendió titubeando con nuestro no saber qué, nos condujó hasta la tercera y cuarta fila, donde separadamente pudo encontranos un sitio para cada uno. Ni modo, allí nos quedamos quietitos, concientes de que a pesar del tiempo ajustado con el que vinimos habíamos encontrado buenas plazas, y, como todo el mundo, mirando la hora —eran ya las 20.10—, a la espera de que empezará la velada literaria (un retraso de diez minutos en lógica helvética es demasiado).

La directora del Literaturhaus hizó entonces su aparición, dió la bienvenida al público y recalcó la importancia del invitado de esta noche; al paso, adelantó opiniones sobre los contenidos de La posibilité d’une île, de la que luego su autor leería unos pocos fragmentos (Lichtemberg y Mollière se posaron en este discurso de terciopelo); al concluir su intervención de suave material, y como suele suceder en los podios televisivos al anunciar a un invitado, la señora, como las cámaras, condujó nuestra atención a la puerta por la que apararecería M.H (el público lo aguardaba con las palmas listas), pero, ¡oh sorpresa!, los segundos se congelaron y el invitado no apareció; apareció en su lugar otra persona, a decir que el autor no estaba listo aún o le retenía alguna cosa en los camerinos. Agilmente la presentadora empezó a pedir disculpas ... pero, felizmente, fue interrumpida inmediatamente por los aplausos del público.

Ahí estaba el hombre, irrumpió de sopetón, y se encaminaba ahora al estrado, con gesto dubitativo, frágil en apariencia y completamente desprovisto de la prestancia cosmopolita que los escritores profesionales, incluidos los tímidos, suelen lucir, mostrar y demostrar con sus maneras, tics y tricks de salón en este tipo de actos (¿o es que, en algunas personas, forma parte de la representación dejarse percibir como un retraído narcisista, que suple la falta de desenvoltura con una leve seda de atolondramiento?) . En la mesa le aguardaban Barbara Villiger Heilig, comentadora de teatro del Neue Zürcher Zeitung, encargada esta noche de guiar la conversación con el autor, y el actor Robert Hunger-Bühler, que sería el que leería los fragmentos escogidos en lengua alemana (un detalle: este actor, en la temporada teatral pasada, encarnó el papel protagónico, como Michael, en el montaje que se hizó en Zürich de Las partículas elementales). Luego de saludarlos protocolariamente, Michael Thomas, que es nombre con el que Houellebecq nació y creció, colocó sobre la mesa una funda plástica que contenía sus libros, su chaqueta en el espaldar de su silla, tomó asiento y dió inicio a la noche literaria —demasiado larga, al final incluso aburrida.

Para los asistentes que esperaban escuchar al Houellebecq irreverente y provocador que comentan a cada momento los periódicos y revistas esta noche habrá debido desencantarlos. Tres cigarrillos fumados en público, cuatro párrafos leídos por él en francés — su voz grave torna a las palabras en murmullos, a las oraciones en cadenas de fonemas incomprensibles—, cuatro fragmentos leídos en alemán, al final una conversación que nunca llegó a convertirse en tal cosa porque Frau Villiger Heilig no encontró el tono que hacía falta para que las palabras tomaran vida (¡oh Liechtenberg! ¡oh Mollière que bien haría que las palabras de ustedes posase algo de su chispa en las de esas inteligencias que se dejan leer bien pero no escuchar). No había vueltas que darle al asunto: la señora anfitriona desesperó con las respuestas puntuales y asépticas de un Houellbecq demasiado humano, demasiado topado por el aurea de sus personajes para andarse en correteadas de promoción de libros que exigen a sus autores más de lo que su letra, leída y tomada al pie, da. Los asistentes empezarón a abandonar la sala de a poco. La señora Villiger Heilig, entonces, con la prestancia que le hizo falta para halar de la lengua al provocador, dio por terminada la lectura. El autor desapareció por la puerta que entró. No hizo caso alguno a los fotografos. No firmó libro alguno, como de normal lo hacen sus colegas más famosos.

Por mi parte regresé a casa de buen ánimo. No esperaba más de lo que sucedió en esas dos horas y media. Regresé satisfecho con la impresión que Houellebecq me causó —ésta no anuló la admiración que tengo por sus libros— y, obra del azar, por haber sido un buen pretexto para encontrarme sin previa cita con un par de amigos que no había visto hace tiempo.


P.S.
Es famoso el perrito diminuto —un welsh corgie— que acompaña a todo lado al autor francés; como podrá suponerse de la lecturas de las palabras anteriores —pues no lo nombro—, este no dio que hablar en toda la noche. A los pies de su dueño aguantó el tiempo de la lectura sin ganas siquiera de irse a levantar su pata en alguna esquina del escenario.

7.9.05

Extremo y duro

Acabo de encontrarme con este texto del escritor barcelonés Juan Goytisolo. A este autor lo leo cuando se me cruza en el camino (y no ha dejado de hacerlo desde hace dos décadas). Sin buscarlos, sin planteármelos como objetivo de lectura, sus textos –novela, ensayo, artículos– siempre aparecen cuando menos uno se lo piensa – y con ellos, el tiempo que se requiere para leerlos se inventa a si mismo, en un abrir y cerrar de ojos.

De este autor me gusta no sólo su prosa de frases largas y su manera de ir por el mundo. Nunca he dejado de admirar su constelación de afectos, sus pasiones literarias (Jean Genet, Manuel Puig, Susan Sonntag) y las distancias con no pocos de sus colegas. En este texto está el eje de sus temas, de sus broncas y la manera como suele enfrentarlas. Vamos a ver que les parece.


El bien más precioso
JUAN GOYTISOLO

Quisiera exponer unas breves reflexiones acerca de los premios y de su incidencia en la vida literaria o artística del creador. Parto del principio de que una obra no será mejor ni peor por el hecho de obtenerlos. Autores hay que no cosecharon en vida laurel alguno y nos legaron una obra indemne por el paso del tiempo. Otros hay que acumularon medallas y recompensas a lo largo de su existencia y hoy apenas sabemos quiénes fueron ni qué escribieron, pues su obra no alcanzó a trascender la actualidad y desapareció con ella. Los primeros trabajaron en una soledad fecunda, sin preocuparse por el éxito y el reconocimiento. Evitaron la notoriedad fácil y el propósito de hacer carrera que identifican de inmediato a quienes por vanidad o afán de lucro se transforman en el pelota o trepa orgánicos al servicio del poder, del partido o la empresa. Los segundos, todos los conocemos, corren tras la celebridad, el poder, los fuegos de artificio de la gloria mediática. Son personajes, no personas. Quieren ser famosos, y con arte y paciencia en el manejo de las relaciones públicas, llegan a serlo. Tienen muchas tablas en eso de ganar palmas y de ascender en el escalafón. Si no logran el prestigio nacional, se aferran a la consecución del local. Aspiran a que, al fallecer, su nombre, y tal vez su estatua, figuren en las calles de su patria chica, conforme a un programado y patético anhelo de inmortalidad. Tal es su irrisorio destino.

Digo esto y a continuación me corrijo. Para abrirse paso en medio de tanta trapacería e ignorancia cerril, los jóvenes con talento necesitan el estímulo de los premios honestos, es decir, los no concedidos de antemano. Las leyes del feroz dios Mercado y esa terca inclinación nacional por la novela-refrito y la facilidad desastrosa de los versificadores de oficio conspiran para ahogar las voces críticas y los planteamientos individuales. La marea del producto editorial anega al texto literario. Cuando un joven creador me explica sus dificultades para encontrar editor, le respondo que si yo firmara Perico de los Palotes y enviara el manuscrito de Don Julián a los grandes consorcios de la industria del libro que acaparan hoy la casi totalidad del mercado, la novela sería con toda probabilidad rechazada y devuelta al remitente. A la censura política del franquismo sucede otra, más sutil y nefasta: la del supuesto "lector medio", alérgico a todo asomo de originalidad, que quiere más de lo mismo y se abastece para ello en los Kentucky Fried Chicken del producto prefabricado con miras al palmarés de los campeones de ventas. Tal es el ferial acotado. Los novelistas, poetas y artistas que, con una buena dosis de heroísmo, se esfuerzan en forjarse una lengua y un mundo propios viven extramuros. Son independientes, y esta independencia es el bien más precioso del que disponen. Conocen el dilema, expuesto por Antonio Saura de forma lapidaria: o hipo de la moda o moderna intensidad. La moderna intensidad circula a través de los tiempos. Ningún premio ni desdén la afectan. El escenario de los divos se apaga y los devora. Por eso la soledad del corredor de fondo será la apuesta mejor.

Me excusarán, para terminar, unas pocas palabras de índole personal. En mi juventud tuve la gran suerte de no conocer en España gloria alguna sino, como dijo un gacetillero del Régimen, la de "ser más conocido en las comisarías que en las librerías". Me despiojé, lavé y eduqué fuera. A pulso, día tras día, me consagré a la difícil conquista de la libertad política, social, artística y personal. Muerto Franco, asistí con alivio a la transición democrática que cuajó, tras las vicisitudes que ustedes conocen, en la Constitución de 1978; pero, como advertí pronto, este cambio feliz no fue acompañado con una transición similar en el ámbito de la cultura. La inercia del pasado fue más fuerte. El salto de un atraso y abandono seculares a la condición de "país de nuevos ricos, nuevos libres y nuevos europeos" se tradujo en la emergencia de una sociedad hipermoderna, admirable por su lozanía y empuje, pero incapaz de asumir los principios intelectuales y éticos que vertebraron la España republicana por la que combatieron nuestros compatriotas más íntegros y lúcidos en la Guerra Civil. Por dicha razón, he procurado mantenerme al margen del mundo oficial y de todo poder mediático. Sólo la regresión de Aznar al nacionalcatolicismo más obtuso y rancio me obligó a saltar a la arena política. Desde el 14-M respiro de nuevo y vuelvo a ser lo que soy: un simple ciudadano que se siente más seguro de sí mismo cuando es declarado persona non grata -como ocurrió aun en la pasada época, por mi defensa de los inmigrantes de El Ejido- que al recibir una recompensa, a todas luces digna, como la que otorgan, a mis compañeros y a mí, en el presente acto.

Me alegra, en cualquier caso, que el premio, el primero que a la edad de 74 añitos se me concede en España, sea el de la autonomía más pobre de la Península, pero que, a juzgar por las estadísticas, dispone de mayor número de bibliotecas y agencias de lectura y ofrece el mejor ejemplo de integración de los inmigrantes. Ello la honra, me honra y nos honra a todos los aquí reunidos. ¿Habrá que recordar las discriminaciones del pasado a los charnegos, maketos, extremeños, coreanos, murcianos y demás gente "de mal vivir" que evocaba Alfonso Sastre en Lumpen, marginación y jerigonza, o las que sufren los gitanos, sudacas, magrebíes o africanos en algunas zonas de la España admitida con honores en el Club de los Cresos? Lo barrido a las afueras me ha atraído siempre más que el centro lucido y pulcro, porque la verdad florece precisamente en los límites y costuras de la sociedad. Extremadura es un buen acechadero, desde aquí se avizora con mayor nitidez y distancia el forcejeo desaforado por el poder de quienes se vieron privados de él por una decisión soberana del pueblo y el penoso espectáculo de algunas autonomías ricas, pero insolidarias y gárrulas, incapaces de hallar un término medio entre la visión republicana de Azaña y el federalismo de Pi y Margall.

Para concluir. Al divulgarse la noticia del galardón, un amigo me dijo: "Tu obra es extrema y dura. El premio la ha nombrado". Creo que Julián Ríos no erraba: por esta relación entre el nombre y lo nombrado disfruto del privilegio de estar aquí entre ustedes.

Juan Goytisolo es escritor. Este artículo reproduce el texto leído por el autor el 6 de septiembre en la recepción del Premio Extremadura a la Creación a la Mejor Trayectoria de Autor Iberoamericano 2005.

Tomado de El País, de su edición del 7 de septiembre de 2005

4.9.05

Perro sin dueño

Esta semana, mientras fluía y tropezaba con mis asuntos, hábitos y compromisos; mientrás hacía lo que convino para resolverlos o ponerlos en el sitio que les corresponde, ví que, por debajo de la piel de craneo, me iban saliendo al paso, inesperadamente, imágenes, fotogramas, escenas del film que fuimos a ver el pasado sábado. No me salían recuerdos del film visto: se me aparecían, por debajo del cuero cabelludo, imágenes reales, realidades paridas por la ficción (como real es un verso de Paul Valery que me viene a los labios y altera con su sóla presencia lo que voy pensando).

Fuimos a ver este film, animados por el comentario admirativo pero también sigiloso que le dedicó Der Spiegel hace un par de semanas (sigiloso porque las palabras que allí se utilizarón para sugerirlo a los lectores se resisten a calificar la obra pero dejan ver la admiración que despertó en el reseñista)

Bombón. El Perro”, del cineasta argentino Carlos Sorín, resultó ser nó sólo la obra interesante que se apodera de la atención del espectador y no lo deja libre sino al encenderse las luces. La pélícula de Sorín logra ello y, bueno, también eso que vuelve entrañable a un poema, un cuadro, un artefacto de arte, un fragmento de realidad: legarnos su fantasma y ponerlo a caminar junto a uno sin que nuestra reflexión repare en ello sino hasta más tarde —cuando empiece finalmente a catalogar los atributos que la conforman.

Varios son los elemento originales que conforman esta historia con no-actores que sucede en la Patagonia. Pero no los voy a referir.

Al abandonar la diminuta sala en la que la están pasando, cada uno de nosotros —eramos tres— nos quedamos viendo las caras sonreidos y silenciosos. Era la media noche, mientras nos encaminabamos al auto y atravesamos el puente del Limmat, sólo de a poco empezaron a venir las palabras, de a poco la noche y las luces que la alumbraban empezaron a imponerse como realidades palpables; comenzamos entonces a repasar la satisfacción que esos 90 minutos humanísimos a los que habíamos asistido nos habían proporcionado.

P.S.
DE Sorín nada sabía hasta ahora; ha empezado sin embargo a interesarme —tomo al vuelo unas pocas de sus palabras para que le tomen el pulso:

«“Bombón. El perro” es una continuidad de mi film anterior ”Historias mínimas”, porque aquí vuelvo a trabajar con personajes simples, narrados en forma minimalista e interpretados por no-actores. Quizá hablar de personajes simples sea en sí mismo una simplificación. En realidad no hay personajes simples: el universo interior del más humilde campesino ecuatoriano es tan insondable como el de un profesor de filosofía. La diferencia está en que este último reflexiona y comunica mayormente a través de la palabra; y aquel, más elemental, a través de gestos y silencios. En cine siempre he preferido lo gestual a lo textual. Una mirada, un silencio, un pequeñísimo rictus adivinado en un primer plano, comunica con mayor contundencia que la retórica de la palabra. Y eso es lo que pasa con los personajes “simples”: hay que leerlos en los ojos. Pienso que es ahí donde el cine asume el gran legado de la pintura. La mirada abatida de Felipe IV en los últimos retratos realizados por Velázquez nos dice más de la tragedia de ese rey, que todos los volúmenes que pudieron haberse escrito sobre el tema.

31.8.05

Ajuste de cuentas


El día de ayer pesqué en diario El Comercio de Quito la nota que podrán leer líneas abajo. La pongo aquí porque no es posible recogerla del banco de datos del diario —lo he probado hace unos momentos infructuosamente.

Es una de esas noticias que suelen extraviarse por los días sin apenas concitar la atención de los lectores; sin embargo, cuando logran atraerlo, por lo general no despiertan el respeto o conceden el reconocimiento que un autor de otros lares, por un hecho similar, ganaría en el nuestro o en otro país; no, el lector equinoccial toma esas noticias con pinzas y las pone en tela de duda —nunca se sabe sobre la veracidad de las fuentes, nunca se sabe mucho sobre los contextos de donde estas noticias emergen—. A mi esta noticia me sorprendió de buena manera y alegró mi día. Tiene que ver con un poeta de la tierra.

Hace cosa de un año y medio (por abril de 2004), a Edwin Madrid, el poeta de la notita en marras, le cayeron a palos desde todos los lados —a través de los principales diarios ecuatorianos—. Resulta que Madrid fue el editor de la edición bilingüe de la obra poética completa de Jorge Carrera Andrade (editada por la CCE), una hermosa edición que fue sacada de circulación tan pronto como se la puso a la venta. Motivo: los textos trasladados al inglés tenían “errores imperdonables” y muchas otros defectos imaginarios. Reí entonces mucho con las aseveraciones que la prensa generosamente irrigó por sus páginas impugnando la versión inglesa propuesta por el traductor (todos desconocían u olvidaban deliberadamente que en literatura sólo podemos disponer de versiones excelentes, buenas, malas pero nunca de la traducción exacta que todos andaban exiguiendo).

Era de Ripley ver como periodistas, profesores, intelectuales, escritores que hasta ese momento desconocían, o conocían apenas, la obra de Carrera Andrade —digo en lengua castellana— de pronto ponían el grito en el cielo ante la versión inglesa de la obra trabajada por Madrid y Carlos Reyes, el traductor y académico norteamericano que decidió hispanizar sus nombres hace ya muchas décadas (se llamó antes Charles King). Huelga decir que el 95% de los críticos que hicieron entonces sentir su enfado no hablaban inglés —a descargo de ellos, vale anotarlo, tampoco el editor—. Fue ese un momento bastante oportuno para discutir sobre traducción pero no se lo hizo; como sucede con los temas que de verdad interesan a la realidad ecuatoriana, no se los discute, no se los prueba ante las ideas, se los utilza para ajustar cuentas.

Entonces a Madrid le cayeron a palos día tras día. A la criolla, le hicieron carga montón. De escritores con autoridad, con conocimientos de lenguas —una mano alcanza para contarlos—, no hubo alguno que quisiera opinar al respecto. Supongo que por curarse en salud o, como buenos conocedores del medio, se portaron sencillamente como viejos zorros. Pero una mañana, sin níngún misterio de por medio, en un santíamen se dejo de hablar de Madrid. Motivo: al poeta quiteño le concedieron justo en esos días el Premio Casa de América de España. Un reconocimiento a su trabajo literario otorgado por un jurado internacional que, para mala pata de los impugnadores de Edwin Madrid, estaban fuera de toda sospecha. Lastimosamente no podía inferirse amarre y, para colmo, el libro por el que le concedieron el premio, se publicaría en Visor, la editorial de La Poesía por ontonomasia, de cuyos libros hemos bebido al menos tres generaciones.

De la noche a la mañana los impugnadores de Madrid olvidaron que, en buena ciencia, la una cosa no tenía nada que ver con la otra. Que la concesión del premio hecha a Madrid se hacía a su poesía y que por tanto nada tenía que ver con la responsabilidad editorial impugnada. La bronca debió seguir, pero no, las voces callaron como cuando un profesor impaciente se manda un carajaso en una aula llena de jovencitos malcriados. Fue una pena ver como entonces se confundió una cosa con otra; ver cómo las letras encarnaban de la manera más transparente esa conversación de sordos, de sordos y cojudos, que constituye la política ecuatoriana en casi todas sus instancias.

El libro premiado, Mordiendo el frío, con sello editorial Visor (la ilustración de portada es un angelito dorado diminuto sacado de un catátlogo de La Escuela Quiteña) fue presentado en Madrid el 13 de octubre de 2004. Su contenido lo comentó luego El País de España, La Jornada de Mexico, Pagina 12 de Argentina, El Mercurio de Chile. En Ecuador lo comentó unicamente Diario Expreso, de Guayaquil. Y que yo sepa, hasta la fecha, ninguna revista de literatura.

El día de ayer leí la nota que les alcanzo; ella me ha movido a recordar el fatum de los libros de este poeta ecuatoriano. Sabía que Madrid debía ir a Argentina al encuentro de poetas en Neuquén. Sabía que Madrid tiene en Buenos Aires, Santiago, Bogota, Lima, Mexico DF los lectores que no tiene en Quito, Guayaquil y Cuenca. Suponía que sus lectores argentinos sabrían valorar el libro publicado por Visor. Pero por lo que la prensa anota, veo que supuse mal. ¡Oh muerte de pequeños senos de oro! Oh destino el de los libros de Madrid!: Puertas abiertas cautiva en inglés y árabe; su poema extenso Celebriedad en Argentina; en Chile y en México, una varia de sus, hasta ahora, ya demasiados libros. En hora buena por la literatura.



Madrid, el eje de los Celebriedades

Santiago Estrella, corresponsal en Argentina

Que un grupo de poetas decidan llamarse como el título de un libro no es usual, y menos todavía que ocurra con un ecuatoriano. Esta experiencia acaba de vivirla Edwin Madrid, invitado al Segundo Encuentro Confluencia Literaria, en Neuquén, y quien integró a más de 100 poetas de Argentina, Chile, Brasil, España.

Madrid se llevó la sorpresa de encontrarse con cinco poetas llamados Celebriedades, en honor a un libro que consideran clave en su devenir poético, 'Celebriedad' (1992).

"Ha sido una verdadera sorpresa -afirma Madrid- porque se supone que uno debiera estar viejo para recibir este tipo de homenajes".

Según Raúl Masilla, líder del grupo y organizador de la cita, luego de haber conocido al quiteño en el Encuentro de Poesía, en Rosario (2002), "nos sentimos consustanciados con la estética de "Celebriedad", a tal punto que fundaron una editorial que lleva publicados nueve títulos de la colección de libros Celebrios.

Se trata de un pequeño homenaje a los vicios. "No solamente desde el lugar de destrucción que suponen los vicios en muchas ocasiones, sino también como un canto a la vida", sostiene Mansillas.

Y la obra de esos poetas patagónicos va de ciudad en ciudad con un espectáculo montado con música y con una selección de poemas de Madrid.
Una pequeña duda ronda en la cabeza de Edwin Madrid: "Quién sabe si gané lectores o perdí otros, no me he quedado en esa instancia, tampoco me interesa. Es como un pago de cuentas de mi vida de soltero. A partir de eso, comienzo a ver la poesía diametralmente opuesta. El libro que sigue a 'Celebriedad' es 'Caballos e Iguanas'. 'Celebriedad' fue escrito hace 15 años y esa actitud, esa experiencia, ya las viví y ya no las comparto, a pesar de que es entrañable".

Gozando de los privilegios del año sabático, gracias a haber perdido su trabajo como director de talleres de la Casa de la Cultura, pero feliz por la traducción de su libro 'Puertas abiertas' al árabe en una edición de 10 000 ejemplares en el Líbano, acaba de ser invitado al Festival Mundial de Poesía que se realizará en octubre en Santiago de Chile.

Mientras se agota el dinero del último premio que recibió, tiene solo una certeza: "Estas satisfacciones son pocas, pero importantes. No se pagan con dinero, pero te hacen sentir humano, del lado bueno al que apunta la poesía. Eso me puede convertir cada vez en mejor persona que en mejor poeta".

Tomado de Diario El Comercio, de Quito-Ecuador, de su edicón del Martes 30 de Agosto del 2005

22.8.05

Desde el Limbo electrónico

Debo una disculpa a cada uno de ustedes. Acabo de rever la fecha de mi post último y dado cuenta de los dos meses transcurridos sin haber apenas escrito palabra alguna —demasiado tiempo, supongo, sin cruzar señales de vida a los imaginados conocidos que pasan por acá y, por ello mismo, les debo y correspondo mi respeto real—. En todo caso, estoy bien; salvo el paso de las horas, no me ha sucedido nada excepcional (por si las moscas, vale antés hacer una aclaración: esta retirada de dos meses al limbo electrónico, no ha sido forzada por la falta de tiempo o cosa parecida; ha sucedido de forma expontanea, como cuando uno abandona de pronto una reunión de amigos y se va por las calles con uno mismo, fumando un tabaco y pensándolos, con una imagen de sus palabras, alguna punzada de belleza, un gesto por entre el aire de la noche).

Entre tanto he hecho lo que casi todo el mundo en mi entorno hace por estas fechas: olvidarse del trabajo por unas pocas semanas e irse, sólo o con la familia, hacia algún sitio, a recobrar fuerzas matando horas y alterando rutinas; a despertarse en una habitación extraña, a toparse de pronto una mañana y otra con rostros desconocidos en paisajes por lo general no visitados antes; a caminar por calles, callejuelas y caminos con caritas despistadas y un mapa en la mano; a admirar y a aburrirse acumulando imágenes de una realidad pasajera que luego, al ser dispuestas en un orden de palabras escritas o pronunciadas, proporcionaran los argumentos básicos para erigir un comentario —si cabriado o lleno de satisfación no importará, pues en los dos casos será previsible—, tramar una fascinación —cierta, ingenua o forzada tampoco importará pues la emoción se permite de vez en vez esas buenas pasadas—, decorar un recuerdo, construir un recuerdo, ponerle fondo al paso del tiempo, multiplicar las posibilidades de conflicto familiar por el trato continuo sin apenas pausa o, si se quiere, a contribuir con un granito de arena a que se cumplan los ciclos económicos y por esta dirección... bueno, entre otras tantas cosas, buenas, buenísimas y lamentables, agotar la cuenta en el banco y llevar hasta el tope las posibilidades de las cartas de crédito.

Nosotros nos quedamos esta vez en la misma Suiza y nos fuimos a pasar un par de semanas al alto Valis, a Saas Fee, un pueblito alpino de ensueño en el que no hay tránsito vehicular convecional sino sólo unos carritos eléctricos diminutos, ubicado al pie de un formidable glaciar (belleza otra esta de los Alpes, de tupidas montañas y valles más bien estrechos en contraposición a la de los Andes, mejor dispuestos para el explendor y dejar imaginar las distancias y el horizonte). La pasamos bien, trepando y descendiendo sus pendientes tejidas de caminos y teleféricos, almorzando o tomando cerveza en sus paradores, cometiendo caminatas cuyos efectos se hacían sentir por la noche, a la hora de los tragos, pues entonces, los ánimos para continuarlos apenas se abrian paso. Sin embargo, como lo he anotado, la pasamos bien, sin sobresaltos, disfrutando de nosotros mismos, de la conversación, avivada esta vez por los comentarios siempre chispeantes de mi madre que, en su breve visita a Helvetia, también compartió con nosotros esos días de asueto.

La sorpresa ingrata me la llevé al regresar a casa, al empezar a poner mis papeles al día. En la correspondencia que me aguardaba (algo muy de acá, el correo, el servicio de comunicación por exelencia entre personas, instituciones, comercios, gobierno, impuestos ... y las variantes posibles entre estos remitentes y destinatarios) habían dos sobres de la policía de tránsito del cantón que los abrí solamente al final. No les dí importancia, supuse que eran un doble llamado de atención para que me acercase a la jefatura de transito con mi auto para llevar a cabo su revisión periódica y ver si este está aún en condiciones de circular o no. Pero supuse mal, las cartitas no trataban de ello, eran las facturas de dos multas minuciosamente detalladas que debía cancelar en el plazo máximo de treinta días; dos, de 250 Sfr. cada una (al cambio actual hacen como unos 400 U$): le milieu rouge c’est cher, me diría un amigo días después al preguntarle si sabía él de algún medio legal al que yo me pudiese amparar para recusar tal imposición. Resulta que, sin que yo me diese cuenta de nada, a inicios de junio, circulando por calles comunes y corrientes de Zürich, me había pasado dos semáforos en rojo provistos de cámaras fotográficas. En el primer semáforo, la fracción de segundo que dura el cambio de amarillo a rojo fue de 0,7 (el 2 de junio a las 17 horas 23 minutos 7 segundos). En el segundo semáforo, siguiendo la lógica anterior, la fracción fue de 0,15 de segundo (el 5 de junio a las 19 horas).

En los doce años que llevo viviendo por estos lares no me había sucedido antes algo parecido. Antes sólo me habían multado un par de veces, una con 70 francos y otra con 50 —las dos por ir a más velocidad en un camino en el que estaba permitido ir sólo a 50 Km/h—. Hasta esta vez no sabía que pasarse le milieu rouge es lo peor que le puede pasar a un conductor, digo en términos económicos.

Bueno, a estas alturas, ya se me pasó la cabriadera que me provocó leer el contenido de ese par de sobres en circunstancias poco propicias. No, no hay manera de recusar las multas establecidas. Desde luego que pude solicitar las fotos, alargar tramiteas y echar por la borda unas cuantas horas. Sin embargo, al final no habría conseguido nada pues la razón no me asistía. No, los chapas han hecho su trabajo, ese que la ley les obliga a cumplir y legitima —el peatón tiene la preferencia y es sólo alrededor de él que el tránsito motorizado se organiza-.

Por ahora no sé cuan ejemplar resulte este caro llanado de atención; por lo pronto he notado que, mientras voy conduciendo y me sale al paso un verde que ya tira para amarillo, prudencia baja la velocidad de golpe y detiene el auto sin premura (entre tanto amarillo se instala como un sol, languidece en un pestañear y da paso al rojo para aparecer de nuevo en unos segundos, ponerme alerta y, con el verde al frente, regresarme a mis prisas, a mis afanes.

20.8.05

Flechas



Es este apenas una prueba para trepar imágenes a este blog. No lo había hecho antes. vamos a ver cómo queda

21.6.05

De Villena sobre Gangotena

Babelia, el suplemento semanal de libros del diario español El País, del pasado sábado 18 de junio, trae un interesante comentario sobre la antología de poesía de Alfredo Gangotena, aparecida hace unos dos meses en Visor. El comentario lo firma Luis Antonio de Villena, un poeta que admiro. Tengo entendido que de Villena es un personaje al que los medios de comunicación tratan con deferencia y, cuando la ocación, dedican espacios generosos a su charla o el comentario de sus diferentes publicaciones. Tengo entendido que le gusta hablar de muchos tópicos y comentar por escrito sólo de los que en verdad llaman su atención. Esto es lo que he percibido al leer el texto que el poeta español dedica a la Antologá del ecuatoriano. A lo mejor les interesa.



Un ecuatoriano en París

Luis Antonio de Villena

Hijo de una familia de terratenientes, Alfredo Gangotena nació en Quito (Ecuador) en 1904. En 1920 su padre lo envió a culminar el bachillerato en París, donde se haría después —sin excesiva voluntad— ingeniero de minas. Vivió pues unos diez años en París hasta su regreso a Quito —confirmado ya que padecía hemofilia— en 1930. Como otros latinoamericanos que vivieron en París (capital de la modernidad en ese momento), su despertar y entrega caudalosa a la literatura ocurre en aquel trepidar de vanguardias que primaban la imagen sobre el discurso, y con la fascinación por el francés como lengua de cultura. Aunque publicó primeramente poemas sueltos, en español, en diversas revistas de América, Gangotena estalla como poeta en francés, y con una clara vinculación vanguardista, que pronto se hará surrealista. Imposible entonces no poner en relación la obra de Gangotena (especialmente sus dos principales libros en francés, Orogénie —1928— y Absence —1932—, publicado ya en Quito, a cuenta del autor) con la poesía en francés del chileno Vicente Huidobro y del peruano César Moro, este último más cercano a Gangotena. Para los tres el francés representa la lengua de la modernidad, cerficada por amigos como Cocteau, Henri Michaux, Supervielle o Breton. Pero como todos volvieron a sus orígenes, Huidobro se ha salvado en la Historia como poeta en español, y hasta Moro por su La tortuga ecuestre, uno de los mejores libros surrealistas en nuestra lengua. Justa o injustamente —pues no perseveraron en ese camino— en francés no dejan de ser una anécdota, no sé hasta qué punto luminosa. Ningún francés —que yo sepa— ha hecho ese estudio.

Ya en Quito, Gangotena sufrió la ausencia del mundo cultural de París y se desesperó. Con todo, acompañó a Michaux a los Andes y a la Amazonía, viaje del que surgiría el libro del francés Ecuador. Pero Gangotena volvió al español (logró, en cierta medida, recuperarse de una ausencia en no poca medida metafísica) y escribió en nuestra lengua Tempestad secreta, que sería su último libro, editado a su costa, en 1940. Una parte de Orogénie se titula “L’orage secret”, es decir, tempestad secreta, pero son obras del todo distintas.

Como dice Adriana Castillo, “el elemento que crea universos es, precisamente, la imagen”. Como imaginista —o creacionista— empieza la poesía de Gangotena, imagen sobre o contra imagen. Pero muy pronto (en sus libros) se tornan vecinas al surrealismo, en un auténtico chorro de fulgores y onirismos, brillantes sin duda y nada fríbolos (todo en Gangotena posee un claro fondo de tragedia, de búsqueda espiritual, de allendidad más omenos frustrada), pero que contemplados desde hoy (en 1928 eran modernidad evidentemente) resultan excesivamente retóricos, pues hoy sabemos —basta leer a Breton— que el surrealismo vuelto escuela lexicalizó su retórica de imágenes irracionalistas. “L’hymme exultat de la parole nous soutient” (el himno exultante de la palabra nos sostiene), escribe Gangotena fiel a su discurso. Cierto que, a medida que avanza su producción, el elemento espiritualista o metafísico va ganando terreno al aluvión de imágenes, que nunca desaparece del todo: “Ventanas perdurables: chorreando venas, me confundo con la espesa arcilla de la noche. / ¡Oh Esposa mía, de soledad en soledad repercutes en mis golpes! / (...) Me deshaces en sudores, años, mares y otros continentes”. El poema ha adelgazado algo su borbotón surrealista, pero sigue siendo un grato báratro imagístico en búsqueda de hondura, salvación o destino. En busca... Hasta dónde hubiese podido llegar la brillante y abundosa poesía de gangotena (recordado apenas por Neruda en Confieso que he vivido) no lo sabemos, pues el ecuatoriano murió a los 40 años, víctima de las muchas complicaciones de la hemofilia.

El presente libro es una antología, y bien traducida, pero necesitaríamos conocer entero Tempestad secreta —y yo no lo conozco— para saber el papel que Alfredo Gangotena (recordado en Francia sólo como una curiosidad, en la gloria general del genérico surrealismo) pueda tener en la poesía en lengua española. Muy distinto y muy parejo a César Moro, no sería poco certificar que lo que en el peruano era desgarrada sensualidad, en el ecuatoriano fue turbulento y laico misticísmo. En cualquier caso, un episodio casi secreto de la poesía que merece ser conocido. La respuesta —¿hasta dónde llegó?— está en aire, todavía.


Referencia:
Antología
Alfredo Gangotena
Varios traductores
Visor, Madrid, 2005-06-21 269 páginas. 14 euros

12.6.05

Sáer muere

El pasado 29 de abril, sin que él reparase en ello, seguí su juego: me quedé viéndole cómo miraba a las gentes que transitaban por el pequeño corredor del Säulenhall de Solothur, una pequeña ciudad suiza ubicada al noroeste del país. Llevaba un abrigo azul con las solapas del cuello levantadas hasta las orejas, las manos cruzadas a la espalda, los cabellos canosos, lentes, la piel arrugada. El invierno había pasado pero parecía que él acabase de abandonarlo hace sólo unos minutos. Antes lo había visto en fotos de revistas y periódicos o en las contratapas de sus libros. Lo había imaginado más alto y robusto de lo que en ese momento mostraba su cavilante humanidad en medio de personas que transitaban por el corredor y se detenían a hojear, preguntar, conversar entre ellas ante los estantes de libros e información allí dispuestos.

El pasado abril se llevó a cabo el 27. Solothurner Literaturtage , un festival literarario anual al que suelen venir invitados autores de distintos países, de distintas literaturas. Este año, entre los escritores de lengua española estuvieron Tomas Eloy Martinez, Carmen Posadas, Carlos Ruiz Safón, Enrique Vila-Matas y Juan José Sáer.

Con los libros de Sáer he tenido una relación especial. Los descubrí hace unos diez o doce años (publicados en Destino y Seix Barral-Biblioteca Breve) pero no pudé acceder a sus contenidos a pesar de los intentos varios que, entonces, mi afan les procuró. Años después, por exigencias académicas debí analizar uno de sus relatos (ya no recuerdo el nombre de éste pero era la historia de un indigena hacia los tiempos de la conquista española) cuya lectura y relectura provocaron en mí apenas indiferencia. Pero entonces “tenía que” escribir mi comentario, escribir un breve ensayo sobre un artificio verbal cuyo funcionamiento no lograba captar mi interés. Hicé un texto olvidable que apenas contribuyó a curar mi miopía ante los trabajos del autor argentino

(supongo que esa indiferencia era forzada, hija del prejuico y la animosidad: me incomodaba entonces que la talentosa profesora que nos daba literatura —un prodigio de virtudes y capacidades, en el dominio de lenguas y teorías— tuviese una visión parroquiana o, sencillamente, ignorara hechos y obras fundamentales de la literatura “universal”: me molestaba entonces que la literatura en la universidades fuese un territorio urbanizado, como las ciudadelas-islas, en donde los especialistas, digamos en literatura francesa e inglesa, nada saben ni les interesa saber de, por ejemplo, Dante, Petrarca, Curzio Malaparte o Lampeduza o de lo que sucede en otras literaturas —la portuguesa o, peor aún, la rusa, la húngara, checa, sueca o cualesquier otra lieratura cuya lengua no tiene muchos hablantes pero ha tenido o tiene autores que han sabido captarla y ponerla a volar por el tiempo—. Hoy esa percepción mía de la literatura ha mudado sus plumas: no me molesta que la literatura y sus oficiantes tejan sus días en centros hiperurbanizados o los pasten por parajes, praderas peligrosas o desolados caminos).

Pero un día mi admiración por Sáer se abrió paso en mi altar portatil; nació al leer sus ensayos (La narración-objeto, El concepto de ficción): una mirada del mundo en la que los temas, casi siempre literarios, dan vueltas no sólo por bibliotecas, bancos de datos y archivos, sino persisten en esa manera antigua de arriezgar las palabras en lo que se cuenta y tentar la construcción de un punto de vista-puente entre épocas, literaturas, estilos y tradiciones distintos. En textos como esos la buena escritura y la calidad de la información que lo trenzan dejan de ser un fín solamente. Son eso y pasan a ser otra cosa, una tentativa que anda siempre de caza, una tentativa cuya finalidad es incierta.

Empecé entonces a leerlo y he seguido haciéndolo. Lo último fue un texto sobre la traducción del Ulises de James Joyce. Hasta antes de abordarlo —y pese a haber trabajado con ese libro— no sabía nada de J. Salas Subirat , el argentino que hizo la primera versión española de la novela del irlandes. Lo que él cuenta allí del traductor —adozado con anécdotas—, de sus esfuerzos por encontrar un equivalente en nuestra lengua, en principio imposible, celebra y esclarece.

Hoy, al revisar el suplemento Radar, de Pagina 12, de la edición de este día (12.06.05) me informo de la muerte de Juan José Sáer, en París, ciudad en la que residía desde hace algunos años. Supongo que un mal lector de su obra, agradecido por unos pocos de sus textos, puede también sentir su muerte. No son otra cosa estas pocas líneas que lo recuerdan. Paz en su tumba.

31.5.05

¿Cuánto es mucho?

En el Magazin del Tages Anzeiger de Zürich, del pasado 21 de mayo, viene una entrevista del novelista Martín Suter al profesor Peter von Matt, ensayista de alto prestigio en lengua alemana.

El tema de la entrevista, trabajada como un soliloquio en el que las preguntas hay que suponerlas, es el dinero. Para variar, me dije, de nuevo el “don”, el que lo puede todo —bueno, casi todo—, el que “cuando falta mata de hambre y cuando sobra corrompe”, como decía D.H. Lawrance.

Suelo dar atención cuando opinan sobre “los pesos” personas que uno las sabe agudas en campos y materias alejados de la banca, las inversiones, las cotizaciones y la política, cuyos representantes, más que vigilar sus circuitos, por lo que se ve, parecen más bien anhelarlo. Me gusta cuando hablan de él los poetas y los escritores —no los pintores ni los cineastas, pues en sus contextos el “vil metal” tiene otra significación—. Digamos que los escritores, cuando les sobra guitos, lo dispendian en beneficio de su obra, de ser posible, del estilo de su obra; o, en el otro extremo, cuando padecen su carencia, se acercan al torbellino humano o la mera soledad con un punto de vista privilegiado, mejor equipados para ver mejor las fachadas —desde luego, a pesar suyo y de su prole.

Nutrida es la lista de los escritores que han opinado de él en todas las épocas: con desidia y distancia cuando de vacas flacas, con precaución extrema y fingida objetividad cuando de gordas, cuando las cosas todas salían bendecidas por Mamón. En la modernidad que nos toca, así mismo, no son pocos los escritores que, gracias a su trabajo —dejo de lado la obra de arte, el marketing y las concesiones que la creación ha hecho al mercado— pueden conseguirlo en grandes cantidades y, además, comentarlo. Pero el tema toco no sólo a ellos: nos incumbe a todos y todos podemos comentarlo; pero es mejor no hacerlo —salvo desde el punto de vista político—, puesto que las distacias que cada uno tiene o tiende con este medio de intercambio de primerísima necesidad, puede provocar susceptibilidades en todos los grupos: los que lo tienen a raudales, sin pena, gloria o esfuerzo; los que lo tienen a raudales con el sudor de sus neuronas, los que parece que lo tienen pero en verdad no; los que finjen no tenerlo y lo sufren; los que sintieron alguna vez su fugaz fragancia y lo persiguen ahora sin dar tregua; los que no lo tienen y sueñan con tenerlo a montones, los que no lo tienen pero soportan su ausencia con dignidad unas veces, otras con resignación; los que agonizan por su falta, los que se envilecen ante su emergencia, los que desesperan por su vaporosidad, los que se cuidan de no tenerlo en demasía...y jamás olvidan que él es sólo eso, un medio.

El profesor von Matt es literatuta en estado puro —no olvidar que la literatura es el extremo opuesto a la pureza—. Por sus venas parecería que corre un temblor de tinta, siglos y sagas templados por un razonamiento sino excepcional siempre atractivo. De esto dan cuenta con suficiencia sus palabras, sus libros. Por ello, cuando se manifiesta hace bien escucharlo.

La entrevista en la que baso este breve resumen tiene un antecedente. Resulta que a inicios de abril, como sucede cada año, se hizo público el ranking de los topmanagers mejor pagados en Suiza en el año 2004. Anoto los datos de los tres primeros (los datos están en francos suizos. El cambio es: 1 U$ cuesta 1.21 Sfr):

1) Oswald Grübel, director general del Credit Suisse: 23 millones
2) Marcel Ospel, director general del UBS: 21,3 millones (1.94 mensual= 1.6 U$)
3) Daniel Vasela, director de Novartis: 20,8 millones


Esta es la primera vez que el nivel de salarios de los topmanagers ha superado “la normalidad”. Este hecho ha sido, es, motivo de discusión no sólo de economistas, sociologos, políticos, itelectuales, amigos, colegas de trabajo sino incluso de las familias en su seno. ¿Es posible ganar tanto? “¡Eso es el colmo!, ganar esos montos es demasiado!”, dicen las voces desde todos los lados. ¿Cuanto es mucho? — No olvidemos que se tratan de salarios, y no de los rendimientos de una inversión.

Entonces, la entrevista al Herr Professor von Matt, dejando de lado unas pocas cosillas que a causa del contexto las obvio, dice lo siguiente:

FILOSOFÍA ADENTRO

“...
¿Cuánto es mucho?

¿Mucho qué cosa?

Ingresos
....
¿Cuántas veces más, a partir de los salarios más bajos de sus empleados, debe pagarse a sí mismo un Topmanager? ¿50 veces más o quinientas?

Difícil de responder

¡Eso no se puede responder de ninguna manera! ¿Cuántos años de trabajo de una cajera vale un año de trabajo de un jefe de consorcio? ¿cien años, doscientos, quinientos?

Así considerado, está claro
......
¿Hay una actividad que cueste diez mil francos suizos la hora?

Quizá...

De manera subjetiva a lo mejor no. ¿Pero de forma objetiva?

Hum...

Tampoco. ¡En una sociedad abierta no existe un concepto objetivo sobre los rendimientos! Ciertamente que puedo decir que Ospel (el Nr. 2 de los tres anotados arriba) gana demasiado, pero ¿en qué me baso para medirlo?

¿En lo que tu ganas?

Eso exactamente es subjetivo. Para objetivarlo tendríamos que saber antés cual sería el monto de utilidades de la UBS sin Ospel. Eso sin embargo no se puede.

¿No se puede?

Es demasiado peligroso. Se tendría que experimentar. La objetivización de los salarios de los managers podría tener devastadoras consecuencias en la economía. Desde luego que a nadie se le ocurre pensar en ello.

Ningún generoso a la vista

Ellos juegan con el fuego

¿Los managers?

Los críticos de los salarios de los managers. ¿Qué pasaría si un día todos los topmangers se hastían y mandan al traste sus responsabilidades?

Eso se lo pueden permitir

Exactamente. Se pagan su última indeminización millonaria y se asientan en sus villas de descanso vacacional. Y ¡san se acabo! la economía mundial se viene al suelo. Entonces, de repente no va más la cosa por allí, que cuántos cientos de años debe trabajar una cajera para compenzar el trabajo de un topmanager. En tales circunstancias, ella podría alegrarse de veras ¡si finalmente logra encontrar un trabajo!

Cierto

Yo lucho más por el llamado derecho al salario de millones de puestos de trabajo que están en juego. Un silencio total al hablar de las pensiones para la vejez.

Las pensiones también

¿Has relexionado alguna vez cuan altas pueden llegar a ser los gravamenes sociales (impuestos) de uno que gana veinte millones al año? ¡Ah, como me saca de casillas esa mirada estrecha del movimiento obrero!

Y en ello está eso, al fín y al cabo, a su favor

¿Sí?

Ellos deberían incluso alegrarse de que haya gente que valora el trabajo a tan alto precio.

FIN


Una explicación final. El Credito suizo y la UBS (Union de bancos suizos) son los dos bancos más grandes de Suiza. El monto de sus capitales los ubica entre los diez más poderosos del planeta. Una quiebra de cualquiera de estos bancos supondría una debacle no sólo de la economía suiza (el estado no podría socorrerlos puesto que sus portafolios revasan con mucho los del estado y su banco central) sino también de los puntos económicos en donde estos bancos operan concentradamente.

Sobre las palabras del profesor von Matt: tengo un manojo de ideas alrededor del dinero que tratan de ser objetivas; sin embargo, no había encontrado hasta ahora una extensión más llamativa a mi afan de comprensión del equilibrio entre el trabajo y los monumentales salarios con que a veces se los premia, ?cuánto es demasiado?

8.5.05

Católicos, luteranos y poetas

1) La católica es una iglesia que administra la fe de sus creyentes. Estos no pueden interpretar la Biblia directamente. La única autorizada a dar una lectura del texto sagrado es la jerarquía eclesiástica. Ella, en conciliábulos, elabora y propone una interpretación que tiene o debe ser acatada por sus feligreses (los conciliábulos se celebran de tiempo en tiempo, para rever los objetivos y fijar las estrategias políticas que deberan asumirse en función de los fines a perseguir, por lo general, dependientes de la personalidad del papa de turno, de su capacidad de tomarle el pulso al mundo, de su alcance de miras —según Hans Küng, del siglo XX quedará para la historia, no Juan Pablo II sino Juan XXIII, el pontífice que gobernó la iglesia católica de 1958 a 1963, cinco años apenas, definitivos en todo caso para cambiar su rumbo y volverla tolerante y misericorde y alejarla de sus simpatías fascistas).

2) Los protestantes luteranos y calvinistas (los otros, los que cometen a secas simonía, los dejo de lado —grupos, sectas, movimientos fanáticos) no tienen una institución intermediaria que destaque y establesca “una interpretación” de la Biblia. Lutero, con muchas razones de por medio, arrebató al Vaticano ese poder interpretativo. Él mismo procuró entonces una traducción no institucional de la vulgata dando así origen al protestantismo y, de paso, a la conformación del corpus lingüístico de la lengua alemana.

3) La reforma de Lutero introduce una nueva dimención en la relación de los fieles y el clero. Los curas dejan de ser entonces los intermediarios en el comercio con Dios y, desprovistos de su posición de poder, pasan a ser ahora, codo a codo, consejeros profesionales cuyos servicios ayudan a comprender mejor el misterio divino (este movimiento condujo a la alfabetización del pueblo alemán; a finales del siglo XVI había una Biblia en cada hogar germano —estaban por tanto mejor dispuestos a saludar a la modernidad que años adelante les saldría al paso).

4) A los franceses, italianos y españoles (los más visibles y cercanos), que no están de acuerdo con las reglas de juego impuestas por la iglesia —anacrónicas, desconsideradas y temibles—, no les queda más que abandonarla, colgar los padrenuestros e irse a las antipodas y declararse ateos. En sus tradiciones de fe no hay otra salida posible: las luces no comulgan con ruedas de molino. Un laico pasa a ser entonces sinónimo de no creyente. Estas culturas desconocen la figura de la persona ilustrada pero a la vez creyente —cuando esta se presenta, como sucede hasta la fecha, se la considera una avis raris.

5) De las tres religiones monoteistas existentes, judaismo, islamismo y cristianismo, es este último el único cuya palabra sagrada reposa sobre alteraciones. La Cábala está escrita en hebreo, la lengua que los israelitas revivieron y practican; entonces, la relación de los fieles con su libro sagrado es la lengua en que éste fue escrito en su origen y que, siglos después, siguen hablando sus fieles. El libro sagrado del islam, el Corán, fue escrito en árabe, la lengua que sus fieles usan para guiarse por los días e invocar sus plegarias. La Biblia es el libro a más lenguas traducido, tantas como son las culturas y tradiciones de los creyentes cristianos. La Biblia fue escrita en hebreo y en griego antiguo, idiomas que recogieron mensajes dictados por apostoles que se expresaron en diferentes lenguas y dialectos semíticos como el arameo, la lengua de Jesus —la primera traducción al latín la hizo San Gerónimo, la vulgata, hacia el siglo IV; de esta versión se desprenden muchas otras hechas a las distintas lenguas—. Entonces, a diferencia de judíos y musulmanes, los cristianos católicos y protestantes son guiados por una palabra que es la interpretación de la interpretación de la interpretación... Sí, de todas formas su contenido no se ha perdido, al menos así lo interpreto y me maravillo.

6) De los poetas y novelistas cuyos libros y más escritos han llamado mi atención, he guardado en la cartuchera algunas de sus opiniones sobre la fe y la iglesia que dan cuenta de su manera de posarse en el universo y considerarlo; las opiniones de filósofos, ideólogos y ensayistas, en este punto, por ser perfectamente racionales, y en las dos direcciones, no cautivaron mi interés —salvo Montaigne, Nietsche y un par de nombres que no me vienen a mientes—. Pero imaginar a Balzac, Sthendal o Tolstoi adentrándose en sus almas, aladas y sensuales como la de Casanova —creyente convencidísimo— suele avivar este interrogante, este diálogo muchas veces puesto en suspenso. Con nombres del pasado siglo se complican las cosas: Graham Greene, el creyente entrañable; Faulkner, o los territorios de la culpa y el deseo, de la muerte que, siendo puntual, no alcanza a cobijar esa fuerza de vida que se desborda y corre sin control, sin Dios y sin ley (y como este autor otros de igual estirpe, que no responden la pregunta pero si tensan al máximo el arco en el que se juega la suerte nuestro piso metafísico).

7) “El chantaje del cielo”; así llamaba Borges a los enunciados propuestos por el cristianismo. “Uno y el universo” es el libro primero que publicó Sábato y donde enfrentó “la cuestión” que tiempo después volvería a retomar en sus libros siguientes. Borges se declararó agnóstico: vivió así y bajo este misterio murió. Sábato bordea los noventa y tantos y —en contradicción a lo expuesto en sus libros— ha vuelto a creer, a aceptar la existencia de un Dios.

8) Alejandro Jodorowsky dixi: ... ." Yo creo que en el futuro los templos seran polivalentes. Existiran catedrales donde se celebren todos los cultos, con libre acceso y compatibilidad absoluta. Posteriormente se eliminaran los nombres de los dioses, que serán entidades anónimas. Si pones un nombre a Dios te estás apropiando de él.
La religión, igual que una constitución, debe ser revisada, porque en la medida que el hombre va mutando, la religión tiene que cambiar. La secta procede con prohibiciones. Aquello que el hombre no conoce lo llama Dios: es una forma de superstición. En la medida en que el cerebro evoluciona, las creencias ciegas y los tabúes se van desmoronando
¿Cómo afecta esto a lo que usted llama salud...?
Tenemos que ser muy concientes de que debajo de cada enfermedad hay una prohibición. Una prohibición que viene de una superstición
Por tanto, no recomienda ninguna Iglesia...
No, pero tampoco esos templos de los maestros zen, ya sean españoles, americanos o mexicanos. Son monigotes que imitan tradiciones, lenguajes y comidas japonesas."

Epilogo: Seguimos en las mismas, a pesar que con Jodorowsky se pone el asunto interesante. Sin embargo una cosa es cierta; como le habrá sucedido a cada uno de ustedes, entre tanto, he tenido la suerte de tratar con gente que ennoblece el término humano: han sido un par de católicos, unos pocos protestantes, agnósticos, ateos, indeterminados felices, con formación unos otros de naturaleza humilde, siempre dispuestos a dialogar; en cada uno de ellos el respeto ha sido su divisa.

He conocido también a una parva de gente bien “hija de su madre”, malosa y oportunista, por lo general intolerantes y necios, creyentes convencidísimos unos —los curuchupas—, otros indiferentes, cerrados a la conversación, a la evidencia de la existencia del otro o, como en el caso de los estudiados —ateos declarados— autoconsiderados popes de la verdad, de su monopolio.

En estas vamos, atravezando por los días, deshojando margaritas y contemplando los paisajes polifacéticos —conversando, cuando ello es posible.

26.4.05

Ratzinger visto por una mujer

Die Weltwoche” es un semanario en lengua alemana que se imprime en Zürich y circula también por Alemania y Austria. Es un periódico-revista en cuyas secciones el lector encuentra una oferta de lectura siempre interesante. Sus temas, a caballo entre el ensayo y la crónica, van de lo local a lo universal y son seleccionados con una agilidad sólo comparable a las maneras varias como abordan esos mismos temas, siempre desde distintos puntos de vista, siempre desde algún punto insospechado.

Con la elección del nuevo Papa, por la naturaleza de su rango y la significacncia de la misma institución, en todo lado se ha dicho y escrito mucho. Todos lo han hecho. Die Weltwoche lo ha hecho a su manera, como siempre, de agradecer; de las 98 páginas que tiene la revista, el ejemplar último (del 21 de abril) ha dedicado 16 a Benedikt XVI. En una de estas páginas destaca la entrevista hecha a Uta Ranke-Heinemann (77 años), entre teólogas católicas, la hereje por excelencia. No sé cómo se lean sus libros en otras tradiciones, pero en alemán —copio de la revista en marras— su libro “Eunucos para el reino de los cielos” tiene hasta la fecha 24 ediciones.

Las opiniones de la señora Ranke-Heinemann llaman la atención por dos hechos bastante singulares:

1) fue la primera mujer en el mundo en recibirse como teologa católica.
2) su compañero de estudios de teología en München fue Joseph Ratzinger

Les alcanzo la entrevista hecha por Julian Schütt; transitan por aquí términos no necesariamente teológicos —sí bastante coloridos, bastante humanos, en todo caso.

Señora Ranke-Heinemann, uno de sus colegas de estudios fue Joseph Razinger. ¿Pudo usted resistirlo?
Estudiamos teología en Munchen en 1953/54. Allí nos licenciamos. Era la estrella entre los estudiantes varones. Ya desde entonces carecía él de algún tipo de atractivo erótico. Pero bueno, eso me daba igual pues yo estaba comprometida.

Causaba él más efecto entre los hombres?
Mire, la iglesia católica es una institución en alto grado homoerótica. Allí, como mujer no se puede esperar ninguna cosa. Pero para responder a su pregunta. No creo que Ratzinger haya tenido una propensión homosexual. Desde mi modo de ver, a él le faltaba el toque erótico.

¿No lo quiere usted tan bien que digamos?
Personalmente si. Nos une un comportamiento cuidadoso de parte y parte. En todo caso yo le deseo mucha suerte en el santo sillón. De todos modos, el no está afectado por ese vicio en el que han incurrido tantos obispos y Papas: el no es un ignorante. Ratzinger me considera también como una persona inteligente, a pesar de que soy una mujer.

Sin embargo le fue retitado en 1987 el permiso de enseñanza eclesiástica.
Sé que no fue él el que quiso desarcerse de mí. Si hubiese dependido de Ratzinger, me habría mantenido en esas funciones. Yo continué trabajando luego en una cátedra independiente de la iglesia, enseñando en la universidad de Essen historia de la religión.

Dijo alguna vez que usted sería una mejor cristiana que el Papa. ¿Qué podría hacer usted mejor?
La iglesia católica es notoriamente una empresa (uni)personal. Allí arriba uno fija una tarifa y abajo la repiten. Lo que Jesus en verdad dijo y realizó, al interior de este sistema apenas se podría reconocer. Su mensaje dice por ejemplo: “ama a tu enemigo”.

¿Qué será lo que cambiará con el nuevo Papa?
No tengo idea. Desde hace tiempo yo no espero nada de un Papa, se llame este Juan Pablo II o Benedikt XVI. La fé en la infalibilidad está tan marcada que 2000 años de vejación eclesiástica a la mujer han dejado de ser retrógrados. Pero esto ya no me perturba más.

¿En otras palabras, para el Papa el tema de la mujer no estará en primer plano?
En el Vaticano se piensa así: todos los pastores son hombres. Todas las mujeres son ovejas. Con ello está todo dicho.

¿No sabía usted esto cuando fue colega de Ratzinger?
Ah, yo misma era entonces una ovejita piadosa hasta el exceso que se creía todo. Entonces no tenía ninguna duda sobre la Institución de la Iglesia.

Poco antes de iniciar sus estudios de teología se convirtió usted al catolicismo y se recibió luego como la primera teologa católica en el mundo.
Yo quería casarme con mi novio católico y tenía que convencer a mi padre, un protestante extremo, que en la Biblia misma está escrito que mezclarse —entre credos— era prohibido. Entre tanto sé una cosa: tanto los católicos como los protestantes son intolerantes.

¿Por qué entonces no ha abandonado la religión?
Eso les gustaría tanto a los hombres. Pero ese favor yo no se los hago.

19.4.05

Pennac y Bovarismo

El Ecuador arde. La indignación se manifiesta y exige, esparce protestas, y, esta vez, se expresa con una voz que le pertenece (se conduce a sí misma, no es conducida, no podrá ser secuestrada). La paciencia exánime, la buena fé desengañada, la indiferencia conmovida, con los rostros que les son propios y los lenguajes que mejor les expresan están diciendo lo que el poder nunca quiso escuchar. Esta vez no hay intermediario que “de diciendo” —es decir, “desfigurando”, que es como se entiende en nuestra manera de tratar a las personas y a las palabras— alguna verdad, unos derechos, una parva de necesidades, la necesidad del respeto elemental.

Se agitan los ánimos, arde la indignación. Esperemos que la Razón encuentre su equilibrio (que encuentre ella a las personas que mejor puedan leer y entender nuestro país plurinacional, nuestro mundo multipolar, peligrosamente unívoco). Espermos que este reclamo al poder, tan justo como necesario, no arda en su propia llama para volver mañana, pasado mañana, a este ayer que no termina de pasar desde hace casi tres décadas.



El Ecuador arde y yo cantando (es a lo que más se parece literatura). Bueno:

Por la prensa me entero que Editorial Norma acaba en estos días de poner en circulación en el mercado ecuatoriano “Como una novela”, ensayo novelado de Daniel Pennac*, autor francés de nuestro mismísimo presente.

Pennac es un escritor que conozco de recién, hará a lo mucho dos años. Accedí a él por encantamiento (al parecer, la puerta más utilizada con este autor), sin amigo o amiga interpuesto, o el comentario especializado de revista o periódico alguno, de normal, las vías más transitadas hacia lo desconocido, lo otro y los otros. Sólo después he ido enterándome de quién es este señor y de las obras que ha publicado hasta el presente (novelas juveniles y ¡Oh sorpresa! libros de comics).

Fue así. Hace como dos años, en una clase a la que asistía entonces, la sabia profesora que la impartía, tuvo una vez la grata ocurrencia de pegar a una puerta, junto a informaciones que tenían que ver con el contenido del curso y nada con Pennac, el siguiente texto:

Los derechos imprescindibles del lector

1. El derecho a no leer
2. El derecho a saltarse las páginas
3. El derecho a no terminar un libro
4. El derecho a releer
5. El derecho a leer cualquier cosa
6. El derecho al bovarismo (enfermedad de trasmisión textual)
7. El derecho a leer en cualquier lugar
8. El derecho a hojear
9. El derecho a leer en voz alta
10. El derecho a callarnos

Como lo podran entender sin ir muy lejos, quedé deslumbrado de inmediato por esta concisa y gratificante declaración de amor a la vida.

Luego, tan pronto como pude, me hicé con un ejemplar de la versión original del libro y
uno en su versión castellana. El original fue publicado por Gallimard en 1992 y, casi inmediatamente, en 1993, en España por Anagrama (la edición que tengo es la novena, de 2003).

Estos molestosos datos los he citado a propósito de un par de detalles, más bien leves (algo nos dicen de la manera de leer un mismo texto en diferentes tradiciones, o de las leyes del mercado y sus tácticas).

En la versión francesa, luego de la dedicatoria que el autor pone al inicio del libro, en la página siguiente el autor hace el siguiente pedido a sus lectores:

Se ruega (les suplico) no utilzar estas páginas como instrumento de tortura pedagógica. D.P. (On est prié (je vous supplie) de ne pas utiliser ces pages comme instrument de torture pédagogique .D.P)

La versión española no incluye este pedido del autor pero, a cambio, pone una cinta publicitaria en la portada que contiene el siguiente texto:

“Leed cien veces este libro, los pedagogos, mil veces...Una esplendida reivindicación de la lectura desde unos presupuestos tan inhabituales pedagógicamente como de sentido común” (Cuadernos de pedagogía).

No sé si la edición de Norma respeta el pedido del autor expuesto al inicio del texto.

La lectura de este libro es gratísima. Las cuatro partes que lo conforman abordan las maneras cómo nos relacionamos (nos relacionan) con los libros, cómo niños y cómo adultos. No me desparramo sobre su contenido explicito en el decálogo anotado. Creo que éste es suficientemente rico como para movernos hacia él.

Me detengo más bien en otro asunto allí contenido: el bovarismo, el significado de esta palabra citada en el derecho número 6.

Hace ya algunos años leí con mucho entusiasmo Madame Bovary; como suele suceder a los jóvenes que se acercan a ese libro con un algo de fervor, terminé entonces enamorado de Emma, la madame de la novela. Me queda aún el recuerdo de aquella emoción; ésta encaja bien con esta definición francesa de la palabra en marras:

BOVARISMO: Palabra forjada a partir de un personaje de Flaubert, para designar una actitud caracterizada por el rechazo a la mezquindad cotidiana y la busqueda torpe de una vida más novelesca (en nuestra lengua, si se quiere, cabría el adjetivo sentimental).
En Les mots clés du francais au bac (Profil Pratique 422-423), de Paul Désalmand.

(Me parece que en lengua castellana esta palabra ha sido utilizada sólo por Ricardo Piglia. La leí en uno de sus textos ensayísticos hace también algunos años.)

Lanzo esta botella al mar a ver cuan derechos están estos derechos.


*http://www.france.diplomatie.fr/label_france/ESPANOL/DOSSIER/2000BIS/11pouvoir.html

P.S. En un lapso de 24 horas este texto ha sido “retocado”. No alterado: le he sumado los parrafos iniciales y limpiado unos ripios. Disculpas por ello.

8.4.05

Joyce en quiteño

He bajado este texto porque es demasiado largo. Si alguien tiene interés en él puede dejarme una noticia. Yo se lo enviaré por mail.

23.3.05

CHABACANERÍA


Por costumbre suelo echar un vistazo a las páginas de opinión de los tres principales diarios ecuatorianos. Los sábados o domingos también al suplemento ARTES del diario La Hora. Allí encuentro de vez en vez gratos artículos que me informan y parecerían perpetuar un diálogo con los quehaceres de la creación, los percances o rumores que la “suave patria” provoca; así por ejemplo, he leído con agradecimiento sobre cine y video ecuatorianos, artículos firmados por un señor llamado Juan Pablo Castro Rodas —lo supongo un gran observador de películas y, sin duda, buen escritor: expone, argumenta, deja ver con su prosa reflexiva, las escenas y procesos por los que el cine nacional va abriendose camino. No conozco a este señor ni lo he leído jamas en otro sitio que en ARTES.
Agradezco así también, los comentarios mensuales de Edgar Freire sobre las publicaciones diversas que se hacen en El Ecuador. Esa información es muy apreciada por mí, pues, si no fuese por ese canal, no podría conseguirla en sitio alguno —incluso si viviera en Quito—. Desde luego que Edgar en sus notas, mientras informa, bordea peligrosamente uno de los abismos de la escritura ecuatoriana: la moralina, el enunciamiento rápido de la sombra de un problema y no al problema en sí, trocando afecto por razones, barruntando más con desconfianza que con olfato y lógica. De todas formas sus textos se dejan leer y el lector tiene la oportunidad de discrepar o corroborar con algunos de los apuntes que éstos destacan.
En el suplento ARTES de La Hora uno puede encontrar de cuando en cuando textos cuya lectura es de agradecer. Sin embargo, lo que nunca falta en cada edición dominical, son los artículos de dos señores inmamables, cuyas maneras de abordar los temas, con disciplina inmejorable, muestran concentradamente las taras literarias que parecen no sólo asolar sino cultivarse en el reino de Quito (bombos y platillos). Los textos de estos señores escabullen sin pestañear los temas que ellos mismos plantean. Es esto lo que me llama la atención puesto que funciona como una metáfora todo terreno de lo que le pasa al país: meterse a realizar cosas de las que no se tienen idea alguna pero se supone que son siempre improvisables —con un poco de talento se puede hacer ello pero, incluso así, ¡no con lo que se desconoce!—. Estos señores, sin embargo, lo hacen y, por lo que muestran, terminan conmovidos de sí mismos. Supongo que ellos, en sus adentros deben considerarse los salvadores de una tradición cultural universal, ardua de escarbar, sin embarago, accesible al populus —nosotros— gracias a su intermediación.
Este rapaz comentario habría ganado soltura si lo hubiese trenzado con un tono burlesco. No ha sido posible, pues, me doy cuenta que el ánimo no siempre se deja moldear. Me cabrié un poco, antes de empezar esta notita. Pero valió la pena, ello me abrió a la risotada, a la que probablemente también ustedes se den luego de leer el siguiente fragmento tomado de La Hora del 19 de marzo. No les quito más el tiempo.

Arte, pureza y lecciones Dos libros de féminas y uno de caballeros

Dr. Oswaldo Paz y Miño J.cpaz2@andinanet.net
Tres Libros nos acompañan hoy. Dos escritos por mujeres y uno, de autores hombres, sobre una Fémina, Gloriosa y Bella. Quito. Creación pura y simple los tres. Creación, palabra Hembra. Igual, que Literatura y Arquitectura. Hembras. Arte. Procesos de gestación completos y distintos. Páginas abiertas. Piernas abiertas. Surcos Abiertos. Agua. Sangre. Tierra. Humedad. Vida. Muerte. Hembras. Un trío de libros afines. Vienen de la mente. Hembra. De la pluma. Hembra. De la fotografía. Hembra. Escritoras y Autores, que de ellas también vienen. De las Hembras. Madres. Todo un conjunto de naturalezas. Hembras. Nos reúnen hoy, para disfrutar. De la lectura. Hembra. De obras particulares y distintas, que convergen en esta página. Hembra. Que complementa un servidor. Barón, para empatar el círculo. Tres a tres.Escritoras y ciudad, tres. Autores y comentarista, tres. Fundidos ahora en la Revista. Hembra. En este instante, detenidos en el tiempo. Hoy mismo que usted nos lee. Varón o Hembra.

15.3.05

GESCHWISTER TANNER

En base a la novela homónima de Robert Walser, Los hermanos Tanner. Adaptada y dirigida por Anna Viebrock, con Stefan Kurt y Bettina Stucky. En el Schiffbau de Zürich*



Me gusta el teatro. No sólo los escenarios y la puesta en escena de tal o cual obra, su juego de representación. No, con el solo nombre de teatro suele la imaginación ponerseme a danzar a su capricho. Ella sola, funde y confunde los minutos que fluyen sobre sí: retiene un parlamento de por acá, introduce un gesto de por alla, reagrupa imágenes de la memoria, ensarta brillos y estribillos, salta por el tiempo. Multiples elementos sin guíon. Su única cosa en común es el sitio que comparten, la visión que los cuenta. Por ello, sin proponermelo, cuando con la mujer nos enrumbamos hacia alguna función, los sentidos se aguzan anticipadamente y empiezan a ver los alrededores con lentes mentados, de espectador. Veo que me veo. Y me dejo cometer errores.

Las funciones suelen empezar ya en casa. Antes de abandonarla, los hijos, cuando no nos dan besos cariñosos de despedida, nos piden cuentas del cómo así sin ellos o, hasta qué hora va la cosa; sutilmente deslizan una compensación a su reclamo - una media hora más de tele, por ejemplo-. Si con apuro o no, en todo caso, nos vamos tranquilos, pues ellos se quedan bajo el cuidado de sus abuelos. No hay peligro de que se peguen una clavada muy larga en la pantalla. Tomamos a veces la autopista, otras la vía paralela al lago. En la ciudad el parqueadero es a veces un lío. Pero siempre hay uno.

Esas esperas de pocos minutos en las antesalas de los teatros me ponen de buen ánimo. Éstas han dejado en mí, a veces, imágenes más profundas que la obra misma a la que he asistido. Cada pueblo con sus representaciones; cada representación con su versión y con sus ritos: ver caras, fisonomías, poses, gestos pensados, rostros risueños, vivaces, pasados, pesados; ver la curiosidad en espera, las palabras danzando, comentando, llenandose de sí sin nada decir mientras los ojos se disparan por todas las direcciones. Los míos que miran y se ven mirar, los de algunos otros que me los encuentro en el camino. Y suena la segunda, la tercera campanada.


Esta vez las sillas no estaban numeradas y cada quien debía ajetrearse el puesto que en suerte le tocase: de entrada está todo dispuesto, alumbrado a medias: el escenario tiene dos niveles, el de arriba, libre como un patio interior, bordeado con un pasamanos antiguo y una habitación en un extremo que deja ver el resplandor de un foco. El nivel inferior con cuatro mesas de bar dispersas, una de oficina, otra de casa: es a la vez un bar, una oficina, un cuarto estrecho. En cada una de las mesas un hombre. Dos niveles, la esfera privada, la pública conectados por unas escaleras.

¿Qué sucede bajo estas paredes postizas? toca descifrarlo. Los dos personajes principales –Simón Tanner y Klara Agappaia- parecerían en los primeros minutos iniciar una acción e introducir una trama, un discurso. Pero no, las balas no van por ahí. Al poco rato, estos dos personajes, que a los otros apenas rozán -pues están como mera representación de la pesadez que transcurre-, más bien confrontan sus monologos al público, o quizá mejor destacado, a una tiniebla que parece estar interpuesta entre el público y los actores. No van bien de la cabeza podría uno pensar –eso se ve en el cuerpo, podría confirmarse-; rapidamente el espectador sabe que bajo estas paredes de cartón la palabra no será el centro; se la usa bien desde luego, la vemos, la seguimos pero nos damos cuenta rápido que no nos lleva a ningún lado: va de boca en boca, dislocada, dejandose escuchar pero en ningún momento dandose a entender.

Por lo visto -digo por lo escuchado hasta entonces- la palabra no es la puerta bajo estas paredes de cartón ¿cuál entonces? Pasada la hora y media una pareja de espectadores prefirieron tomar la puerta de las paredes de verdad y largarse; diez minutos después les siguieron tres muchachas (cuando las ví en el holl antes de la función, a pesar de no tener ese momento ni idea sobre el montaje, pensé que a ellas no les iba gustar: cuando las ví salir rápidamente, confirmando mi ojo, pensé que seguramente las entradas se las había regalado alguna abuela bien intencionada); a las dos horas, una pareja cincuentona, con similar agilidad, abandonaban la sala. Ellos, al menos, no se perdieron el desnudo masculino de cinco minutos que se manda Simon Tanner.

Si no hay acción en este montaje o si la acción entendida como tal ha cambiado de vehículo, de la palabra al cuadro, a la atmósfera, de la acción a la suspención, a una de sus formas entodo caso ¿qué puede significar esta cara metáfora de pesadez, impotencia, encierro y, finalmente, locura, donde la seducción brilla por su ausencia?

Creo que al teatro le es difícil prescindir del relato, de los movimientos generados por la palabra. Creo que lo que le sucede es algo similar a lo que pasa en poesía. La imagen poética queda bien en los poemas, a veces entre versos que los desdicen pero que por su sóla presencia en un verso bien puesto los convierte a todos, los fija. El discurso desgajado camina por poemas de varias tradiciones desde hace rato; el discurso roto por las novelas, la acción suspendida entre las tablas.

Inutil decir que la obra me fascinó. Inutil decir que me disgustó. Un rato me adormecí, otro me quedé en las nubes, pensando que a Robert Walser, de vivir, no le habrían podido meter en ese teatro ni secuestrándolo. Recuerdo una anecdota contada por Carl Selig: en una de sus conversaciones, Selig le sugirió a Walser que su obra iba a ser de suma importancia en el futuro; Walser entonces entró en cólera, le dijó más o menos, que no le tomase el pelo de esa forma si quería seguir siendo su amigo y que nunca más hiciera de él objeto de burla. Cuando el desnudo de Símon Tanner, recobré de nuevo mis cinco sentidos, para reirme de labios para adentro, otra vez imaginando: presumiblemente, se dice que Walser habría muerto virgén, como Enmanuel Kant. Se imaginan a un Walser en pepas.

No sabría calificar la obra. Parafraseando a una colega podría decir que me dejó igual de confundido, pero a un nivel superior -huelga decir, presumiblemente.



Una notita sobre la directora de la obra. La señora Anna Viebrock, junto a Stefanie Carp y Christoph Marthaler fueron hasta hace menos de un año los directores del Schuspielhaus de Zürich. Estuvieron al frente cuatro años, considerados de oro por la crítica y sus fieles seguidores. Se habla de esos años como la era del Welttheater in Zürich –pero sólo entre la crítica; para el público fue ello una especie de malentendido. Cuando Marthaler abandonó Zürich un amigo, él mismo director de teatro, me decía: es una pena para Zürich, pero a decir verdad, Marthaler se merece un mejor público.


*El Schiffbau es un edificio reconstruido para representar obras dramáticas -si quieren caóticas-. Si hubiese debido diseñarselo no habría sido posible hacerlo mejor. El edificio es el antiguo astillero de Zürich, salvado desde hace unos pocos años para los prescindibles menesteres del arte. Muchos años vivió abandonado, como un fantasma –un fantasma caro.

11.3.05

Prueba

Escribir lo que aparece, lo que parece, lo que desaparece, lo que perece,

BIENVENIDA Y BONZO

En una percudida tarde de marzo me embarco en este bote -en esta botella (por cierto, anoche bebí unas cuantas de cerveza).

Me gustaría empezar con el zumbido de una palabra que en castellano ha empezado a expandirse desde el pasado 21 de febrero, a proposito de la muerte de Hunter S. Thomson, el escritor norteamericano creador de ese estilo de periodismo que se escribe, no sólo muy cercano a las fuentes, sino desde las fuentes mismas: el gonzo, el periodismo gonzo. La palabra en inglés americano indica: fuera de lo común, excéntrico, loco. El paisaje se ve interesante: una prosa altanera, la de un malcriado curioso y de talento, siempre en malas compañías -por lo que parece incluso cuando estaba solo-, que se pone a contar los descarreos de descarriados peligrosos para los otros y para ellos mismos. Parece que este señor fue un lúcido y loco intenso; a su alma necesitada de alivio, la asistía con alcohol, drogas, soledad y exentricidad en dosis respetables.

Thomson se dió el vire en febrero pasado y con su muerte, pues fue él el que creo ese estilo de escribir y al primero que se la endilgó, la palabra ha empezado a recorrer las redacciones de los periódicos más visibles en el mundo. Leí hace dos semanas, en Radar de Página 12, una necrológica escrita por Tom Wolfe y, porque me gustó la crónica y lo que estaba detrás, me he fijado que el hombre y la palabrita aparecen en todo lado -The Economist, Le Monde, Der Spiegel, el FAZ, La BBC - Hoy ando a la casa de alguien que haya conocido al autor desde antes; de sus libros también, pero sólo si caen en mis manos.

Entre mis amigos, con los que solemos hablar de libros -buenos lectores todos- no recuerdo a ninguno haberme comentado alguna vez sobre este señor. Por si les interesa les anoto una dirección en la que se encuentran textos y comentarios sobre Thomson (http://www.gonzo.org/).

Que estén bien. Me marcho a reposar un poco. Mi espalda me fastidia y casi impide llevar esto hacia algo más intersante.

Schrödiger en Zúrich

Cada miércoles, la ciudad de Zúrich publica el Tagblatt , periódico municipal de distribución gratuita. En sus páginas uno se entera de los ...