Acabo de enterarme: Graeber ha publicado un nuevo libro: Burocracia.
Hace años, luego de leer un libro de Kundera, discutimos con los amigos sobre este gran ejercito del que, queramos o no, formamos parte, activa o pasiva, sin solución a vista.
Leo la noticia en el portal de Telerama (fr), pero veo que el original en inglés apareció el pasado enero. Aquí un acercamiento detenido a su contenido.
13.10.15
Bienal de las Fronteras (Biennial of the Frontiers)
Aquí el texto que da cuenta de este evento en el Museo de Arte Contemporáneo de Tamaulipas, en Matamoros, México. Lo firma Leslie Moody Castro e incluye esta foto que, por las alusiones y lecturas que, nuevamente renueva, lo dejo a mano.
Verónica Meloni, Collage, 2014, Digital photograph printed on Harman Crystal Luster 260 g. Epson Ultra Chrome K3, 59” x 43.3.” Courtesy of the artist and Bienal de las Fronteras (Biennial of the Frontiers), 2015
7.10.15
Vuelve el hombre
Franzen esta de vuelta. Entre las tantas lecturas que aguardan, casi es una desconsideración presentarse con un tomo de 700, 800 páginas. Más aún, como si nada, casi, casi exigir leerlas –no directamente, no debe haber alarmas; sin embargo es eso, pues no hay otra posibilidad. No hay como dejar de hacerlo. Franzen tiene sobre sus hombros el peso de la tierra, lo bueno y lo malo que se puede pensar o imaginar que es o debe ser la novela contemporánea actual.
A ver que dice en sus propias palabras, aquí.
A ver que dice en sus propias palabras, aquí.
6.10.15
Dos ensayos
De paso por el catálogo de Revista de Occidente, vuelvo a dar con un artículo dispuesto en la web cuyo contenido podrá interesar a más de uno: "El arte en tiempo desquiciado. Una nota sobre la urgencia y la crueldad contemporánea". Lo firma Fernando Castro Flores y es parte del número de febrero 2015 de la revista de marras.
Y en el número 412, de septiembre 2015, un artículo de Danilo Kis "Sobre lo irracional a través de las teorías literarias".
Y en el número 412, de septiembre 2015, un artículo de Danilo Kis "Sobre lo irracional a través de las teorías literarias".
16.8.15
Jean Lacouture
Piedras, piedrecillas, pedazos de pan duro que dibujan una ruta caprichosa al paso por el bosque; una guía personal para no extraviar el camino de regreso, caso haya que retornar al punto de partida.
Los libros, algunos films, las personas siempre – la música es el fondo impreciso –, han hecho, son esos distintivos minúsculos que hemos ido echándolos como si nada a la vera de la caprichosa ruta. Las historias para el camino. Y cada una tiene otra a cuestas. Llego a ese libro por mera curiosidad, a ese autor por recomendación de un amigo, a esos de más allá porque están citados en la bibliografía de un tema que me llama la atención, porque la corriente de bytes nos los pone al frente todo el tiempo y cedo, porque le gustaba a ese director de cine cuyas historias me perturban. Llego a unos pocos por corazonada, a otros por asociación.
He comprado algunos libros sólo por su título. Este, Montaigne a cheval (Seuil, 1996), entenderán, no podía dejarme indiferente. No tenía la menor referencia de su autor, Jean Lacouture, sin embargo, ese título en sí es todo un programa, en cualquier caso, una buena oportunidad para regresar a la páginas de los "Ensayos" en agradecida compañía, en la de alguién que conoce su obra minuciosamente y ha seguido, reconstruido un relato aproximado de lo que pudo haber sido la vida de un vecino suyo de Burdeos .
Manías para la lectura; en el librero conviven los autores en vecindad insospechada, como un homenaje dispuesto por algo más potente que el gusto y las preferencias. Cuando se retoma a Montaigne, saben ustedes que no es fácil luego abandonarlo, su charla es tan amena y aleccionadora, uno se siente tan bien en su compañía que, la verdad, cuesta desprenderse de sus libros para cumplir con las exigencias y discurrir por entre los quehaceres habituales.
A las páginas de Montaigne vuelvo de cuando en vez, sin apuro. Hace unos años regresé a buscarlas acompañado del libro de Lacouture, a pasearme por ellas como lo hace el ensayista por sus temas, sin plan, abierto a las posibilidades que la lengua y los temas guardan entre sí bajo la superficie Era una conversación con un desconocido simpático sobre su admiración al autor de los Ensayos. Horas gratas que hace unos día debí recordarlas al ver en la prensa una necrológica extensa que daba cuenta de ese desconocido con el que me puse a conversar hace unos años sobre Michael de Montaigne. Sí, Jean Lacouture, falleció el pasado 16 de julio. Tenía 94 años de edad, jamás lo habría imaginado y, tampoco, que fue un periodista excepcional cuya capacidad de trabajo apenas puedo imaginar, toda una institución en la tradición francesa.
Pues ni modo, sólo se trato de esto, me retiro a hojear los libros de estos dos señores cuyos libros seguirán allí, siempre a mano, dispuestos a conversar.
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Le Monde: Mort de Jean Lacouture
Los libros, algunos films, las personas siempre – la música es el fondo impreciso –, han hecho, son esos distintivos minúsculos que hemos ido echándolos como si nada a la vera de la caprichosa ruta. Las historias para el camino. Y cada una tiene otra a cuestas. Llego a ese libro por mera curiosidad, a ese autor por recomendación de un amigo, a esos de más allá porque están citados en la bibliografía de un tema que me llama la atención, porque la corriente de bytes nos los pone al frente todo el tiempo y cedo, porque le gustaba a ese director de cine cuyas historias me perturban. Llego a unos pocos por corazonada, a otros por asociación.
He comprado algunos libros sólo por su título. Este, Montaigne a cheval (Seuil, 1996), entenderán, no podía dejarme indiferente. No tenía la menor referencia de su autor, Jean Lacouture, sin embargo, ese título en sí es todo un programa, en cualquier caso, una buena oportunidad para regresar a la páginas de los "Ensayos" en agradecida compañía, en la de alguién que conoce su obra minuciosamente y ha seguido, reconstruido un relato aproximado de lo que pudo haber sido la vida de un vecino suyo de Burdeos .Manías para la lectura; en el librero conviven los autores en vecindad insospechada, como un homenaje dispuesto por algo más potente que el gusto y las preferencias. Cuando se retoma a Montaigne, saben ustedes que no es fácil luego abandonarlo, su charla es tan amena y aleccionadora, uno se siente tan bien en su compañía que, la verdad, cuesta desprenderse de sus libros para cumplir con las exigencias y discurrir por entre los quehaceres habituales.
A las páginas de Montaigne vuelvo de cuando en vez, sin apuro. Hace unos años regresé a buscarlas acompañado del libro de Lacouture, a pasearme por ellas como lo hace el ensayista por sus temas, sin plan, abierto a las posibilidades que la lengua y los temas guardan entre sí bajo la superficie Era una conversación con un desconocido simpático sobre su admiración al autor de los Ensayos. Horas gratas que hace unos día debí recordarlas al ver en la prensa una necrológica extensa que daba cuenta de ese desconocido con el que me puse a conversar hace unos años sobre Michael de Montaigne. Sí, Jean Lacouture, falleció el pasado 16 de julio. Tenía 94 años de edad, jamás lo habría imaginado y, tampoco, que fue un periodista excepcional cuya capacidad de trabajo apenas puedo imaginar, toda una institución en la tradición francesa.
Pues ni modo, sólo se trato de esto, me retiro a hojear los libros de estos dos señores cuyos libros seguirán allí, siempre a mano, dispuestos a conversar.
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Le Monde: Mort de Jean Lacouture
18.1.15
La novela de Houellebecq
No es posible ignorarla. Soumission está ya en las librerías francesas. En Amazon, hacerse con su versión digital dura un par de segundos (y U$ 18.11). Vamos a ver que me deparan sus páginas, cómo serpentean por entre la realidad que le sirvió de premisa para tomar forma y es la misma en la que el pasado siete se cometió el atentado contra Charlie Hebdo. Si, está impregna de sombras, unas inevitables, otras rebuscadas, puestas para la ocasión. A ver de que manera esta ficción remonta tan espesas aguas que no sabemos hacia donde corren.
Antes de volcarme en sus páginas he leído un par de artículos de opinión que los tengo en cuenta. Uno de Jorge Volpi, contextúa la figura y trayectoria polémica del autor (grato de leer, sobre todo, porque tengo una percepción distinta de MH). Otro de Bernard Henri-Levy, muy oportuno, para poner de entrada claras las reglas del juego y la posición de quienes lo llevan adelante.
__________________
Sobre Soumission en Liberation
Entrevista a MH en The Paris Review
Damian Tabarovsky en Revista Ñ
Sobre Sumisión y MH en ADN
Antes de volcarme en sus páginas he leído un par de artículos de opinión que los tengo en cuenta. Uno de Jorge Volpi, contextúa la figura y trayectoria polémica del autor (grato de leer, sobre todo, porque tengo una percepción distinta de MH). Otro de Bernard Henri-Levy, muy oportuno, para poner de entrada claras las reglas del juego y la posición de quienes lo llevan adelante.
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Sobre Soumission en Liberation
Entrevista a MH en The Paris Review
Damian Tabarovsky en Revista Ñ
Sobre Sumisión y MH en ADN
16.6.13
Melville y Manuela
Cuando léimos El General en su laberinto, de García Márquez, hace muchos años ya (publicado en Oveja negra, en pasta dura), al llegar a sus páginal finales, el autor cita el encuentro de estos dos personajes, Herman Melville y Manuela Saenz, cuyas vidas también son parte de la representación que nos hacemos del tiempo. Diario El Comercio de este día, trae una nota de opinión, escrita por Oscar Vela, que reproduce esa anécdota y despierta la atención sobre las varias aluciones tejidas alrededor de este encuentro, bastante probable, por historiadores y fabuladores que gustan regrear a esa franja de la historia y los momentos de esas vidas.
3.6.13
Las citas de Charles Lewinsky
El periódico NZZ am Sonntag, semanal adscrito al Grupo NZZ, publica una vez al mes la revista de libros Bücher am Sonntag – una treintena de páginas en formato A4 dedicadas a comerciar libros y publicar ensayos breves, anuncios editoriales, comentarios y reseñas de libros publicados en el mes dejado atrás.
Charles Lewinsky, afamado y prolífico autor suizo de lengua alemana, mantiene una columna en estas páginas: "Leer citas", interesantísimas siempre, por lo que son en sí, por su poder de alusión, que dan cuenta del ojo que las selecciona y, en este caso, sirve de punto de partida a la interpretación que hace de ellas en el cuerpo textual.
La revista de la pasada semana, aparecida el 26 de mayo, trae una cita que me dejó intranquilo más alla de la lectura – por ello, como si hubiese visto la belleza, la sigo pensando una semana después - y pusó a mi subconciente a vagar por los recuerdos leídos en busca de respados similares o críticas que pudiesen echar al suelo lo que allí se sostiene.
La cita es esta:
He desperdiciado todo el santo día en un condenado soneto sin avanzar siquiera un paso. Y no porque me hayan faltado ideas. Estoy lleno de ellas. Tengo muchas.
- Pero Degas, no se hacen versos de ideas. Se los hace de palabras.*
De Una conversación entre Edgar Degas y Sthéphane Mallarmé
A lo mejor algo suguiere a alguién. A ver que dicen los lectores de Wittgenstein y T.S. Eliott.
________________
*Ich habe meinen ganzen Tag mit einem verdammten Sonett verschwendet, ohne einen Schritt weiterzukommen. Und dabei fehl es mir nicht an Ideen. Ich bin voll davon. Ich habe zu viele.
- Aber, Degas, man macht Verse nicht aus Ideen. Man macht sie aus Worten.
Ein Gespräch zwischen Edgar Degas und Sthéphane Mallarmé
______________________
P.S. El tema de la citas me trae a memoria unos textos luminosos de Gabriel Zaid a propósito de este tema, en verdad, el arte de la cita. Dispongo los enlaces a dos de sus textos aparecidos en Letras Libres hace años ya : Citas exóticas y Citas abusivas
Charles Lewinsky, afamado y prolífico autor suizo de lengua alemana, mantiene una columna en estas páginas: "Leer citas", interesantísimas siempre, por lo que son en sí, por su poder de alusión, que dan cuenta del ojo que las selecciona y, en este caso, sirve de punto de partida a la interpretación que hace de ellas en el cuerpo textual.
La revista de la pasada semana, aparecida el 26 de mayo, trae una cita que me dejó intranquilo más alla de la lectura – por ello, como si hubiese visto la belleza, la sigo pensando una semana después - y pusó a mi subconciente a vagar por los recuerdos leídos en busca de respados similares o críticas que pudiesen echar al suelo lo que allí se sostiene.
La cita es esta:
He desperdiciado todo el santo día en un condenado soneto sin avanzar siquiera un paso. Y no porque me hayan faltado ideas. Estoy lleno de ellas. Tengo muchas.
- Pero Degas, no se hacen versos de ideas. Se los hace de palabras.*
De Una conversación entre Edgar Degas y Sthéphane Mallarmé
A lo mejor algo suguiere a alguién. A ver que dicen los lectores de Wittgenstein y T.S. Eliott.
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*Ich habe meinen ganzen Tag mit einem verdammten Sonett verschwendet, ohne einen Schritt weiterzukommen. Und dabei fehl es mir nicht an Ideen. Ich bin voll davon. Ich habe zu viele.
- Aber, Degas, man macht Verse nicht aus Ideen. Man macht sie aus Worten.
Ein Gespräch zwischen Edgar Degas und Sthéphane Mallarmé
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P.S. El tema de la citas me trae a memoria unos textos luminosos de Gabriel Zaid a propósito de este tema, en verdad, el arte de la cita. Dispongo los enlaces a dos de sus textos aparecidos en Letras Libres hace años ya : Citas exóticas y Citas abusivas
8.7.12
1 entre mil millones
Folio, la revista que mes a mes publica el diario suizo Neuer Zürcher Zeitung (NZZ), tiene por tema en su número de julio las vacaciones, las ¡lindas vacaciones!: Schöne Ferien! Nunca dejan de llamar la atención los contenidos de este mensual (tampoco los de las otras publicaciones que la casa editorial, periódicamente, mientras el diario sigue su ruta, pone en el mercado como si nada, más que para debatir, para proseguir un diálogo de altura con los diferentes públicos que conforman la sociedad).
Como es habitual, Folio se interna el tema vacaciones desde distintas perspectivas. Por mi parte, al empezar a leer la publicación, me llamó la atención el editorial firmado por Barbara Klinbacher y titulado: 1 de 1 000 000 000: Mil millones de turistas viajaran de vacaciones este año. Pero nadie vendrá a donde Alejandro.
Alejandro es un indígena de la selva ecuatoriana que la redactora del artículo conoció hace 15 años en un poblado inexpugnable de la amazonía ecuatoriana. El recuerdo de ese viaje y los planes de Alejandro para impulsar un proyecto turístico son los ejes de reflexión de este texto. Los demás textos, de agradecer, como siempre.
Como es habitual, Folio se interna el tema vacaciones desde distintas perspectivas. Por mi parte, al empezar a leer la publicación, me llamó la atención el editorial firmado por Barbara Klinbacher y titulado: 1 de 1 000 000 000: Mil millones de turistas viajaran de vacaciones este año. Pero nadie vendrá a donde Alejandro.
Alejandro es un indígena de la selva ecuatoriana que la redactora del artículo conoció hace 15 años en un poblado inexpugnable de la amazonía ecuatoriana. El recuerdo de ese viaje y los planes de Alejandro para impulsar un proyecto turístico son los ejes de reflexión de este texto. Los demás textos, de agradecer, como siempre.
8.6.12
América Ladina
La nota escrita por Manuel Vallejo (no, no se trata de mi tío que así también se llama) está firmada en Bogota, donde Yaron Avitov ha presentado su documental America Ladina, en el marco de la 25a Feria del Libro de Bogota. Su trabajo rastrea los vestigios de los sefardíes arribados a América en los siglos XVI y XVII por 16 paises de la región.
Leyendo esta crónica, he llegado a este fragmento:
... . En 2004 inicié mis averiguaciones sobre los marranos en Quito y durante ocho años el hilo de las mismas me llevó a entrevistas en nueve países de Latinoamérica. Paseándome por Zaruma (población en la zona montañosa del sur de Ecuador) era como estar en Jerusalén; tras dictar mi conferencia buen número de personas orgullosamente me comentaba por la calle: “Sabe, ¡yo también soy Sefardí!”.
Leer la crónica completa
Leyendo esta crónica, he llegado a este fragmento:
... . En 2004 inicié mis averiguaciones sobre los marranos en Quito y durante ocho años el hilo de las mismas me llevó a entrevistas en nueve países de Latinoamérica. Paseándome por Zaruma (población en la zona montañosa del sur de Ecuador) era como estar en Jerusalén; tras dictar mi conferencia buen número de personas orgullosamente me comentaba por la calle: “Sabe, ¡yo también soy Sefardí!”.
Leer la crónica completa
6.6.12
Un título innegociable
Las razones de la ejemplaridad
Javier Gomá Lanzón
Cuando en 2009 entregué el manuscrito de Ejemplaridad pública, los encargados de mercadotecnia del grupo editorial objetaron el título y me propusieron un cambio. Otros entendimientos más fértiles han logrado alumbrar un gran caudal de ideas, mientras que el mío, estéril y seco, sólo ha dado una, a la que he dedicado mi vida con devoción filosófica: la ejemplaridad, hilo conductor de mis tres primeros libros. El título, que respondía a un plan trazado desde antiguo, era innegociable y no se cambió. Aludo a los reparos editoriales para mostrar hasta qué punto en 2009 el concepto de ejemplaridad, a juicio de quienes saben, no estaba en el clima cultural del país. Tras publicarse, el libro conoció tres ediciones en pocos meses, lo que podría interpretarse como un éxito siempre que no se olvide la marginalidad del ensayo filosófico dentro del género ensayístico, el cual a su vez es minoritario comparado con la ficción. Con todo, se observó desde el principio que el concepto de ejemplaridad se iba introduciendo en ese clima en el que pocos conceptos caben y además por vía transversal, sin adscripciones ideológicas. En dos años se convirtió en moneda de curso corriente y, en un momento culminante de esta historia, recibió sanción regia cuando el Rey lo usó reiteradas veces en su discurso navideño de 2011. Entonces muchos medios de comunicación me interrogaron sobre las razones del éxito popular del concepto. Desestimando desde el primer minuto la hipótesis de que se debiera a la lectura de mi libro, circunscrito al exótico círculo de frecuentadores del ensayo filosófico, mi diagnóstico se orientó hacia la identificación de dos demandas sociales que los otros conceptos disponibles no satisfacían o no lo hacían suficientemente.
El Estado democrático moderno se ha asentado, entre otros, en dos principios. Primero, el respeto a la ley es condición suficiente para el establecimiento de una sociedad justa; en otras palabras, cumple la ley y haz lo que quieras. Segundo, la vida privada es parcela confiada exclusivamente al arbitrio del yo, quien no responde ante nadie mientras no perjudique a tercero. Normalmente los conceptos producidos por los intelectuales, enunciados en el cielo del pensamiento, progresan más rápido que la historia, frenada por resistencias materiales. En este caso aconteció al revés: las transformaciones sociales reclamaban unos conceptos que explicaran lo que estaba sucediendo y que el manadero intelectual no suministraba.
Y respecto al segundo de los principios, la vida privada conforma uno de los derechos civiles más importantes conquistados por la modernidad, uno de los mayores regalos que el hombre se ha concedido a sí mismo. En virtud de ese derecho, la democracia reconoce a cada ciudadano, cuando alcanza la mayoría de edad, la prerrogativa de elegir el estilo de vida que prefiera sin interferencias ni tutelas públicas. Esto es y debe ser así, siempre que se distinga entre una concepción jurídica (la anterior) y otra ética de la vida privada. Desde una perspectiva ética, existe desde luego la intimidad, pero no estrictamente vida privada, si por tal se entiende un ámbito exento de influencia de ejemplos. Nuestra vida privada ofrece siempre el cuerpo de un ejemplo positivo o negativo para nuestro círculo de influencia y en este sentido inevitablemente produce un perjuicio a tercero (o beneficio), no un daño jurídicamente perseguible pero sí un daño moral (o un bien). La conciencia de este hecho hace nacer el siguiente imperativo de ejemplaridad: “Que tu ejemplo produzca en los demás una influencia civilizadora”.
El concepto de ejemplaridad satisface adecuadamente la doble demanda, de ahí su amplia recepción social. Por un lado, ejemplaridad sugiere ese plus de responsabilidad moral extra-jurídica, exigible a todos pero en especial a quienes se desempeñan en cargos financiados por el presupuesto público. Por otro, la ejemplaridad no admite una parcelación en la biografía entre los planos de lo privado o lo público —artificio válido en Derecho, no en la realidad— porque denota aquello que Cicerón denominó “uniformidad de vida”, una rectitud genérica que involucra todas las esferas de la personalidad. “Ejemplar” es un concepto que responde a la pregunta de cómo es, en general, alguien, y si parece o no digno de confianza. Cuando el Rey pronunció su célebre discurso navideño, quedó preso del concepto que escogió. Y cuando se aireó su safari en Botsuana, sintió sobre sí todo el peso de su elección. Porque su viaje de recreo no comportaba ninguna conducta ilícita y por añadidura pertenecía a la esfera privada y, sin embargo… el reproche social arreció tanto que hubo de pedir públicas disculpas.
Un concepto útil, pues, pero he de confesar que algo engorroso. Tras lanzarlo al aire, se ha vuelto también sobre mí como un bumerán. Apenas puedo hacer algo que se salga un poco de lo correcto —un comentario rijoso después de un gin-tonic, responder al móvil mientras conduzco— que no haya quien con mirada de pícara condescendencia me endilgue un “ay, ay, ay, la ejemplaridad pública”. Me está desacreditando delante de mis hijos, que constantemente me señalan la diferencia entre mi doctrina y mi ejemplo, y como algún día me pillen en algo feo seré el hazmerreír general. Por eso, me he decidido a cambiar drásticamente de rumbo y elegir un nuevo tema para mi próximo libro: Libertinajes sadomasoquistas. Una apología. Con ello confío en ganar un poco de margen y rebajar la insoportable presión.
Ejemplaridad pública, de Javier Gomá Lanzón, está publicado en Taurus.
Tomado de El País
17.2.12
Los gatos de Joyce
iOh sorpresa venir a dar con esta información en la prensa ecuatoriana!
"La Fundación James Joyce de Zúrich, propietaria del cuento inédito del escritor irlandés, ha recibido "con sorpresa y decepción" la publicación sin su aprobación de este texto por parte de una pequeña editorial irlandesa. ..."
Hace unos años a mi amigo Fritz Senn, director de esta institución, y, quizá, el mayor especialista en el orbe en la obra joyceana, regalé para el fondo de la biblioteca la edición ecuatoriana publicada por Libresa de "El gato y el diablo". No sé si los editores ecuatorianos procedieron como sus colegas de Ithys Press. Puede que ello no importe demasiado al estar publicado en español, en cuyo mercado las reglas funcionan de otra forma (por cierto, hace unos meses, por dos francos suizos, pude hacerme con la aplicación de la versión digital en español de Ulises -el texto está completo pero no están registrados los datos del traductor, el año de la versión y demás datos que el lector agradece en todo tipo de publicación).
___________
The cats of Copenhagen
La versión de The Guardian sobre este asunto
"La imprenta Ithys Press publicó el cuento 'Los
Gatos de Copenhague' del reconocido autor irlandés".
"La Fundación James Joyce de Zúrich, propietaria del cuento inédito del escritor irlandés, ha recibido "con sorpresa y decepción" la publicación sin su aprobación de este texto por parte de una pequeña editorial irlandesa. ..."
Hace unos años a mi amigo Fritz Senn, director de esta institución, y, quizá, el mayor especialista en el orbe en la obra joyceana, regalé para el fondo de la biblioteca la edición ecuatoriana publicada por Libresa de "El gato y el diablo". No sé si los editores ecuatorianos procedieron como sus colegas de Ithys Press. Puede que ello no importe demasiado al estar publicado en español, en cuyo mercado las reglas funcionan de otra forma (por cierto, hace unos meses, por dos francos suizos, pude hacerme con la aplicación de la versión digital en español de Ulises -el texto está completo pero no están registrados los datos del traductor, el año de la versión y demás datos que el lector agradece en todo tipo de publicación).
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The cats of Copenhagen
La versión de The Guardian sobre este asunto
12.2.12
Hans Ulrich Obrist
En el mundo del arte, del más global, es él una figura referencial, una de las más destacadas entre los curadores de arte contemporáneo, esa profesión de límites inciertos y, como sucede con la de los poetas, bastante difícil de definir y, peor aún profundizar en su espectro.
En el entorno que vive, no por casualidad, su nombre suena a menudo. Hoy más que antes. Y ello es bueno pues, como los antiguos viajeros que se alejaban a tierras desconocidas para aparecer luego de meses, barbados, cansados y en sus mulas, sacos llenos de novedades, él, y con él, siempre la estela de la novedad, aparecerá a menudo en la prensa zuriquesa. El 2012, al menos entre los lectores de Das Magazin, la revista semanal del Tageanzeiger, publicará semanalmente textos suyos relacionados con lo que a él le mueve, las cosas de la vida expresadas de la manera menos esperada, las palabras seleccionadas de personajes insospechables con los que ha tenido el privilegio de tratar o admirar sus trabajos.
He aquí el enlace a esos textos variados y ricos: Das Magazin
En el entorno que vive, no por casualidad, su nombre suena a menudo. Hoy más que antes. Y ello es bueno pues, como los antiguos viajeros que se alejaban a tierras desconocidas para aparecer luego de meses, barbados, cansados y en sus mulas, sacos llenos de novedades, él, y con él, siempre la estela de la novedad, aparecerá a menudo en la prensa zuriquesa. El 2012, al menos entre los lectores de Das Magazin, la revista semanal del Tageanzeiger, publicará semanalmente textos suyos relacionados con lo que a él le mueve, las cosas de la vida expresadas de la manera menos esperada, las palabras seleccionadas de personajes insospechables con los que ha tenido el privilegio de tratar o admirar sus trabajos.
He aquí el enlace a esos textos variados y ricos: Das Magazin
26.9.11
Gustavo Salazar
La columna semanal que publica Don Jorge Salvador Lara en Diario El Comercio de Quito, tiene esta vez por tema la serie "Cuadernos A pie de página". Se trata de trabajos publicados en Madrid, en verdad, desconocidos por el público lector. La serie, que se mantiene abierta a sorpresas futuras, está conformada hasta ahora por tres cuadernos, dedicado cada uno a un escritor ecuatoriano nacido alrededor del 1900. Estos trabajos han sido imaginados, escritos, financiados y editados por Gustavo Salazar – su presentación en Quito, en el Centro Cultural Benjamín Carrión, me entero leyendo la nota, se ha llevado a cabo la semana pasada.
Reflexivo, admirativo, es el sumario que hace Don Jorge de estos cuadernos y, puesto que muy pocos lo saben, de las publicaciones todas hechas hasta la fecha por nuestro autor-editor. En conjunto, se trata de trabajos de naturaleza poco común en el medio, esencialmente investigativos, ricos en datos, amparados en documentos que han sido salvados de bibliotecas y archivos, muchas de las veces, insospechados, lejanos entre sí, casi imposibles de recavar o de imaginar siquiera su existencia como la de los mismos documentos. Los resultados, sea en forma de libro o de cuaderno, como es el caso de estos tres que motivan la nota, comparten una constante: portan siempre en sí algo nuevo, algún material descuidado por la crítica, desconocido en la academia, olvidado por la mala lectura de las generaciones de lectores ecuatorianos transcurridas en los últimos sesenta años. Sus apariciones tienen la rara cualidad de ampliar perspectivas, alterar puntos de vista y visiones conocidas de la vida y obra del autor que trata o, simple, contundentemente, la de presentarnos y devolvernos a un autor cuya valía había sido omitida por las instituciones académicas, como sería el caso de César E. Arroyo. Como se podrá comprobar a continuación, nada comunes son estas publicaciones en el entorno de la literatura ecuatoriana, y quiza por esto mismo, no valoradas como debieran serlo, como suguiere Don Jorge o, desde otra perspectiva y otro entorno, lo hace el académico escocés Niall Binns.
He leído con gusto las palabras que Don Jorge dedica a Gustavo en el espacio de su columna semanal. Hace un par de meses, con sorpresa, leí las que Niall Binns pronunciara en la presentación hecha en Madrid de estos mismos cuadernos. Los escrúpulos me han impuesto la costumbre de jamás juntar en uno el territorio literario con el de la justicia; sin embargo, si estos pudiesen coincidir alguna vez, intuyó que la sensación que se experimentaría sería similar a la que he sentido leyendo el texto que Niall Binns dedicará a los trabajos de Gustavo Salazar.
Cuadernos a pie de página 1: Pablo Palacio
Cuadernos a pie de página 2: César Arroyo
Cuadernos a pie de página 3: Gonzalo Zaldumbide
P.S. Simón Espinosa sobre GS en Diario Hoy en Agosto 2012
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Esta pequeña colección –porque si dos son pareja, tres son ya colección– se llama Cuadernos “A pie de página”. El título es curioso e intencionado. Dialoga, evidentemente, con las notas a pie de página que estamos acostumbrados a ver, y algunas veces a leer, en los libros eruditos. Pues en cierta medida, habría que leer estos tres cuadernos a pie de página como extensísimas notas a pie de página a todo lo que se ha dicho y todo lo que se ha escrito sobre Pablo Palacio, César E. Arroyo, y Gonzalo Zaldumbide.
Un prestigioso historiador de la Universidad de Princeton, Anthony Grafton, ha escrito un libro precisamente sobre el tema de las notas a pie de página. The Footnote. A curious history (1999), se llama, y ofrece, en efecto, una historia curiosa. Habla, por ejemplo, de la nota a pie de página más extensa de la historia, que va de la página 157 a la 322 en una historia del condado de Northumberland, publicada en 1840 por el inglés John Hodgson. 165 páginas de nota. Lo cierto, dice Anthony Grafton, es que la nota a pie de página se multiplica con las nuevas exigencias de rigor y objetividad que surgen con la modernidad. Se convierte en la marca inequívoca del investigador moderno, que considera su materia –aunque sea humanística: la historia o la filología– una ciencia. Es la herramienta que distingue al profesional del aficionado. Es la prueba de que el investigador ha hecho sus deberes, ha visitado los archivos necesarios, ha consultado los documentos clave, ha repasado exhaustivamente toda la bibliografía sobre el tema. Es la marca de su legitimidad, la garantía de su calidad.
La nota a pie de página puede ser, también, y así lo reconoce Grafton, algo antipático. Interrumpe el flujo de la lectura, obligando al lector a andar constantemente bajando y subiendo por la página, del texto a la nota, de la nota otra vez al texto: y luego ¿dónde estaba? ¿por dónde iba? Decía el dramaturgo inglés Noël Coward que leer una nota a pie de página es como cuando alguien toca el timbre mientras estás haciendo el amor, y tienes que levantarte de la cama, bajar por las escaleras, abrir la puerta, despachar a la visita, y cuando vuelves a subirte al dormitorio ya nada es igual. El historiador de Princeton ofrece otras analogías para señalar lo antipático que pueden ser las notas a pie de página. El zumbido de la erudición de las notas, dice, es como el chirrido de un taladro dental, algo molesto y persistente que hay que aguantar para que la ciencia funcione. O bien, dice Grafton: la nota a pie de página es tan fundamental a la vida civilizada como la alcantarilla. Sólo llama la atención cuando funciona mal, cuando la ciencia falla, cuando el investigador o el ingeniero no ha hecho sus tareas.
Creo que es en este sentido en el que hay que entender este título de Cuadernos “A Pie de Página”. Hay huecos, olvidos y tareas pendientes en lo que han escrito los investigadores sobre estos tres escritores ecuatorianos. Gustavo Salazar quiere suplir con su trabajo esas lagunas, esas fallas, esa falta –quizá– de rigor y objetividad, aportando una serie de documentos –artículos, reseñas, cartas y fotografías– que constituyen en su conjunto enormes y abigarradas notas a pie de página a lo que la crítica ha escrito sobre los tres autores.
Además, hay que decirlo, estos cuadernos son una prueba luminosa de que el rigor puede ser, no molesto ni antipático, sino realmente fascinante. Los textos reunidos en estos tres cuadernos permiten conocer, por una parte, el lado más humano de los escritores en su correspondencia con sus pares; permiten ver, en el caso de Arroyo y de Zaldumbide, el riquísimo diálogo que establecieron con grandes figuras de la intelectualidad española e hispanoamericana; y permiten conocer mejor el impacto de sus obras, tanto en Ecuador como en el resto del mundo hispano, mediante el intercambio epistolar y las reseñas de sus libros.
En este último cuaderno, me gustaría señalar algunas cosas que me han parecido particularmente interesantes. Están, por ejemplo, los dos pequeños textos sobre Zaldumbide de Rafael Cansinos Assens, maestro de la vanguardia en Madrid, que muestra que la relación entre los dos empezó con cierta frialdad, sobre todo –se intuye– por el atrevimiento que tuvo el ecuatoriano al matizar el valor de dos de sus libros: según Cansinos, Zaldumbide los encontró “demasiado modelados con piedras de la península”, demasiado “insulares”, y criticó en ellos la ausencia de la literatura extranjera. Es evidente que a Cansinos le desconcertó este hispanoamericano afrancesado, que lo visitó junto al venezolano Rufino Blanco Fombona. Así lo describía: “Este nuevo amigo, pequeñito, comedido, fino y lento, como metido en una urna de cristal finísimo, es todo lo contrario de este aborrascado Fombona y hace pensar en la América sin grandes volcanes, sin flora gigantesca ni largas tempestades, que es acaso la más verdadera América, pero que desencanta un poco”. Ese tipo de hombre frío y lleno de “prudente reserva”, que hablaba francés y tenía formación francesa, le resultaba muy ajeno a Cansinos y, sin duda, muy poco exótico... No obstante, a pesar de estas reticencias, es de reseñar que Cansinos no pudo dejar de elogiar la belleza y la inteligencia de los libros de Zaldumbide sobre Gabriel D’Annunzio y Henri Barbusse.
Cansinos no comulgaba, a nivel personal, con el galicismo mental de Zaldumbide, pero los hispanoamericanos que escribieron sobre él y su obra incidían una y otra vez en su calidez, y en la generosidad con la que los acogía en sus distintos destinos diplomáticos, desarmando así emocionalmente a los que llegaban –como el beligerante mexicano José Vasconcelos– cargados potencialmente de discrepancias y de antagonismo intelectual. Así, el colombiano Alejandro Vallejo, que lo entrevistó en 1927, comentaba hacia el final de su texto: “Gonzalo Zaldumbide es un hombre de una gran simpatía y una gran gentileza. Aunque no siempre sus palabras convencen, y a veces se siente uno al otro extremo de sus opiniones, no he querido yo discutirle. Primero porque no ha sido a discutir que yo he venido sino a tomarle opiniones para el público más que para mí. Pero sobre todo porque es tan cordial, tan extremadamente cordial, el ambiente en la casa de Zaldumbide, que una opinión contraria, aun sobre las más abstractas cuestiones, tendría allí cara de mal huésped”.
Muchos de los grandes intelectuales hispanoamericanos del comienzo del siglo compartían esta admiración hacia Zaldumbide. En este libro de Gabriel Salazar se encuentran los testimonios de José Enrique Rodó –sobre el que el ecuatoriano escribió uno de sus libros centrales–, y de muchos de los llamados “arielistas”: Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos, los hermanos Francisco y Ventura García Calderón. Zaldumbide es, con ellos, uno de los fundadores del pensamiento hispanoamericano moderno.
Por otra parte, están también en este cuaderno los comentarios sobre la obra de Zaldumbide, más matizados y marcados irremediablemente –como señala Gustavo Salazar en su prefacio– por sus diferencias ideológicas, de ecuatorianos como Joaquín Gallegos Lara, Alfredo Pareja Diezcanseco, Jorge Carrera Andrade y Humberto Salvador.
Antes de terminar, me gustaría señalar tres momentos que me parecen de un interés muy especial en este cuaderno. En primer lugar, el intercambio epistolar con Gabriela Mistral, que le pidió un prólogo para su libro Tala: un libro central, sin duda, en la decisión de concederle el Premio Nóbel en 1945. El libro de la Mistral se publicó al final sin prólogo, pero el simple hecho de pedírselo es una muestra en sí de la enorme estima que tenía la chilena por Zaldumbide. En segundo lugar, se reproduce aquí una poco conocida entrevista que le hizo en 1924 el gran César Vallejo, curiosa sobre todo por la forma lacónica y tartamudeante en que el poeta peruano articula su discurso. Y luego está la entrevista ya mencionada, del otro Vallejo –el colombiano Alejandro Vallejo–, en la que Zaldumbide toca temas centrales en sus ensayos –como el americanismo literario, que le parece una ridiculez, y el “descastamiento”– pero los toca, hablando, con un desparpajo muy entrañable. Daré un solo ejemplo. Cuando el colombiano le pregunta si cree que Rodó “ha calado en América” y si se han escuchado las palabras de Ariel, Zaldumbide responde lo siguiente:
Se trata, no cabe duda, de una perspectiva ajena a las ideas dominantes sobre la identidad hispanoamericana, y su conservadurismo y su extranjerismo bastan en sí para entender por qué Zaldumbide fue un autor incómodo para la mayoría de los intelectuales ecuatorianos del siglo XX. Sólo diría –para establecer un vínculo dentro de una nutrida línea de ensayistas conservadores–, que tienen mucho que ver estas palabras con un ensayo del chileno Jorge Edwards, titulado “La culpa de Rodó”, que cuenta precisamente lo que dice Zaldumbide, y critica en Hispanoamérica el exceso de idealismo, de vaguedad, de autocomplacencia y de palabrería.
Recordemos, para terminar, las palabras de Francis Bacon: “Some books are to be tasted, others to be swallowed, and some few to be chewed and digested”. Algunos libros son para probarlos, otros para devorarlos y unos pocos para masticarlos y digerirlos. Pues yo os recomiendo, con mucho fervor, el muy rico alimento de estos tres cuadernos “a pie de página” de Gustavo Salazar.
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Reflexivo, admirativo, es el sumario que hace Don Jorge de estos cuadernos y, puesto que muy pocos lo saben, de las publicaciones todas hechas hasta la fecha por nuestro autor-editor. En conjunto, se trata de trabajos de naturaleza poco común en el medio, esencialmente investigativos, ricos en datos, amparados en documentos que han sido salvados de bibliotecas y archivos, muchas de las veces, insospechados, lejanos entre sí, casi imposibles de recavar o de imaginar siquiera su existencia como la de los mismos documentos. Los resultados, sea en forma de libro o de cuaderno, como es el caso de estos tres que motivan la nota, comparten una constante: portan siempre en sí algo nuevo, algún material descuidado por la crítica, desconocido en la academia, olvidado por la mala lectura de las generaciones de lectores ecuatorianos transcurridas en los últimos sesenta años. Sus apariciones tienen la rara cualidad de ampliar perspectivas, alterar puntos de vista y visiones conocidas de la vida y obra del autor que trata o, simple, contundentemente, la de presentarnos y devolvernos a un autor cuya valía había sido omitida por las instituciones académicas, como sería el caso de César E. Arroyo. Como se podrá comprobar a continuación, nada comunes son estas publicaciones en el entorno de la literatura ecuatoriana, y quiza por esto mismo, no valoradas como debieran serlo, como suguiere Don Jorge o, desde otra perspectiva y otro entorno, lo hace el académico escocés Niall Binns.
He leído con gusto las palabras que Don Jorge dedica a Gustavo en el espacio de su columna semanal. Hace un par de meses, con sorpresa, leí las que Niall Binns pronunciara en la presentación hecha en Madrid de estos mismos cuadernos. Los escrúpulos me han impuesto la costumbre de jamás juntar en uno el territorio literario con el de la justicia; sin embargo, si estos pudiesen coincidir alguna vez, intuyó que la sensación que se experimentaría sería similar a la que he sentido leyendo el texto que Niall Binns dedicará a los trabajos de Gustavo Salazar.
Cuadernos a pie de página 1: Pablo Palacio
Cuadernos a pie de página 2: César Arroyo
Cuadernos a pie de página 3: Gonzalo Zaldumbide
P.S. Simón Espinosa sobre GS en Diario Hoy en Agosto 2012
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Gustavo Salazar y sus Cuadernos “a pie de
página”: Gonzalo Zaldumbide
Niall Binns
Cuando conocí en Madrid, hace cuatro años, al
novelista Javier Vásconez, me habló de un sabio que trabajaba en el Consulado
de Ecuador. Tardaría un par de años en conocerlo en persona. Se refería, por
supuesto, a Gustavo Salazar, el cerebro y el autor de estos cuadernos. Después
de los libros anteriores, dedicados a Pablo Palacio y César E. Arroyo, esta
misma semana Gustavo ha publicado su nueva entrega sobre el notable ensayista
Gonzalo Zaldumbide.
Esta pequeña colección –porque si dos son pareja, tres son ya colección– se llama Cuadernos “A pie de página”. El título es curioso e intencionado. Dialoga, evidentemente, con las notas a pie de página que estamos acostumbrados a ver, y algunas veces a leer, en los libros eruditos. Pues en cierta medida, habría que leer estos tres cuadernos a pie de página como extensísimas notas a pie de página a todo lo que se ha dicho y todo lo que se ha escrito sobre Pablo Palacio, César E. Arroyo, y Gonzalo Zaldumbide.
Un prestigioso historiador de la Universidad de Princeton, Anthony Grafton, ha escrito un libro precisamente sobre el tema de las notas a pie de página. The Footnote. A curious history (1999), se llama, y ofrece, en efecto, una historia curiosa. Habla, por ejemplo, de la nota a pie de página más extensa de la historia, que va de la página 157 a la 322 en una historia del condado de Northumberland, publicada en 1840 por el inglés John Hodgson. 165 páginas de nota. Lo cierto, dice Anthony Grafton, es que la nota a pie de página se multiplica con las nuevas exigencias de rigor y objetividad que surgen con la modernidad. Se convierte en la marca inequívoca del investigador moderno, que considera su materia –aunque sea humanística: la historia o la filología– una ciencia. Es la herramienta que distingue al profesional del aficionado. Es la prueba de que el investigador ha hecho sus deberes, ha visitado los archivos necesarios, ha consultado los documentos clave, ha repasado exhaustivamente toda la bibliografía sobre el tema. Es la marca de su legitimidad, la garantía de su calidad.
La nota a pie de página puede ser, también, y así lo reconoce Grafton, algo antipático. Interrumpe el flujo de la lectura, obligando al lector a andar constantemente bajando y subiendo por la página, del texto a la nota, de la nota otra vez al texto: y luego ¿dónde estaba? ¿por dónde iba? Decía el dramaturgo inglés Noël Coward que leer una nota a pie de página es como cuando alguien toca el timbre mientras estás haciendo el amor, y tienes que levantarte de la cama, bajar por las escaleras, abrir la puerta, despachar a la visita, y cuando vuelves a subirte al dormitorio ya nada es igual. El historiador de Princeton ofrece otras analogías para señalar lo antipático que pueden ser las notas a pie de página. El zumbido de la erudición de las notas, dice, es como el chirrido de un taladro dental, algo molesto y persistente que hay que aguantar para que la ciencia funcione. O bien, dice Grafton: la nota a pie de página es tan fundamental a la vida civilizada como la alcantarilla. Sólo llama la atención cuando funciona mal, cuando la ciencia falla, cuando el investigador o el ingeniero no ha hecho sus tareas.
Creo que es en este sentido en el que hay que entender este título de Cuadernos “A Pie de Página”. Hay huecos, olvidos y tareas pendientes en lo que han escrito los investigadores sobre estos tres escritores ecuatorianos. Gustavo Salazar quiere suplir con su trabajo esas lagunas, esas fallas, esa falta –quizá– de rigor y objetividad, aportando una serie de documentos –artículos, reseñas, cartas y fotografías– que constituyen en su conjunto enormes y abigarradas notas a pie de página a lo que la crítica ha escrito sobre los tres autores.
Además, hay que decirlo, estos cuadernos son una prueba luminosa de que el rigor puede ser, no molesto ni antipático, sino realmente fascinante. Los textos reunidos en estos tres cuadernos permiten conocer, por una parte, el lado más humano de los escritores en su correspondencia con sus pares; permiten ver, en el caso de Arroyo y de Zaldumbide, el riquísimo diálogo que establecieron con grandes figuras de la intelectualidad española e hispanoamericana; y permiten conocer mejor el impacto de sus obras, tanto en Ecuador como en el resto del mundo hispano, mediante el intercambio epistolar y las reseñas de sus libros.
En este último cuaderno, me gustaría señalar algunas cosas que me han parecido particularmente interesantes. Están, por ejemplo, los dos pequeños textos sobre Zaldumbide de Rafael Cansinos Assens, maestro de la vanguardia en Madrid, que muestra que la relación entre los dos empezó con cierta frialdad, sobre todo –se intuye– por el atrevimiento que tuvo el ecuatoriano al matizar el valor de dos de sus libros: según Cansinos, Zaldumbide los encontró “demasiado modelados con piedras de la península”, demasiado “insulares”, y criticó en ellos la ausencia de la literatura extranjera. Es evidente que a Cansinos le desconcertó este hispanoamericano afrancesado, que lo visitó junto al venezolano Rufino Blanco Fombona. Así lo describía: “Este nuevo amigo, pequeñito, comedido, fino y lento, como metido en una urna de cristal finísimo, es todo lo contrario de este aborrascado Fombona y hace pensar en la América sin grandes volcanes, sin flora gigantesca ni largas tempestades, que es acaso la más verdadera América, pero que desencanta un poco”. Ese tipo de hombre frío y lleno de “prudente reserva”, que hablaba francés y tenía formación francesa, le resultaba muy ajeno a Cansinos y, sin duda, muy poco exótico... No obstante, a pesar de estas reticencias, es de reseñar que Cansinos no pudo dejar de elogiar la belleza y la inteligencia de los libros de Zaldumbide sobre Gabriel D’Annunzio y Henri Barbusse.
Cansinos no comulgaba, a nivel personal, con el galicismo mental de Zaldumbide, pero los hispanoamericanos que escribieron sobre él y su obra incidían una y otra vez en su calidez, y en la generosidad con la que los acogía en sus distintos destinos diplomáticos, desarmando así emocionalmente a los que llegaban –como el beligerante mexicano José Vasconcelos– cargados potencialmente de discrepancias y de antagonismo intelectual. Así, el colombiano Alejandro Vallejo, que lo entrevistó en 1927, comentaba hacia el final de su texto: “Gonzalo Zaldumbide es un hombre de una gran simpatía y una gran gentileza. Aunque no siempre sus palabras convencen, y a veces se siente uno al otro extremo de sus opiniones, no he querido yo discutirle. Primero porque no ha sido a discutir que yo he venido sino a tomarle opiniones para el público más que para mí. Pero sobre todo porque es tan cordial, tan extremadamente cordial, el ambiente en la casa de Zaldumbide, que una opinión contraria, aun sobre las más abstractas cuestiones, tendría allí cara de mal huésped”.
Muchos de los grandes intelectuales hispanoamericanos del comienzo del siglo compartían esta admiración hacia Zaldumbide. En este libro de Gabriel Salazar se encuentran los testimonios de José Enrique Rodó –sobre el que el ecuatoriano escribió uno de sus libros centrales–, y de muchos de los llamados “arielistas”: Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos, los hermanos Francisco y Ventura García Calderón. Zaldumbide es, con ellos, uno de los fundadores del pensamiento hispanoamericano moderno.
Por otra parte, están también en este cuaderno los comentarios sobre la obra de Zaldumbide, más matizados y marcados irremediablemente –como señala Gustavo Salazar en su prefacio– por sus diferencias ideológicas, de ecuatorianos como Joaquín Gallegos Lara, Alfredo Pareja Diezcanseco, Jorge Carrera Andrade y Humberto Salvador.
Antes de terminar, me gustaría señalar tres momentos que me parecen de un interés muy especial en este cuaderno. En primer lugar, el intercambio epistolar con Gabriela Mistral, que le pidió un prólogo para su libro Tala: un libro central, sin duda, en la decisión de concederle el Premio Nóbel en 1945. El libro de la Mistral se publicó al final sin prólogo, pero el simple hecho de pedírselo es una muestra en sí de la enorme estima que tenía la chilena por Zaldumbide. En segundo lugar, se reproduce aquí una poco conocida entrevista que le hizo en 1924 el gran César Vallejo, curiosa sobre todo por la forma lacónica y tartamudeante en que el poeta peruano articula su discurso. Y luego está la entrevista ya mencionada, del otro Vallejo –el colombiano Alejandro Vallejo–, en la que Zaldumbide toca temas centrales en sus ensayos –como el americanismo literario, que le parece una ridiculez, y el “descastamiento”– pero los toca, hablando, con un desparpajo muy entrañable. Daré un solo ejemplo. Cuando el colombiano le pregunta si cree que Rodó “ha calado en América” y si se han escuchado las palabras de Ariel, Zaldumbide responde lo siguiente:
Mejor que no... en ese concreto
punto de Ariel. Es un
reparo que tal vez no se le ha hecho a Rodó. Ese exceso de idealismo del Ariel estaba bueno para predicárselo a pueblos
fenicios, a masas de traficantes. Por eso el Ariel debió escribirse en inglés, o mejor en yanqui. En los
Estados Unidos hubiera estado muy bien. Pero a nosotros nos conviene lo
contrario. Nuestras pequeñas repúblicas están pobladas de soñadores. Somos
pueblos perezosos, enamorados de las quimeras, de manera que predicarnos más
idealismo era inyectarnos la pereza, la inacción, el sopor que de sobra
tenemos. A nosotros, se nos debe predicar lo contrario, el amor a la tierra
sobre todo... Yo creo que el enriquecerse no es inmoral. La riqueza trae el
bien. La necesidad más urgente para Hispano América es una instalación de
material firme. Después vendrá lo demás. Siempre nos quedarán poetas de sobra.
Los poetas no se mueren. Si el salchichero vive, el poeta puede vivir. Pero si
el salchichero muere, ¿quién alimenta al poeta? Para ser idealista con eficacia
hay que ser rico o fuerte.
Se trata, no cabe duda, de una perspectiva ajena a las ideas dominantes sobre la identidad hispanoamericana, y su conservadurismo y su extranjerismo bastan en sí para entender por qué Zaldumbide fue un autor incómodo para la mayoría de los intelectuales ecuatorianos del siglo XX. Sólo diría –para establecer un vínculo dentro de una nutrida línea de ensayistas conservadores–, que tienen mucho que ver estas palabras con un ensayo del chileno Jorge Edwards, titulado “La culpa de Rodó”, que cuenta precisamente lo que dice Zaldumbide, y critica en Hispanoamérica el exceso de idealismo, de vaguedad, de autocomplacencia y de palabrería.
Me gustaría terminar celebrando en Gustavo Salazar su
envidiable sabiduría. Cada vez que converso con él vuelvo a casa con una nota
mental de al menos media docena de libros que necesito, urgentemente, leer.
Admiro su rigor, admiro esa labor detectivesca y sin duda obsesiva de ir
peinando hemerotecas, registrando archivos, en busca de la siempre elusiva carta,
libro o artículo. Y admiro su pasión, su hambre de conocimientos. Es un
verdadero bibliófilo, o bien –podemos decirlo así, reivindicando la imagen–, un
ratón de biblioteca, y en
eso creo que me reconozco, por lo menos en parte, en él. Un ratón de biblioteca
o como decimos en inglés, un bookworm: un gusano del libro. Qué curioso, cómo los enemigos
del libro –los que miran con ojos suspicaces al que ha leído demasiado, al que
sabe demasiado– han fijado en el imaginario popular estas imágenes. Porque los
pequeños roedores y los insectos –gusanos, polillas, carcoma, pececitos de
plata, termitas, se alimentan del libro destruyéndolos. En cambio, el ratón de
biblioteca, el gusano de libros, se alimenta de libros para dar luz a otros nuevos
libros.
Recordemos, para terminar, las palabras de Francis Bacon: “Some books are to be tasted, others to be swallowed, and some few to be chewed and digested”. Algunos libros son para probarlos, otros para devorarlos y unos pocos para masticarlos y digerirlos. Pues yo os recomiendo, con mucho fervor, el muy rico alimento de estos tres cuadernos “a pie de página” de Gustavo Salazar.
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8.8.11
El sistema económico creativo de Gabriel Orozco
En no pocos asuntos de la vida pública –bueno, digamos más bien, en muchas fascetas de la comunicación – me es difícil no usurpar el título que Raymon Carver diera a uno de sus libros de relatos: De qué hablamos cuando hablamos de amor (What we Talk About When We Talk About Love ). Suelo asociar este enunciado, sobre todo, cuando leo comentarios y crónicas que reseñan exposiciones, obras de arte y posiciones artísticas. Los términos arte y arte contemporáneo, al menos en este plano, remplazan con holgura el término exasperado de Carver: ¿De qué hablamos cuando hablamos de arte contemporáneo?
Sí, hablamos de ello mismo, de lo uno y lo otro, de los límites definidos del primero y del todo vale del segundo, centellante en sus mejores momentos pero por lo general indiferente y, en gesto de fortaleza, desmemoriado. El arte sopesa y, amparado en códigos memoriosos, sospecha del desparpajo y las formas del segundo. El arte contemporáneo ríe, sonríe, coquetea, apurando los momentos, se va para aparecer en otro sitio con otro ropaje. Casi todo le vale lo mismo, salvo el precio y el valor de obras que ascienden a los cielos vistosas y fulgurantes, para esparcirse luego en guijarros ciegos por la noche infinita, sin dejar más pista que el recuerdo de su fulgor.
A pesar de la transparencia, la calidad y las demasiadas luces, no es fácil ver. No al menos palpar con los sentidos en pleno lo que se nos muestra como arte sin tener la impresión del embauco. Por ello me gusta escuchar, leer las palabras de los artistas, para, si no disipar mis dudas todas, darme apoyos para entender lo que voy viendo o no perderme del todo. En esas he estado o estoy siempre: en estas acabo de dar con una entrevista hecha a Gabriel Orozco hace poco, a propósito de las exposiciones antológicas de su obra expuestas en el Moma de Nueva York, el Centre Georges Pompidou de París, el Kunstmuseum de Basilea y la Tate Modern de Londres. Visité la muestra de Basilea curada por Bernhard Mendes Bürgi en abril del 2010. Ví entonces obras que no había visto antes, volví a encontrarme con otras, eché en falta algunas – por ejemplo la serie de videos hechos en Super8. Salí de la muestra alegre y falto de palabras. No supe cómo asirla en términos que fueran más alla de la impresión grata. Y continué mi camino, me fui por los días y las noches y otras muestras y olvidé valorar lo que allí ví. Hoy, repasando Letras Libres, doy con esta entrevista que, a riesgo de parecer excesivamente técnica, ha logrado aclarar mi visión de entonces.
Entrevista con Gabriel Orozco
Sí, hablamos de ello mismo, de lo uno y lo otro, de los límites definidos del primero y del todo vale del segundo, centellante en sus mejores momentos pero por lo general indiferente y, en gesto de fortaleza, desmemoriado. El arte sopesa y, amparado en códigos memoriosos, sospecha del desparpajo y las formas del segundo. El arte contemporáneo ríe, sonríe, coquetea, apurando los momentos, se va para aparecer en otro sitio con otro ropaje. Casi todo le vale lo mismo, salvo el precio y el valor de obras que ascienden a los cielos vistosas y fulgurantes, para esparcirse luego en guijarros ciegos por la noche infinita, sin dejar más pista que el recuerdo de su fulgor.
A pesar de la transparencia, la calidad y las demasiadas luces, no es fácil ver. No al menos palpar con los sentidos en pleno lo que se nos muestra como arte sin tener la impresión del embauco. Por ello me gusta escuchar, leer las palabras de los artistas, para, si no disipar mis dudas todas, darme apoyos para entender lo que voy viendo o no perderme del todo. En esas he estado o estoy siempre: en estas acabo de dar con una entrevista hecha a Gabriel Orozco hace poco, a propósito de las exposiciones antológicas de su obra expuestas en el Moma de Nueva York, el Centre Georges Pompidou de París, el Kunstmuseum de Basilea y la Tate Modern de Londres. Visité la muestra de Basilea curada por Bernhard Mendes Bürgi en abril del 2010. Ví entonces obras que no había visto antes, volví a encontrarme con otras, eché en falta algunas – por ejemplo la serie de videos hechos en Super8. Salí de la muestra alegre y falto de palabras. No supe cómo asirla en términos que fueran más alla de la impresión grata. Y continué mi camino, me fui por los días y las noches y otras muestras y olvidé valorar lo que allí ví. Hoy, repasando Letras Libres, doy con esta entrevista que, a riesgo de parecer excesivamente técnica, ha logrado aclarar mi visión de entonces.
Entrevista con Gabriel Orozco
"El artista se posiciona con su obra entre las distintas fuerzas sociales y establece una estrategia de acción. Y en el establecimiento de su sistema económico, creativo y productivo está el germen de la distribución social de su trabajo. La posición del artista en el mercado, así como en lo político y en lo social, es resultado de la economía originaria de su trabajo como sistema de producción. Para mí fue muy importante entender esto y me parece indispensable para analizar cualquier tipo de arte que esté generando un diálogo público en el mundo del arte o en la academia, la vida política, la moda o el espectáculo. El sistema económico creativo que le dio origen a mis primeras prácticas ha generado su propia inercia de tránsito por diversos circuitos de intercambio social." G.O.
11.7.11
El arte quiteño
Crecimos con los cables cruzados. Lo tuvimos siempre al frente pero nos llegó de oídas. Las frases que van en una dirección se cruzan con conceptos que vienen de la otra, de otras partes, con vocablos que dan vueltas, sobrevuelan, se desplazan, borbotean sobre esa edad específica del arte que vivió este entorno social que hoy es la capital de los ecuatorianos: la Escuela de Quito, la Escuela Quiteña, el arte barroco andino, los maestros invisibles, anónimos, la colonia, el arte colonial, el catolicismo ortodoxo, la expresión, el Expresionismo, los mundos cerrados, jerarquizados en los que los artistas y artesanos pintaron, tallaron y cifraron cuidadosamente su huella, la de su huida – de la época que les tocó vivir, de las condiciones que les fueron impuestas para, a pesar de ello, dar forma a su arte. Fue todo un tiempo cuya hechura no ha dejado de perseguirnos quizá porque nos sugiere, nos habla e increpa.
Las obras de estos maestros las vimos de niños, adolescentes o jóvenes. Entrar a una iglesia era lo más normal del mundo, era como ver pasear un perro por una esquina. Por tanto, el recuerdo de lo visto, indiferente o referencial, ha estado siempre implícito en nuestros relatos, nos ha seguido por los años como un interrogante o, mejor, como la respuesta ejemplar a una pregunta que no acaba de escribirse porque no atinamos con la palabras que reflejen cuanto está ante nosotros.
Es la mañana de lunes 11 y estamos a punto de salir al convento de Santa Clara a ver la Exposición "El Arte Barroco de Quito". Voy preparado para ese encuentro. Ya compartiré mis impresiones de ello.
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Gloria del cielo en el arte de Quito
Sobre los constructores de la vieja ciudad
Escuela Quiteña
1.7.11
Yo aventuro una respuesta mejor que la suya
Desde el pasado jueves estoy en Quito, de paso. Vuelvo a esta ciudad que la identifíco también como mía –soy de Riobamba– a los dos años. Salvo por teléfono, no he podido aún saludar personalmente a mis amigos, a los que veré en los días que vienen. Un compromiso, por suerte, depachado ya, más minucias previstas e inesperadas, se han apropiado de casi todas mis horas. Sin embargo, entre salto y sentada, hojeo la prensa impresa, la que de normal leo a través de la red. Y en la del pasado domingo encontré algo que me llamó la atención, en el suplemento Familia de Diario El Comercio. Es un texto de preguntas planteadas por Doña Laura Jarrín que se cierra con una respuesta sugerida que a mi no convence del todo. Como el texto es corto, lo copio, y a continuación anoto mi respuesta – que en verdad no es mía, pues se trata de un verso dicho por un poeta nuestro, Paco Benavides. Entonces:
Yo me pregunto...¿Por
qué es tan difícil llegar a acuerdos? ¿Por qué nos molesta tanto
perder? ¿Por qué no podemos ceder jamás? ¿Por qué nos cuesta tanto
perdonar? ¿Por qué no podemos decir lo que sentimos? ¿Por qué no
aceptamos lo que nos dicen? ¿Por qué si nos gusta tanto criticar no
podemos soportar la crítica? ¿Por qué culpamos a diestra y siniestra
pero jamás aceptamos la culpa propia? ¿Por qué hablamos mal del prójimo
pero nos enferma saber que alguien habla mal de nosotros? ¿Por qué
mentimos sin rubor pero nos enojamos cuando nos damos cuenta de que
alguien nos mintió? ¿Por qué damos consejos que no nos piden pero nos
exaspera que alguien nos sugiera algo? ¿Por qué exigimos que nos crean
pero no confiamos en nada de lo que nos dicen? ¿Por qué culpamos al
resto de lo que nos sucede pero somos incapaces de aceptar nuestros
errores? ¿Por qué, como dice ese sabio refrán, vemos siempre la paja en
el ojo ajeno pero jamás la viga en el propio? ¿Es acaso nuestro ego el
que impide que razonemos y aceptemos que somos simples mortales con
fortalezas y debilidades, con aciertos y desaciertos?¿O se trata en el
fondo de un complejo de inferioridad que nos agobia de manera tal que
logra desubicarnos? "Vanidad de vanidades, todo es vanidad", esta cita
del Libro de la Eclesiastés pudiera ser la respuesta.
La respuesta del poeta sería esta: Porque a mi me gusta hacer a los demás lo que no me gusta que los demás hagan conmigo.
28.2.11
22.1.11
Bill Viola
En el especial de Babelia por sus primeros 20 años, hay una serie de textos de lo más interesantes. Cada una de sus secciones, de sus convidados, desde su particular ámbito, celebra el tiempo transcurrido de este publicación dedicada a las letras y las artes echando una mirada al camino recorrido.
Mi lectura se detiene con especial interés en un texto del artista newyorkino Bill Viola, reflexivo y transparente. Admiro mucho sus trabajos; para el camino que hay que recorrer como público impenitente los considero propicios, pues nos sirven como referencia crucial para no perder el paso mientras nos adentramos por entre la selva, la inaudita selva de imágenes que poblan las horas de cualquier mortal conectado o desconectado a la hora del reloj planetario.
Cuando ví por primera vez uno de sus vídeos (Ancient of days, 1979), sin saber quién lo había imaginado y tramado y, peor aún, sospechar de la trayectoria de su creador, quedé punzado, perturbado y curioso por saber más de esa obra y el artista que la había imaginado o, sencilamente, en su busqueda, dado con ella: era la calidad de las imágenes y el tempo de la obra, su manera de contradecir el fluido temporal pero para volver sobre él pletórico de sospechas y sugerencias. Entonces, recuerdo, quedé ecantado como un niño feliz: había dado con una mina insospechada, una ruta, una posibilidad que me expresaba mientras miraba, mientrás intentaba adentrame, primero con los meros sentidos, luego con un vocabulario forzado de urgencia por entre sus segundos dilatados, sus imágenes tan perfectas como fantasmagóricas.
Viola no es un desconocido, no está demás, sin embargo, volverlo a visitar. Su texto magnífico nos da esa oportunidad. Y de paso, un video que nos resume su vida en 60 segundos:
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Página oficial de Bill Viola
Mi lectura se detiene con especial interés en un texto del artista newyorkino Bill Viola, reflexivo y transparente. Admiro mucho sus trabajos; para el camino que hay que recorrer como público impenitente los considero propicios, pues nos sirven como referencia crucial para no perder el paso mientras nos adentramos por entre la selva, la inaudita selva de imágenes que poblan las horas de cualquier mortal conectado o desconectado a la hora del reloj planetario.
Cuando ví por primera vez uno de sus vídeos (Ancient of days, 1979), sin saber quién lo había imaginado y tramado y, peor aún, sospechar de la trayectoria de su creador, quedé punzado, perturbado y curioso por saber más de esa obra y el artista que la había imaginado o, sencilamente, en su busqueda, dado con ella: era la calidad de las imágenes y el tempo de la obra, su manera de contradecir el fluido temporal pero para volver sobre él pletórico de sospechas y sugerencias. Entonces, recuerdo, quedé ecantado como un niño feliz: había dado con una mina insospechada, una ruta, una posibilidad que me expresaba mientras miraba, mientrás intentaba adentrame, primero con los meros sentidos, luego con un vocabulario forzado de urgencia por entre sus segundos dilatados, sus imágenes tan perfectas como fantasmagóricas.
Viola no es un desconocido, no está demás, sin embargo, volverlo a visitar. Su texto magnífico nos da esa oportunidad. Y de paso, un video que nos resume su vida en 60 segundos:
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Página oficial de Bill Viola
4.1.11
The Future of Art
Ha visto alguién ya este documental? Si no, a seguirle la pista, es prescindible desde luego, pero vale tomarlo en cuenta para tener una idea de esa vistuosa ruta que recorren muchos artistas y sirve de referencia a otros, sinde jar de ser exactamente eso, una ruta más.
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El sábado 21 de octubre no llegó al quiosco de mi barrio, donde lo tengo reservado, El País de ese día —que es el que trae Babelia, el suple...
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Nací en Estambul en 1985, en una ciudad que respiraba historia mientras se transformaba en metrópolis digital. Desde niño, me fascinó ese di...




