21.6.05

De Villena sobre Gangotena

Babelia, el suplemento semanal de libros del diario español El País, del pasado sábado 18 de junio, trae un interesante comentario sobre la antología de poesía de Alfredo Gangotena, aparecida hace unos dos meses en Visor. El comentario lo firma Luis Antonio de Villena, un poeta que admiro. Tengo entendido que de Villena es un personaje al que los medios de comunicación tratan con deferencia y, cuando la ocación, dedican espacios generosos a su charla o el comentario de sus diferentes publicaciones. Tengo entendido que le gusta hablar de muchos tópicos y comentar por escrito sólo de los que en verdad llaman su atención. Esto es lo que he percibido al leer el texto que el poeta español dedica a la Antologá del ecuatoriano. A lo mejor les interesa.



Un ecuatoriano en París

Luis Antonio de Villena

Hijo de una familia de terratenientes, Alfredo Gangotena nació en Quito (Ecuador) en 1904. En 1920 su padre lo envió a culminar el bachillerato en París, donde se haría después —sin excesiva voluntad— ingeniero de minas. Vivió pues unos diez años en París hasta su regreso a Quito —confirmado ya que padecía hemofilia— en 1930. Como otros latinoamericanos que vivieron en París (capital de la modernidad en ese momento), su despertar y entrega caudalosa a la literatura ocurre en aquel trepidar de vanguardias que primaban la imagen sobre el discurso, y con la fascinación por el francés como lengua de cultura. Aunque publicó primeramente poemas sueltos, en español, en diversas revistas de América, Gangotena estalla como poeta en francés, y con una clara vinculación vanguardista, que pronto se hará surrealista. Imposible entonces no poner en relación la obra de Gangotena (especialmente sus dos principales libros en francés, Orogénie —1928— y Absence —1932—, publicado ya en Quito, a cuenta del autor) con la poesía en francés del chileno Vicente Huidobro y del peruano César Moro, este último más cercano a Gangotena. Para los tres el francés representa la lengua de la modernidad, cerficada por amigos como Cocteau, Henri Michaux, Supervielle o Breton. Pero como todos volvieron a sus orígenes, Huidobro se ha salvado en la Historia como poeta en español, y hasta Moro por su La tortuga ecuestre, uno de los mejores libros surrealistas en nuestra lengua. Justa o injustamente —pues no perseveraron en ese camino— en francés no dejan de ser una anécdota, no sé hasta qué punto luminosa. Ningún francés —que yo sepa— ha hecho ese estudio.

Ya en Quito, Gangotena sufrió la ausencia del mundo cultural de París y se desesperó. Con todo, acompañó a Michaux a los Andes y a la Amazonía, viaje del que surgiría el libro del francés Ecuador. Pero Gangotena volvió al español (logró, en cierta medida, recuperarse de una ausencia en no poca medida metafísica) y escribió en nuestra lengua Tempestad secreta, que sería su último libro, editado a su costa, en 1940. Una parte de Orogénie se titula “L’orage secret”, es decir, tempestad secreta, pero son obras del todo distintas.

Como dice Adriana Castillo, “el elemento que crea universos es, precisamente, la imagen”. Como imaginista —o creacionista— empieza la poesía de Gangotena, imagen sobre o contra imagen. Pero muy pronto (en sus libros) se tornan vecinas al surrealismo, en un auténtico chorro de fulgores y onirismos, brillantes sin duda y nada fríbolos (todo en Gangotena posee un claro fondo de tragedia, de búsqueda espiritual, de allendidad más omenos frustrada), pero que contemplados desde hoy (en 1928 eran modernidad evidentemente) resultan excesivamente retóricos, pues hoy sabemos —basta leer a Breton— que el surrealismo vuelto escuela lexicalizó su retórica de imágenes irracionalistas. “L’hymme exultat de la parole nous soutient” (el himno exultante de la palabra nos sostiene), escribe Gangotena fiel a su discurso. Cierto que, a medida que avanza su producción, el elemento espiritualista o metafísico va ganando terreno al aluvión de imágenes, que nunca desaparece del todo: “Ventanas perdurables: chorreando venas, me confundo con la espesa arcilla de la noche. / ¡Oh Esposa mía, de soledad en soledad repercutes en mis golpes! / (...) Me deshaces en sudores, años, mares y otros continentes”. El poema ha adelgazado algo su borbotón surrealista, pero sigue siendo un grato báratro imagístico en búsqueda de hondura, salvación o destino. En busca... Hasta dónde hubiese podido llegar la brillante y abundosa poesía de gangotena (recordado apenas por Neruda en Confieso que he vivido) no lo sabemos, pues el ecuatoriano murió a los 40 años, víctima de las muchas complicaciones de la hemofilia.

El presente libro es una antología, y bien traducida, pero necesitaríamos conocer entero Tempestad secreta —y yo no lo conozco— para saber el papel que Alfredo Gangotena (recordado en Francia sólo como una curiosidad, en la gloria general del genérico surrealismo) pueda tener en la poesía en lengua española. Muy distinto y muy parejo a César Moro, no sería poco certificar que lo que en el peruano era desgarrada sensualidad, en el ecuatoriano fue turbulento y laico misticísmo. En cualquier caso, un episodio casi secreto de la poesía que merece ser conocido. La respuesta —¿hasta dónde llegó?— está en aire, todavía.


Referencia:
Antología
Alfredo Gangotena
Varios traductores
Visor, Madrid, 2005-06-21 269 páginas. 14 euros

12.6.05

Sáer muere

El pasado 29 de abril, sin que él reparase en ello, seguí su juego: me quedé viéndole cómo miraba a las gentes que transitaban por el pequeño corredor del Säulenhall de Solothur, una pequeña ciudad suiza ubicada al noroeste del país. Llevaba un abrigo azul con las solapas del cuello levantadas hasta las orejas, las manos cruzadas a la espalda, los cabellos canosos, lentes, la piel arrugada. El invierno había pasado pero parecía que él acabase de abandonarlo hace sólo unos minutos. Antes lo había visto en fotos de revistas y periódicos o en las contratapas de sus libros. Lo había imaginado más alto y robusto de lo que en ese momento mostraba su cavilante humanidad en medio de personas que transitaban por el corredor y se detenían a hojear, preguntar, conversar entre ellas ante los estantes de libros e información allí dispuestos.

El pasado abril se llevó a cabo el 27. Solothurner Literaturtage , un festival literarario anual al que suelen venir invitados autores de distintos países, de distintas literaturas. Este año, entre los escritores de lengua española estuvieron Tomas Eloy Martinez, Carmen Posadas, Carlos Ruiz Safón, Enrique Vila-Matas y Juan José Sáer.

Con los libros de Sáer he tenido una relación especial. Los descubrí hace unos diez o doce años (publicados en Destino y Seix Barral-Biblioteca Breve) pero no pudé acceder a sus contenidos a pesar de los intentos varios que, entonces, mi afan les procuró. Años después, por exigencias académicas debí analizar uno de sus relatos (ya no recuerdo el nombre de éste pero era la historia de un indigena hacia los tiempos de la conquista española) cuya lectura y relectura provocaron en mí apenas indiferencia. Pero entonces “tenía que” escribir mi comentario, escribir un breve ensayo sobre un artificio verbal cuyo funcionamiento no lograba captar mi interés. Hicé un texto olvidable que apenas contribuyó a curar mi miopía ante los trabajos del autor argentino

(supongo que esa indiferencia era forzada, hija del prejuico y la animosidad: me incomodaba entonces que la talentosa profesora que nos daba literatura —un prodigio de virtudes y capacidades, en el dominio de lenguas y teorías— tuviese una visión parroquiana o, sencillamente, ignorara hechos y obras fundamentales de la literatura “universal”: me molestaba entonces que la literatura en la universidades fuese un territorio urbanizado, como las ciudadelas-islas, en donde los especialistas, digamos en literatura francesa e inglesa, nada saben ni les interesa saber de, por ejemplo, Dante, Petrarca, Curzio Malaparte o Lampeduza o de lo que sucede en otras literaturas —la portuguesa o, peor aún, la rusa, la húngara, checa, sueca o cualesquier otra lieratura cuya lengua no tiene muchos hablantes pero ha tenido o tiene autores que han sabido captarla y ponerla a volar por el tiempo—. Hoy esa percepción mía de la literatura ha mudado sus plumas: no me molesta que la literatura y sus oficiantes tejan sus días en centros hiperurbanizados o los pasten por parajes, praderas peligrosas o desolados caminos).

Pero un día mi admiración por Sáer se abrió paso en mi altar portatil; nació al leer sus ensayos (La narración-objeto, El concepto de ficción): una mirada del mundo en la que los temas, casi siempre literarios, dan vueltas no sólo por bibliotecas, bancos de datos y archivos, sino persisten en esa manera antigua de arriezgar las palabras en lo que se cuenta y tentar la construcción de un punto de vista-puente entre épocas, literaturas, estilos y tradiciones distintos. En textos como esos la buena escritura y la calidad de la información que lo trenzan dejan de ser un fín solamente. Son eso y pasan a ser otra cosa, una tentativa que anda siempre de caza, una tentativa cuya finalidad es incierta.

Empecé entonces a leerlo y he seguido haciéndolo. Lo último fue un texto sobre la traducción del Ulises de James Joyce. Hasta antes de abordarlo —y pese a haber trabajado con ese libro— no sabía nada de J. Salas Subirat , el argentino que hizo la primera versión española de la novela del irlandes. Lo que él cuenta allí del traductor —adozado con anécdotas—, de sus esfuerzos por encontrar un equivalente en nuestra lengua, en principio imposible, celebra y esclarece.

Hoy, al revisar el suplemento Radar, de Pagina 12, de la edición de este día (12.06.05) me informo de la muerte de Juan José Sáer, en París, ciudad en la que residía desde hace algunos años. Supongo que un mal lector de su obra, agradecido por unos pocos de sus textos, puede también sentir su muerte. No son otra cosa estas pocas líneas que lo recuerdan. Paz en su tumba.

31.5.05

¿Cuánto es mucho?

En el Magazin del Tages Anzeiger de Zürich, del pasado 21 de mayo, viene una entrevista del novelista Martín Suter al profesor Peter von Matt, ensayista de alto prestigio en lengua alemana.

El tema de la entrevista, trabajada como un soliloquio en el que las preguntas hay que suponerlas, es el dinero. Para variar, me dije, de nuevo el “don”, el que lo puede todo —bueno, casi todo—, el que “cuando falta mata de hambre y cuando sobra corrompe”, como decía D.H. Lawrance.

Suelo dar atención cuando opinan sobre “los pesos” personas que uno las sabe agudas en campos y materias alejados de la banca, las inversiones, las cotizaciones y la política, cuyos representantes, más que vigilar sus circuitos, por lo que se ve, parecen más bien anhelarlo. Me gusta cuando hablan de él los poetas y los escritores —no los pintores ni los cineastas, pues en sus contextos el “vil metal” tiene otra significación—. Digamos que los escritores, cuando les sobra guitos, lo dispendian en beneficio de su obra, de ser posible, del estilo de su obra; o, en el otro extremo, cuando padecen su carencia, se acercan al torbellino humano o la mera soledad con un punto de vista privilegiado, mejor equipados para ver mejor las fachadas —desde luego, a pesar suyo y de su prole.

Nutrida es la lista de los escritores que han opinado de él en todas las épocas: con desidia y distancia cuando de vacas flacas, con precaución extrema y fingida objetividad cuando de gordas, cuando las cosas todas salían bendecidas por Mamón. En la modernidad que nos toca, así mismo, no son pocos los escritores que, gracias a su trabajo —dejo de lado la obra de arte, el marketing y las concesiones que la creación ha hecho al mercado— pueden conseguirlo en grandes cantidades y, además, comentarlo. Pero el tema toco no sólo a ellos: nos incumbe a todos y todos podemos comentarlo; pero es mejor no hacerlo —salvo desde el punto de vista político—, puesto que las distacias que cada uno tiene o tiende con este medio de intercambio de primerísima necesidad, puede provocar susceptibilidades en todos los grupos: los que lo tienen a raudales, sin pena, gloria o esfuerzo; los que lo tienen a raudales con el sudor de sus neuronas, los que parece que lo tienen pero en verdad no; los que finjen no tenerlo y lo sufren; los que sintieron alguna vez su fugaz fragancia y lo persiguen ahora sin dar tregua; los que no lo tienen y sueñan con tenerlo a montones, los que no lo tienen pero soportan su ausencia con dignidad unas veces, otras con resignación; los que agonizan por su falta, los que se envilecen ante su emergencia, los que desesperan por su vaporosidad, los que se cuidan de no tenerlo en demasía...y jamás olvidan que él es sólo eso, un medio.

El profesor von Matt es literatuta en estado puro —no olvidar que la literatura es el extremo opuesto a la pureza—. Por sus venas parecería que corre un temblor de tinta, siglos y sagas templados por un razonamiento sino excepcional siempre atractivo. De esto dan cuenta con suficiencia sus palabras, sus libros. Por ello, cuando se manifiesta hace bien escucharlo.

La entrevista en la que baso este breve resumen tiene un antecedente. Resulta que a inicios de abril, como sucede cada año, se hizo público el ranking de los topmanagers mejor pagados en Suiza en el año 2004. Anoto los datos de los tres primeros (los datos están en francos suizos. El cambio es: 1 U$ cuesta 1.21 Sfr):

1) Oswald Grübel, director general del Credit Suisse: 23 millones
2) Marcel Ospel, director general del UBS: 21,3 millones (1.94 mensual= 1.6 U$)
3) Daniel Vasela, director de Novartis: 20,8 millones


Esta es la primera vez que el nivel de salarios de los topmanagers ha superado “la normalidad”. Este hecho ha sido, es, motivo de discusión no sólo de economistas, sociologos, políticos, itelectuales, amigos, colegas de trabajo sino incluso de las familias en su seno. ¿Es posible ganar tanto? “¡Eso es el colmo!, ganar esos montos es demasiado!”, dicen las voces desde todos los lados. ¿Cuanto es mucho? — No olvidemos que se tratan de salarios, y no de los rendimientos de una inversión.

Entonces, la entrevista al Herr Professor von Matt, dejando de lado unas pocas cosillas que a causa del contexto las obvio, dice lo siguiente:

FILOSOFÍA ADENTRO

“...
¿Cuánto es mucho?

¿Mucho qué cosa?

Ingresos
....
¿Cuántas veces más, a partir de los salarios más bajos de sus empleados, debe pagarse a sí mismo un Topmanager? ¿50 veces más o quinientas?

Difícil de responder

¡Eso no se puede responder de ninguna manera! ¿Cuántos años de trabajo de una cajera vale un año de trabajo de un jefe de consorcio? ¿cien años, doscientos, quinientos?

Así considerado, está claro
......
¿Hay una actividad que cueste diez mil francos suizos la hora?

Quizá...

De manera subjetiva a lo mejor no. ¿Pero de forma objetiva?

Hum...

Tampoco. ¡En una sociedad abierta no existe un concepto objetivo sobre los rendimientos! Ciertamente que puedo decir que Ospel (el Nr. 2 de los tres anotados arriba) gana demasiado, pero ¿en qué me baso para medirlo?

¿En lo que tu ganas?

Eso exactamente es subjetivo. Para objetivarlo tendríamos que saber antés cual sería el monto de utilidades de la UBS sin Ospel. Eso sin embargo no se puede.

¿No se puede?

Es demasiado peligroso. Se tendría que experimentar. La objetivización de los salarios de los managers podría tener devastadoras consecuencias en la economía. Desde luego que a nadie se le ocurre pensar en ello.

Ningún generoso a la vista

Ellos juegan con el fuego

¿Los managers?

Los críticos de los salarios de los managers. ¿Qué pasaría si un día todos los topmangers se hastían y mandan al traste sus responsabilidades?

Eso se lo pueden permitir

Exactamente. Se pagan su última indeminización millonaria y se asientan en sus villas de descanso vacacional. Y ¡san se acabo! la economía mundial se viene al suelo. Entonces, de repente no va más la cosa por allí, que cuántos cientos de años debe trabajar una cajera para compenzar el trabajo de un topmanager. En tales circunstancias, ella podría alegrarse de veras ¡si finalmente logra encontrar un trabajo!

Cierto

Yo lucho más por el llamado derecho al salario de millones de puestos de trabajo que están en juego. Un silencio total al hablar de las pensiones para la vejez.

Las pensiones también

¿Has relexionado alguna vez cuan altas pueden llegar a ser los gravamenes sociales (impuestos) de uno que gana veinte millones al año? ¡Ah, como me saca de casillas esa mirada estrecha del movimiento obrero!

Y en ello está eso, al fín y al cabo, a su favor

¿Sí?

Ellos deberían incluso alegrarse de que haya gente que valora el trabajo a tan alto precio.

FIN


Una explicación final. El Credito suizo y la UBS (Union de bancos suizos) son los dos bancos más grandes de Suiza. El monto de sus capitales los ubica entre los diez más poderosos del planeta. Una quiebra de cualquiera de estos bancos supondría una debacle no sólo de la economía suiza (el estado no podría socorrerlos puesto que sus portafolios revasan con mucho los del estado y su banco central) sino también de los puntos económicos en donde estos bancos operan concentradamente.

Sobre las palabras del profesor von Matt: tengo un manojo de ideas alrededor del dinero que tratan de ser objetivas; sin embargo, no había encontrado hasta ahora una extensión más llamativa a mi afan de comprensión del equilibrio entre el trabajo y los monumentales salarios con que a veces se los premia, ?cuánto es demasiado?

8.5.05

Católicos, luteranos y poetas

1) La católica es una iglesia que administra la fe de sus creyentes. Estos no pueden interpretar la Biblia directamente. La única autorizada a dar una lectura del texto sagrado es la jerarquía eclesiástica. Ella, en conciliábulos, elabora y propone una interpretación que tiene o debe ser acatada por sus feligreses (los conciliábulos se celebran de tiempo en tiempo, para rever los objetivos y fijar las estrategias políticas que deberan asumirse en función de los fines a perseguir, por lo general, dependientes de la personalidad del papa de turno, de su capacidad de tomarle el pulso al mundo, de su alcance de miras —según Hans Küng, del siglo XX quedará para la historia, no Juan Pablo II sino Juan XXIII, el pontífice que gobernó la iglesia católica de 1958 a 1963, cinco años apenas, definitivos en todo caso para cambiar su rumbo y volverla tolerante y misericorde y alejarla de sus simpatías fascistas).

2) Los protestantes luteranos y calvinistas (los otros, los que cometen a secas simonía, los dejo de lado —grupos, sectas, movimientos fanáticos) no tienen una institución intermediaria que destaque y establesca “una interpretación” de la Biblia. Lutero, con muchas razones de por medio, arrebató al Vaticano ese poder interpretativo. Él mismo procuró entonces una traducción no institucional de la vulgata dando así origen al protestantismo y, de paso, a la conformación del corpus lingüístico de la lengua alemana.

3) La reforma de Lutero introduce una nueva dimención en la relación de los fieles y el clero. Los curas dejan de ser entonces los intermediarios en el comercio con Dios y, desprovistos de su posición de poder, pasan a ser ahora, codo a codo, consejeros profesionales cuyos servicios ayudan a comprender mejor el misterio divino (este movimiento condujo a la alfabetización del pueblo alemán; a finales del siglo XVI había una Biblia en cada hogar germano —estaban por tanto mejor dispuestos a saludar a la modernidad que años adelante les saldría al paso).

4) A los franceses, italianos y españoles (los más visibles y cercanos), que no están de acuerdo con las reglas de juego impuestas por la iglesia —anacrónicas, desconsideradas y temibles—, no les queda más que abandonarla, colgar los padrenuestros e irse a las antipodas y declararse ateos. En sus tradiciones de fe no hay otra salida posible: las luces no comulgan con ruedas de molino. Un laico pasa a ser entonces sinónimo de no creyente. Estas culturas desconocen la figura de la persona ilustrada pero a la vez creyente —cuando esta se presenta, como sucede hasta la fecha, se la considera una avis raris.

5) De las tres religiones monoteistas existentes, judaismo, islamismo y cristianismo, es este último el único cuya palabra sagrada reposa sobre alteraciones. La Cábala está escrita en hebreo, la lengua que los israelitas revivieron y practican; entonces, la relación de los fieles con su libro sagrado es la lengua en que éste fue escrito en su origen y que, siglos después, siguen hablando sus fieles. El libro sagrado del islam, el Corán, fue escrito en árabe, la lengua que sus fieles usan para guiarse por los días e invocar sus plegarias. La Biblia es el libro a más lenguas traducido, tantas como son las culturas y tradiciones de los creyentes cristianos. La Biblia fue escrita en hebreo y en griego antiguo, idiomas que recogieron mensajes dictados por apostoles que se expresaron en diferentes lenguas y dialectos semíticos como el arameo, la lengua de Jesus —la primera traducción al latín la hizo San Gerónimo, la vulgata, hacia el siglo IV; de esta versión se desprenden muchas otras hechas a las distintas lenguas—. Entonces, a diferencia de judíos y musulmanes, los cristianos católicos y protestantes son guiados por una palabra que es la interpretación de la interpretación de la interpretación... Sí, de todas formas su contenido no se ha perdido, al menos así lo interpreto y me maravillo.

6) De los poetas y novelistas cuyos libros y más escritos han llamado mi atención, he guardado en la cartuchera algunas de sus opiniones sobre la fe y la iglesia que dan cuenta de su manera de posarse en el universo y considerarlo; las opiniones de filósofos, ideólogos y ensayistas, en este punto, por ser perfectamente racionales, y en las dos direcciones, no cautivaron mi interés —salvo Montaigne, Nietsche y un par de nombres que no me vienen a mientes—. Pero imaginar a Balzac, Sthendal o Tolstoi adentrándose en sus almas, aladas y sensuales como la de Casanova —creyente convencidísimo— suele avivar este interrogante, este diálogo muchas veces puesto en suspenso. Con nombres del pasado siglo se complican las cosas: Graham Greene, el creyente entrañable; Faulkner, o los territorios de la culpa y el deseo, de la muerte que, siendo puntual, no alcanza a cobijar esa fuerza de vida que se desborda y corre sin control, sin Dios y sin ley (y como este autor otros de igual estirpe, que no responden la pregunta pero si tensan al máximo el arco en el que se juega la suerte nuestro piso metafísico).

7) “El chantaje del cielo”; así llamaba Borges a los enunciados propuestos por el cristianismo. “Uno y el universo” es el libro primero que publicó Sábato y donde enfrentó “la cuestión” que tiempo después volvería a retomar en sus libros siguientes. Borges se declararó agnóstico: vivió así y bajo este misterio murió. Sábato bordea los noventa y tantos y —en contradicción a lo expuesto en sus libros— ha vuelto a creer, a aceptar la existencia de un Dios.

8) Alejandro Jodorowsky dixi: ... ." Yo creo que en el futuro los templos seran polivalentes. Existiran catedrales donde se celebren todos los cultos, con libre acceso y compatibilidad absoluta. Posteriormente se eliminaran los nombres de los dioses, que serán entidades anónimas. Si pones un nombre a Dios te estás apropiando de él.
La religión, igual que una constitución, debe ser revisada, porque en la medida que el hombre va mutando, la religión tiene que cambiar. La secta procede con prohibiciones. Aquello que el hombre no conoce lo llama Dios: es una forma de superstición. En la medida en que el cerebro evoluciona, las creencias ciegas y los tabúes se van desmoronando
¿Cómo afecta esto a lo que usted llama salud...?
Tenemos que ser muy concientes de que debajo de cada enfermedad hay una prohibición. Una prohibición que viene de una superstición
Por tanto, no recomienda ninguna Iglesia...
No, pero tampoco esos templos de los maestros zen, ya sean españoles, americanos o mexicanos. Son monigotes que imitan tradiciones, lenguajes y comidas japonesas."

Epilogo: Seguimos en las mismas, a pesar que con Jodorowsky se pone el asunto interesante. Sin embargo una cosa es cierta; como le habrá sucedido a cada uno de ustedes, entre tanto, he tenido la suerte de tratar con gente que ennoblece el término humano: han sido un par de católicos, unos pocos protestantes, agnósticos, ateos, indeterminados felices, con formación unos otros de naturaleza humilde, siempre dispuestos a dialogar; en cada uno de ellos el respeto ha sido su divisa.

He conocido también a una parva de gente bien “hija de su madre”, malosa y oportunista, por lo general intolerantes y necios, creyentes convencidísimos unos —los curuchupas—, otros indiferentes, cerrados a la conversación, a la evidencia de la existencia del otro o, como en el caso de los estudiados —ateos declarados— autoconsiderados popes de la verdad, de su monopolio.

En estas vamos, atravezando por los días, deshojando margaritas y contemplando los paisajes polifacéticos —conversando, cuando ello es posible.

26.4.05

Ratzinger visto por una mujer

Die Weltwoche” es un semanario en lengua alemana que se imprime en Zürich y circula también por Alemania y Austria. Es un periódico-revista en cuyas secciones el lector encuentra una oferta de lectura siempre interesante. Sus temas, a caballo entre el ensayo y la crónica, van de lo local a lo universal y son seleccionados con una agilidad sólo comparable a las maneras varias como abordan esos mismos temas, siempre desde distintos puntos de vista, siempre desde algún punto insospechado.

Con la elección del nuevo Papa, por la naturaleza de su rango y la significacncia de la misma institución, en todo lado se ha dicho y escrito mucho. Todos lo han hecho. Die Weltwoche lo ha hecho a su manera, como siempre, de agradecer; de las 98 páginas que tiene la revista, el ejemplar último (del 21 de abril) ha dedicado 16 a Benedikt XVI. En una de estas páginas destaca la entrevista hecha a Uta Ranke-Heinemann (77 años), entre teólogas católicas, la hereje por excelencia. No sé cómo se lean sus libros en otras tradiciones, pero en alemán —copio de la revista en marras— su libro “Eunucos para el reino de los cielos” tiene hasta la fecha 24 ediciones.

Las opiniones de la señora Ranke-Heinemann llaman la atención por dos hechos bastante singulares:

1) fue la primera mujer en el mundo en recibirse como teologa católica.
2) su compañero de estudios de teología en München fue Joseph Ratzinger

Les alcanzo la entrevista hecha por Julian Schütt; transitan por aquí términos no necesariamente teológicos —sí bastante coloridos, bastante humanos, en todo caso.

Señora Ranke-Heinemann, uno de sus colegas de estudios fue Joseph Razinger. ¿Pudo usted resistirlo?
Estudiamos teología en Munchen en 1953/54. Allí nos licenciamos. Era la estrella entre los estudiantes varones. Ya desde entonces carecía él de algún tipo de atractivo erótico. Pero bueno, eso me daba igual pues yo estaba comprometida.

Causaba él más efecto entre los hombres?
Mire, la iglesia católica es una institución en alto grado homoerótica. Allí, como mujer no se puede esperar ninguna cosa. Pero para responder a su pregunta. No creo que Ratzinger haya tenido una propensión homosexual. Desde mi modo de ver, a él le faltaba el toque erótico.

¿No lo quiere usted tan bien que digamos?
Personalmente si. Nos une un comportamiento cuidadoso de parte y parte. En todo caso yo le deseo mucha suerte en el santo sillón. De todos modos, el no está afectado por ese vicio en el que han incurrido tantos obispos y Papas: el no es un ignorante. Ratzinger me considera también como una persona inteligente, a pesar de que soy una mujer.

Sin embargo le fue retitado en 1987 el permiso de enseñanza eclesiástica.
Sé que no fue él el que quiso desarcerse de mí. Si hubiese dependido de Ratzinger, me habría mantenido en esas funciones. Yo continué trabajando luego en una cátedra independiente de la iglesia, enseñando en la universidad de Essen historia de la religión.

Dijo alguna vez que usted sería una mejor cristiana que el Papa. ¿Qué podría hacer usted mejor?
La iglesia católica es notoriamente una empresa (uni)personal. Allí arriba uno fija una tarifa y abajo la repiten. Lo que Jesus en verdad dijo y realizó, al interior de este sistema apenas se podría reconocer. Su mensaje dice por ejemplo: “ama a tu enemigo”.

¿Qué será lo que cambiará con el nuevo Papa?
No tengo idea. Desde hace tiempo yo no espero nada de un Papa, se llame este Juan Pablo II o Benedikt XVI. La fé en la infalibilidad está tan marcada que 2000 años de vejación eclesiástica a la mujer han dejado de ser retrógrados. Pero esto ya no me perturba más.

¿En otras palabras, para el Papa el tema de la mujer no estará en primer plano?
En el Vaticano se piensa así: todos los pastores son hombres. Todas las mujeres son ovejas. Con ello está todo dicho.

¿No sabía usted esto cuando fue colega de Ratzinger?
Ah, yo misma era entonces una ovejita piadosa hasta el exceso que se creía todo. Entonces no tenía ninguna duda sobre la Institución de la Iglesia.

Poco antes de iniciar sus estudios de teología se convirtió usted al catolicismo y se recibió luego como la primera teologa católica en el mundo.
Yo quería casarme con mi novio católico y tenía que convencer a mi padre, un protestante extremo, que en la Biblia misma está escrito que mezclarse —entre credos— era prohibido. Entre tanto sé una cosa: tanto los católicos como los protestantes son intolerantes.

¿Por qué entonces no ha abandonado la religión?
Eso les gustaría tanto a los hombres. Pero ese favor yo no se los hago.

19.4.05

Pennac y Bovarismo

El Ecuador arde. La indignación se manifiesta y exige, esparce protestas, y, esta vez, se expresa con una voz que le pertenece (se conduce a sí misma, no es conducida, no podrá ser secuestrada). La paciencia exánime, la buena fé desengañada, la indiferencia conmovida, con los rostros que les son propios y los lenguajes que mejor les expresan están diciendo lo que el poder nunca quiso escuchar. Esta vez no hay intermediario que “de diciendo” —es decir, “desfigurando”, que es como se entiende en nuestra manera de tratar a las personas y a las palabras— alguna verdad, unos derechos, una parva de necesidades, la necesidad del respeto elemental.

Se agitan los ánimos, arde la indignación. Esperemos que la Razón encuentre su equilibrio (que encuentre ella a las personas que mejor puedan leer y entender nuestro país plurinacional, nuestro mundo multipolar, peligrosamente unívoco). Espermos que este reclamo al poder, tan justo como necesario, no arda en su propia llama para volver mañana, pasado mañana, a este ayer que no termina de pasar desde hace casi tres décadas.



El Ecuador arde y yo cantando (es a lo que más se parece literatura). Bueno:

Por la prensa me entero que Editorial Norma acaba en estos días de poner en circulación en el mercado ecuatoriano “Como una novela”, ensayo novelado de Daniel Pennac*, autor francés de nuestro mismísimo presente.

Pennac es un escritor que conozco de recién, hará a lo mucho dos años. Accedí a él por encantamiento (al parecer, la puerta más utilizada con este autor), sin amigo o amiga interpuesto, o el comentario especializado de revista o periódico alguno, de normal, las vías más transitadas hacia lo desconocido, lo otro y los otros. Sólo después he ido enterándome de quién es este señor y de las obras que ha publicado hasta el presente (novelas juveniles y ¡Oh sorpresa! libros de comics).

Fue así. Hace como dos años, en una clase a la que asistía entonces, la sabia profesora que la impartía, tuvo una vez la grata ocurrencia de pegar a una puerta, junto a informaciones que tenían que ver con el contenido del curso y nada con Pennac, el siguiente texto:

Los derechos imprescindibles del lector

1. El derecho a no leer
2. El derecho a saltarse las páginas
3. El derecho a no terminar un libro
4. El derecho a releer
5. El derecho a leer cualquier cosa
6. El derecho al bovarismo (enfermedad de trasmisión textual)
7. El derecho a leer en cualquier lugar
8. El derecho a hojear
9. El derecho a leer en voz alta
10. El derecho a callarnos

Como lo podran entender sin ir muy lejos, quedé deslumbrado de inmediato por esta concisa y gratificante declaración de amor a la vida.

Luego, tan pronto como pude, me hicé con un ejemplar de la versión original del libro y
uno en su versión castellana. El original fue publicado por Gallimard en 1992 y, casi inmediatamente, en 1993, en España por Anagrama (la edición que tengo es la novena, de 2003).

Estos molestosos datos los he citado a propósito de un par de detalles, más bien leves (algo nos dicen de la manera de leer un mismo texto en diferentes tradiciones, o de las leyes del mercado y sus tácticas).

En la versión francesa, luego de la dedicatoria que el autor pone al inicio del libro, en la página siguiente el autor hace el siguiente pedido a sus lectores:

Se ruega (les suplico) no utilzar estas páginas como instrumento de tortura pedagógica. D.P. (On est prié (je vous supplie) de ne pas utiliser ces pages comme instrument de torture pédagogique .D.P)

La versión española no incluye este pedido del autor pero, a cambio, pone una cinta publicitaria en la portada que contiene el siguiente texto:

“Leed cien veces este libro, los pedagogos, mil veces...Una esplendida reivindicación de la lectura desde unos presupuestos tan inhabituales pedagógicamente como de sentido común” (Cuadernos de pedagogía).

No sé si la edición de Norma respeta el pedido del autor expuesto al inicio del texto.

La lectura de este libro es gratísima. Las cuatro partes que lo conforman abordan las maneras cómo nos relacionamos (nos relacionan) con los libros, cómo niños y cómo adultos. No me desparramo sobre su contenido explicito en el decálogo anotado. Creo que éste es suficientemente rico como para movernos hacia él.

Me detengo más bien en otro asunto allí contenido: el bovarismo, el significado de esta palabra citada en el derecho número 6.

Hace ya algunos años leí con mucho entusiasmo Madame Bovary; como suele suceder a los jóvenes que se acercan a ese libro con un algo de fervor, terminé entonces enamorado de Emma, la madame de la novela. Me queda aún el recuerdo de aquella emoción; ésta encaja bien con esta definición francesa de la palabra en marras:

BOVARISMO: Palabra forjada a partir de un personaje de Flaubert, para designar una actitud caracterizada por el rechazo a la mezquindad cotidiana y la busqueda torpe de una vida más novelesca (en nuestra lengua, si se quiere, cabría el adjetivo sentimental).
En Les mots clés du francais au bac (Profil Pratique 422-423), de Paul Désalmand.

(Me parece que en lengua castellana esta palabra ha sido utilizada sólo por Ricardo Piglia. La leí en uno de sus textos ensayísticos hace también algunos años.)

Lanzo esta botella al mar a ver cuan derechos están estos derechos.


*http://www.france.diplomatie.fr/label_france/ESPANOL/DOSSIER/2000BIS/11pouvoir.html

P.S. En un lapso de 24 horas este texto ha sido “retocado”. No alterado: le he sumado los parrafos iniciales y limpiado unos ripios. Disculpas por ello.

8.4.05

Joyce en quiteño

He bajado este texto porque es demasiado largo. Si alguien tiene interés en él puede dejarme una noticia. Yo se lo enviaré por mail.

23.3.05

CHABACANERÍA


Por costumbre suelo echar un vistazo a las páginas de opinión de los tres principales diarios ecuatorianos. Los sábados o domingos también al suplemento ARTES del diario La Hora. Allí encuentro de vez en vez gratos artículos que me informan y parecerían perpetuar un diálogo con los quehaceres de la creación, los percances o rumores que la “suave patria” provoca; así por ejemplo, he leído con agradecimiento sobre cine y video ecuatorianos, artículos firmados por un señor llamado Juan Pablo Castro Rodas —lo supongo un gran observador de películas y, sin duda, buen escritor: expone, argumenta, deja ver con su prosa reflexiva, las escenas y procesos por los que el cine nacional va abriendose camino. No conozco a este señor ni lo he leído jamas en otro sitio que en ARTES.
Agradezco así también, los comentarios mensuales de Edgar Freire sobre las publicaciones diversas que se hacen en El Ecuador. Esa información es muy apreciada por mí, pues, si no fuese por ese canal, no podría conseguirla en sitio alguno —incluso si viviera en Quito—. Desde luego que Edgar en sus notas, mientras informa, bordea peligrosamente uno de los abismos de la escritura ecuatoriana: la moralina, el enunciamiento rápido de la sombra de un problema y no al problema en sí, trocando afecto por razones, barruntando más con desconfianza que con olfato y lógica. De todas formas sus textos se dejan leer y el lector tiene la oportunidad de discrepar o corroborar con algunos de los apuntes que éstos destacan.
En el suplento ARTES de La Hora uno puede encontrar de cuando en cuando textos cuya lectura es de agradecer. Sin embargo, lo que nunca falta en cada edición dominical, son los artículos de dos señores inmamables, cuyas maneras de abordar los temas, con disciplina inmejorable, muestran concentradamente las taras literarias que parecen no sólo asolar sino cultivarse en el reino de Quito (bombos y platillos). Los textos de estos señores escabullen sin pestañear los temas que ellos mismos plantean. Es esto lo que me llama la atención puesto que funciona como una metáfora todo terreno de lo que le pasa al país: meterse a realizar cosas de las que no se tienen idea alguna pero se supone que son siempre improvisables —con un poco de talento se puede hacer ello pero, incluso así, ¡no con lo que se desconoce!—. Estos señores, sin embargo, lo hacen y, por lo que muestran, terminan conmovidos de sí mismos. Supongo que ellos, en sus adentros deben considerarse los salvadores de una tradición cultural universal, ardua de escarbar, sin embarago, accesible al populus —nosotros— gracias a su intermediación.
Este rapaz comentario habría ganado soltura si lo hubiese trenzado con un tono burlesco. No ha sido posible, pues, me doy cuenta que el ánimo no siempre se deja moldear. Me cabrié un poco, antes de empezar esta notita. Pero valió la pena, ello me abrió a la risotada, a la que probablemente también ustedes se den luego de leer el siguiente fragmento tomado de La Hora del 19 de marzo. No les quito más el tiempo.

Arte, pureza y lecciones Dos libros de féminas y uno de caballeros

Dr. Oswaldo Paz y Miño J.cpaz2@andinanet.net
Tres Libros nos acompañan hoy. Dos escritos por mujeres y uno, de autores hombres, sobre una Fémina, Gloriosa y Bella. Quito. Creación pura y simple los tres. Creación, palabra Hembra. Igual, que Literatura y Arquitectura. Hembras. Arte. Procesos de gestación completos y distintos. Páginas abiertas. Piernas abiertas. Surcos Abiertos. Agua. Sangre. Tierra. Humedad. Vida. Muerte. Hembras. Un trío de libros afines. Vienen de la mente. Hembra. De la pluma. Hembra. De la fotografía. Hembra. Escritoras y Autores, que de ellas también vienen. De las Hembras. Madres. Todo un conjunto de naturalezas. Hembras. Nos reúnen hoy, para disfrutar. De la lectura. Hembra. De obras particulares y distintas, que convergen en esta página. Hembra. Que complementa un servidor. Barón, para empatar el círculo. Tres a tres.Escritoras y ciudad, tres. Autores y comentarista, tres. Fundidos ahora en la Revista. Hembra. En este instante, detenidos en el tiempo. Hoy mismo que usted nos lee. Varón o Hembra.

15.3.05

GESCHWISTER TANNER

En base a la novela homónima de Robert Walser, Los hermanos Tanner. Adaptada y dirigida por Anna Viebrock, con Stefan Kurt y Bettina Stucky. En el Schiffbau de Zürich*



Me gusta el teatro. No sólo los escenarios y la puesta en escena de tal o cual obra, su juego de representación. No, con el solo nombre de teatro suele la imaginación ponerseme a danzar a su capricho. Ella sola, funde y confunde los minutos que fluyen sobre sí: retiene un parlamento de por acá, introduce un gesto de por alla, reagrupa imágenes de la memoria, ensarta brillos y estribillos, salta por el tiempo. Multiples elementos sin guíon. Su única cosa en común es el sitio que comparten, la visión que los cuenta. Por ello, sin proponermelo, cuando con la mujer nos enrumbamos hacia alguna función, los sentidos se aguzan anticipadamente y empiezan a ver los alrededores con lentes mentados, de espectador. Veo que me veo. Y me dejo cometer errores.

Las funciones suelen empezar ya en casa. Antes de abandonarla, los hijos, cuando no nos dan besos cariñosos de despedida, nos piden cuentas del cómo así sin ellos o, hasta qué hora va la cosa; sutilmente deslizan una compensación a su reclamo - una media hora más de tele, por ejemplo-. Si con apuro o no, en todo caso, nos vamos tranquilos, pues ellos se quedan bajo el cuidado de sus abuelos. No hay peligro de que se peguen una clavada muy larga en la pantalla. Tomamos a veces la autopista, otras la vía paralela al lago. En la ciudad el parqueadero es a veces un lío. Pero siempre hay uno.

Esas esperas de pocos minutos en las antesalas de los teatros me ponen de buen ánimo. Éstas han dejado en mí, a veces, imágenes más profundas que la obra misma a la que he asistido. Cada pueblo con sus representaciones; cada representación con su versión y con sus ritos: ver caras, fisonomías, poses, gestos pensados, rostros risueños, vivaces, pasados, pesados; ver la curiosidad en espera, las palabras danzando, comentando, llenandose de sí sin nada decir mientras los ojos se disparan por todas las direcciones. Los míos que miran y se ven mirar, los de algunos otros que me los encuentro en el camino. Y suena la segunda, la tercera campanada.


Esta vez las sillas no estaban numeradas y cada quien debía ajetrearse el puesto que en suerte le tocase: de entrada está todo dispuesto, alumbrado a medias: el escenario tiene dos niveles, el de arriba, libre como un patio interior, bordeado con un pasamanos antiguo y una habitación en un extremo que deja ver el resplandor de un foco. El nivel inferior con cuatro mesas de bar dispersas, una de oficina, otra de casa: es a la vez un bar, una oficina, un cuarto estrecho. En cada una de las mesas un hombre. Dos niveles, la esfera privada, la pública conectados por unas escaleras.

¿Qué sucede bajo estas paredes postizas? toca descifrarlo. Los dos personajes principales –Simón Tanner y Klara Agappaia- parecerían en los primeros minutos iniciar una acción e introducir una trama, un discurso. Pero no, las balas no van por ahí. Al poco rato, estos dos personajes, que a los otros apenas rozán -pues están como mera representación de la pesadez que transcurre-, más bien confrontan sus monologos al público, o quizá mejor destacado, a una tiniebla que parece estar interpuesta entre el público y los actores. No van bien de la cabeza podría uno pensar –eso se ve en el cuerpo, podría confirmarse-; rapidamente el espectador sabe que bajo estas paredes de cartón la palabra no será el centro; se la usa bien desde luego, la vemos, la seguimos pero nos damos cuenta rápido que no nos lleva a ningún lado: va de boca en boca, dislocada, dejandose escuchar pero en ningún momento dandose a entender.

Por lo visto -digo por lo escuchado hasta entonces- la palabra no es la puerta bajo estas paredes de cartón ¿cuál entonces? Pasada la hora y media una pareja de espectadores prefirieron tomar la puerta de las paredes de verdad y largarse; diez minutos después les siguieron tres muchachas (cuando las ví en el holl antes de la función, a pesar de no tener ese momento ni idea sobre el montaje, pensé que a ellas no les iba gustar: cuando las ví salir rápidamente, confirmando mi ojo, pensé que seguramente las entradas se las había regalado alguna abuela bien intencionada); a las dos horas, una pareja cincuentona, con similar agilidad, abandonaban la sala. Ellos, al menos, no se perdieron el desnudo masculino de cinco minutos que se manda Simon Tanner.

Si no hay acción en este montaje o si la acción entendida como tal ha cambiado de vehículo, de la palabra al cuadro, a la atmósfera, de la acción a la suspención, a una de sus formas entodo caso ¿qué puede significar esta cara metáfora de pesadez, impotencia, encierro y, finalmente, locura, donde la seducción brilla por su ausencia?

Creo que al teatro le es difícil prescindir del relato, de los movimientos generados por la palabra. Creo que lo que le sucede es algo similar a lo que pasa en poesía. La imagen poética queda bien en los poemas, a veces entre versos que los desdicen pero que por su sóla presencia en un verso bien puesto los convierte a todos, los fija. El discurso desgajado camina por poemas de varias tradiciones desde hace rato; el discurso roto por las novelas, la acción suspendida entre las tablas.

Inutil decir que la obra me fascinó. Inutil decir que me disgustó. Un rato me adormecí, otro me quedé en las nubes, pensando que a Robert Walser, de vivir, no le habrían podido meter en ese teatro ni secuestrándolo. Recuerdo una anecdota contada por Carl Selig: en una de sus conversaciones, Selig le sugirió a Walser que su obra iba a ser de suma importancia en el futuro; Walser entonces entró en cólera, le dijó más o menos, que no le tomase el pelo de esa forma si quería seguir siendo su amigo y que nunca más hiciera de él objeto de burla. Cuando el desnudo de Símon Tanner, recobré de nuevo mis cinco sentidos, para reirme de labios para adentro, otra vez imaginando: presumiblemente, se dice que Walser habría muerto virgén, como Enmanuel Kant. Se imaginan a un Walser en pepas.

No sabría calificar la obra. Parafraseando a una colega podría decir que me dejó igual de confundido, pero a un nivel superior -huelga decir, presumiblemente.



Una notita sobre la directora de la obra. La señora Anna Viebrock, junto a Stefanie Carp y Christoph Marthaler fueron hasta hace menos de un año los directores del Schuspielhaus de Zürich. Estuvieron al frente cuatro años, considerados de oro por la crítica y sus fieles seguidores. Se habla de esos años como la era del Welttheater in Zürich –pero sólo entre la crítica; para el público fue ello una especie de malentendido. Cuando Marthaler abandonó Zürich un amigo, él mismo director de teatro, me decía: es una pena para Zürich, pero a decir verdad, Marthaler se merece un mejor público.


*El Schiffbau es un edificio reconstruido para representar obras dramáticas -si quieren caóticas-. Si hubiese debido diseñarselo no habría sido posible hacerlo mejor. El edificio es el antiguo astillero de Zürich, salvado desde hace unos pocos años para los prescindibles menesteres del arte. Muchos años vivió abandonado, como un fantasma –un fantasma caro.

11.3.05

Prueba

Escribir lo que aparece, lo que parece, lo que desaparece, lo que perece,

BIENVENIDA Y BONZO

En una percudida tarde de marzo me embarco en este bote -en esta botella (por cierto, anoche bebí unas cuantas de cerveza).

Me gustaría empezar con el zumbido de una palabra que en castellano ha empezado a expandirse desde el pasado 21 de febrero, a proposito de la muerte de Hunter S. Thomson, el escritor norteamericano creador de ese estilo de periodismo que se escribe, no sólo muy cercano a las fuentes, sino desde las fuentes mismas: el gonzo, el periodismo gonzo. La palabra en inglés americano indica: fuera de lo común, excéntrico, loco. El paisaje se ve interesante: una prosa altanera, la de un malcriado curioso y de talento, siempre en malas compañías -por lo que parece incluso cuando estaba solo-, que se pone a contar los descarreos de descarriados peligrosos para los otros y para ellos mismos. Parece que este señor fue un lúcido y loco intenso; a su alma necesitada de alivio, la asistía con alcohol, drogas, soledad y exentricidad en dosis respetables.

Thomson se dió el vire en febrero pasado y con su muerte, pues fue él el que creo ese estilo de escribir y al primero que se la endilgó, la palabra ha empezado a recorrer las redacciones de los periódicos más visibles en el mundo. Leí hace dos semanas, en Radar de Página 12, una necrológica escrita por Tom Wolfe y, porque me gustó la crónica y lo que estaba detrás, me he fijado que el hombre y la palabrita aparecen en todo lado -The Economist, Le Monde, Der Spiegel, el FAZ, La BBC - Hoy ando a la casa de alguien que haya conocido al autor desde antes; de sus libros también, pero sólo si caen en mis manos.

Entre mis amigos, con los que solemos hablar de libros -buenos lectores todos- no recuerdo a ninguno haberme comentado alguna vez sobre este señor. Por si les interesa les anoto una dirección en la que se encuentran textos y comentarios sobre Thomson (http://www.gonzo.org/).

Que estén bien. Me marcho a reposar un poco. Mi espalda me fastidia y casi impide llevar esto hacia algo más intersante.

Schrödiger en Zúrich

Cada miércoles, la ciudad de Zúrich publica el Tagblatt , periódico municipal de distribución gratuita. En sus páginas uno se entera de los ...