6.4.10

HOLALA

A propósito de palabras dispuestas visualmente, el pasado 17 de marzo, salió a remate el poema-collage, "HOLALA", de Herta Müller.
Apoyando una buena causa, la de la organización Human Rights Watch, este texto espaciado a pesar de sus medidas (10 x 15 cm), arrancó la puja sobre una base de 500 Euros. Al final pagarón por él 13000 Euros (estoy seguro que si lo hubiese rematado una de las dos casas más afamadas en jugar con el martillo, el costo del poema habría deslizado por lo menos un cero más a la derecha- nada le pide a los collages textiles de Tracey Emin).
Esto aparte, en este caso, me gustan los tipos dispuestos, las palabras tejidas amparadas en lo visual:
Holala, ni una vez
sabe la Frida lo que
el día toma de
ella hasta (que)
viene el pájaro
y maulla hasta (que)
viene la gata y canta
y de sopetón
espolvea la canela

(¿puede alguien ayudarme con la traducción? im Abwärtsstrudel me da complicaciones)

5.4.10

Jenny Holzer: una relectura


El noviembre pasado, hasta el 24 de enero de este año, en Basilea, fue posible apreciar los trabajos de Jenny Holzer (1950), una de las más destacadas artistas de la actualidad. La muestra se llevó a cabo en la Fondation Beyeler, en cuyos espacios se expusieron también sus pinturas, esculturas, y claro, sus LED-displayed, que entre su producción, son los que, dando continuidad a un proyecto iniciado decadas atrás, sobresalen y definen a la artista que, en 1990 ganara el León de Oro de la Bienal de Venecia - letras, tipos de letras múltiples, textos que son versos, que no son versos, que conforman frases, ingeniosas si alcanzamos a descifrar su sentido, si logramos embarcarnos en el juego, en el fuego entrecruzado de palpitantes luces que cambian y distraen y exasperan con su ritmo y hacen que, instintivamente, el ojo aparte la atención de la particularidad del soporte y centre su busca en el sentido de la frase, del pensamiento realzado con tanta luminosidad y velocidad.

Paralela a esta muestra se proyectaron en lugares públicos de Basilea y Zúrich, sobre fachadas de edificios, textos de la poeta polaca, premio Nobel, Wisawa Szymborska - los texto que pude ver, al menos en Zúrich, bajo el cielo invernal traían ciertamente algo de luz pero, eso justamente, sólo los ví, no los pude leer - o quiza, a causa del formato, me negue a leerlos.

He recordado a esta artista y sus trabajos a propósito de un texto interesantantísimo sobre este arte ponderado y aplaudido por doquier aparecido en el Times de Londrés y traducido con premura por ADNCultur en su edición última.

25.2.10

Bloomsbury

En el tren que nos lleva desde el aeropuerto de Heathrow hasta Russell Square veo a una chica hipnotizada por las páginas de un libro. Me sorprende pero no demasiado pues he alcanzado a reconocer la portada que muestra su título y el nombre del autor: se trata de la versión inglesa –hermosa– de „Los hombres que no amaban a las mujeres“ de Stieg Larsson. Me alegra haberla descubierto en ese gesto. Ella es para mí una desconocida total, un planeta de otra galaxia, pero sé, sin que ella lo sospeche una millonésima de segundo siquiera, que esta noche y los próximos días no podrá dormir del todo tranquila; no al menos hasta terminar la lectura de ese libro y los dos que conforman la Trilogía Millennium (pobre, quizá no sabe aún que para leer el tercer tomo „La reina en el palacio de las corrientes de aire“ deberá esperar hasta mayo 2010 – cosa extraña en lengua inglesa, esta vez desfazada con lo sucedido en la francesa, italiana, alemana, española y la larga lista de idiomas por los que se han desparramado ya, completamente, las vidas y milagros de Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist).

A la salida de la estación de Russell Square nos aguarda una garúa. Es leve, desistimos de los paraguas y nos enrumbamos por Marchmont Street hasta nuestro hotel, el Harlingford, a sólo 300 metros de donde acabamos de salir. Sé que estamos en el barrio que hiciera célebre Virginia Woolf a inicios del siglo pasado, el Bloomsbury, el mismo que diera nombre al grupo que ella, su hermana, otros intelectuales y artistas conformaran para sortear los pesados modos victorianos, para repensar y replantear las prácticas literarias y artísticas. Sé de antemano que parte importante de ese grupo fue John Maynar Keynes, economista (como pocos, atravezado, a lo mejor iluminado, por los discursos literarios y artísticos, por regla común, ajenos, o más bien opuestos a los profesionales de esta ciencia social de la que, sin mucho optimismo, también formo parte). Y se nos fue la tarde y la noche.


Pero hoy, luego de la visita obligada a la Tate modern (eso es otra historia) y el devaneo encantado por calles y buses, por negocios y la red subterranéa de trenes, regresamos de nuevo al hotel, a paso distraído, a pesar de la garúa. En el camino hemos pescado dos direcciones, sorpresas, sobre todo la una, que nos recuerda a la canción cantada por el Jefe, Daniel Santos „La escuela de la vida“.


Pues sí, sin que mujer o yo nos hubiésemos propuesto, „The School of Life“, ese interesantísimo proyecto desarrollado por Alain de Botton, imitado con razón en Zúrich por la gente del Magazin del Tagesanzeiger y el teatro Neuemarkt, comentado con detalle en las páginas del semanario „Die Zeit“, y hace poco en las de El País, está ubicado casí al frente de nuestro hotel, a 50 metros. Hemos pasado para visitarlo (a las 18.30) pero no pudimos ingresar pues el horario al público va hasta las 18.00 horas (pero dentro, en los salone de atrás, había actividad, se estaba llevando a cabo el seminario „How to make love last“). Pues ni modo, cambiamos de vereda y probamos a encontrar mesa en el restaurant que queda al frente, el Balfour. A mitad de la cena, al solicitar algo más de pan para las salsas, el mesero me responde en castellano; pactada en un segundo la confianza que da lengua, me pregunta que de donde vengo. Él es de origen italiano pero criado en Bogota a donde piensa regresar en tres o cuatro años. Al despedirnos le digo que volveremos mañana, a la hora del té o, mejor dicho, del tintico.

Salimos, ha escampado, pero no sabemos por cuanto tiempo. Antes de regresar de nuevo al hotel, caminamos tres cuadras, hasta Gordon Square, en busca del número 46. Es ya de noche, el parque que queda al frente apenas se deja distinguir. La llovizna vuelve. Sí, esa es la casa, el 46 de Gordon Square, donde vivieran por un tiempo Virginia Woolf y su hermana Vanessa Bell, donde, luego de comprarla, se pasara allí a vivir, hasta su muerte John Maynar Keynes, el economista cuyas teorías, si bien con las adaptaciones que exigen los tiempos necesariamente, estan de vuelta y sirven de apoyo, nuevamente, a la investigación económica – al menos para el corto plazo. Para el largo plazo, como él lo díria, no importa mucho pues todos estaremos muertos. YA volveremos por acá con la luz del día, digo a mujer y retomamos nuestros pasos rumbo al hotel.


P.S. En la sección deportiva de The Guardian de este día 24, viene una foto gigante de un efusivo Wayne Rooney extiendo sus brazos para abrazar a su colega Antonio Valencia, quien le agilitara el pase para el el primer gol del 3 a cero que propiciara al West Ham

24.2.10

Nieve

No pude hacer una gravación aceptable de la nieve, del deslizamiento sobre la nieve bajo un sol radiante, pero al menos, en el intento, no me fui contra el planeta



13.2.10

Rever Bolaño


Acaba de aparecer la versión inglesa del libro de relatos de Roberto Bolaño "La literatura nazi en America", publicado en lengua española hacia 1996. En The Guardian, Alberto Manguel comenta el libro, y va más alla –para algunos, por lo que allí se anota, podrá incluso considerarse un sacrilegio: intenta situar con objetividad la literatura y estatura del autor chileno.

A Manguel, lector, de los que casi desaparen del todo, no hay como dejarlo de lado. Vale la pena tomar en cuenta su comentario, por la literatura en sí, por Bolaño, cuyos libros corren el riesgo de, podría decirse, leerse mal.

Cioran, refiriéndose a los libros de Borges luego de su muerte dijo algo así (cito de memoria): que desgracia, sus libros se lean hasta en las universidades: ese destino no lo deseo ni al peor de mis enemigos!

10.2.10

Tomás Eloy Martínez


La noticia de su muerte hizo que muchos de sus lectores lo volvieramos a pensar, esta vez de otra manera.

En el entorno en el que inicié mis lecturas su nombre no nos fue conocido sino hasta después de la publicación de Santa Evita, cuyo éxito nos posibilitó el acercamiento a sus libros anteriores y, desde entonces, a sus artículos y crónicas periodísticas, ensayos y comentarios sobre política, literatura y autores. Guíados por su prosa empezamos a conocerlo mejor y, por ello, poner a prueba nuestra percepción de la lectura, de los límites entre periodismo y creación. No nos ha sido difícil encontrarlo: bien en las páginas de La Nación (AR), El País (ES) o en las de El Espectador (CO), para citar solo a tres de los periódicos que reproducían sus textos habitualmente.

Al autor argentino nos será difícil volverlo mero recuerdo. Por la agudeza de sus observaciones y la forma como las presentó deberemos volver a sus tus textos - en ellos hay una enseñanza que los tiempos demandan.

Por su importancia, su muerte ha puesto en movimiento a casi todas las redacciones de los periódicos y revistas serias –mucho más allá de la lengua castellana–. Radar de Página 12, periódico entrañable al escritor, nos trae en su última edición un homenaje en tres textos que, si no los han leído ya, vale la pena hacerlo (uno, entrañable, lo firma Juan Forn, quien, de paso, nos pone al tanto de las etapas que atravezó la escritura, negociación, edición y publicación, de Santa Evita).
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Aquí la edicción que le dedica ADNCultura

27.1.10

Le Corbusier

Le Corbusier es una referencia constante en la cuotidianidad de quienes vivimos en Suiza. Conciente o inconcientemente. No sólo porque sus ideas, representadas en formas, ambientes, muebles y paisajes se dejen ver y percibir en la arquitectura, los espacios públicos, atmósferas de interiores y una serie de objetos por él diseñados. Con naturalidad ganada, a casi medio siglo de su muerte, las ideas y propuestas nada convencionales que impulsó en su tiempo, forman parte hoy de eso que comunmente identificamos como moderno, constantemente moderno.


Charles Edouard Jeanneret (1887-1965), que es el nombre con el que fue inscrito al nacer en La Chaux-de-Fonds, en la Suiza de habla francesa, tiene presencia empedernida en su país por otras razones. El es medio de intercambio. Las 24 horas del día él va de mano en mano y, por el valor que porta, es uno de los que más circula. La serie actual de billetes del franco suizo es así: 10, 20, 50, 100, 200 y 1000 francos. Le Corbusier da valor simbólico al billete de SFr. 10.00

No sabemos cuanta vigencia logre en el tiempo la figura de Le Corbusier. La de sus ideas, al ser acogidas de a poco por la normalidad, si no ha sucedido ya, terminaran fundiéndose al torrente anónimo de creatividad humana. En todo caso a su valor simbólico en el billete de SFr. 10.00 no le queda mucha vida - sólo un par de años más. El Banco Central Suizo (SNB), como lo hace cada 15 años, ha puesto ya en marcha un plan para renovar la serie de billetes actuales que honra a unos pocos de sus mejores valores - con precios simbólicos:

En el de Sfr. 20, a Arthur Honegger (1982-1955) uno de los más destacados compositores suizos.
En el de Sfr. 50, a Sophie Taeuber-Arp (1889-1943), artista abstracta cuya obra, si no conocida por el gran público, ha sido y es emprescindible entre los especialistas (fue esposa de Jean Arp).
El de SFr. 100 es en sí otra institución: Alberto Giacometti (1901-1966), pintor, escultor que, en términos artísticos a escala mundial, mucho dice a quienes vinieron después y pudieron, podemos apreciar su obra.
El de SFr. 200 está dedicado al poeta de habla francesa
Charles Ferdinand Ramuz (1878-1947). No son más que cinco años quiza que su obra fue publicada en esa colección francesa esclusivísima que es La Pléiade, catálogo reservado a los imprescindibles de la literatura mundial (fue el primer autor suizo en aparecer en esas ediciones).
El de SFr. 1000, el más caro, es para
Jacob Burckhardt (1818-1887), historiador, quiza el más importante entre los modernos pues fue él quien nos recuperó el Renacimiento Italiano con los parámetros que hasta ahora utilizamos - en todo Occidente.

Cada billete contiene en filigrana un microtexto que alude a la figura representada. En el de SFr. 10 vienen estas palabras: Le Corbusier, arquitecto, urbanista, pintor y teórico, ha aplicado ideas visionarias y revolucionarias a la construcción y el urbanismo.

¿Y por qué es que de pronto me he puesto a recordar cosas relacionadas con este personaje suizo que luego fuera también francés y muriera en Mónaco? A propósito de una muestra que, en colaboración con el Centre Le Corbusier de Zúrich, se hace de sus trabajos en Punta del este, Uruguay, y que ADN Cultura, que es donde me informo del evento, reseña detenidamente.

Junto a esa crónica informativa, viene una pequeña, El poeta de la aqrquitectura, a la que acompañan un par de fotos. Una es de la casa que él diseñara en Zúrich, junto al lago, sitio de peregrinación imprescindible con las visitas que se interesan en la arquitectura o, sencillamente, en la capacidad creativa del ser humano.

El mundo al revés: Baselitz, Yaulema y la geografía del olvido

La noticia me llegó mientras trabajaba en el jardín. Hay noticias que irrumpen y noticias que se depositan; esta fue de las segundas. Estab...