En 1971 Borges vino a Oxford, obviamente para recibir un título honorario. En ese momento yo estaba trabajando en el Oxford English Dictionary y, por la noche, Borges ofreció algo que no puede llamarse, exactamente, una conferencia o una lectura o un seminario, sino una suerte de audiencia papal informal. Yo ya había estado frente a otros escritores "a veces bastante famosos", pero, por lo general, no me habían impresionado. Más bien, me habían parecido actores que simulaban haber escrito las palabras que estaban pronunciando, pero no había sido así parecían estar vendiéndose de alguna manera. Borges era totalmente diferente. Al finalizar el encuentro, pensé: si esto es ser un escritor, vale la pena serlo.
Escribió estas palabras Julian Barnes hacia 1996 rememorándo al escritor argentino. Tenía 25 años cuando la noche de Oxford. En su diario consignó con minucia otras impresiones sobre el argentino.
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Escribir es un trabajo muy duro pero disfruto haciéndolo y me siento privilegiado por poder dedicarme a ello. Creo que tengo suerte porque tengo temperamento de escritor: me siento bien cuando estoy solo durante muchas horas, quizás porque sé que al final del día tengo compañía. De todo el proceso hay un momento que disfruto especialmente: cuando tienes la historia, la estás escribiendo por primera vez, y ves que fluye suave, que todo está controlado, y sabes hacia donde vas. Ese es el momento que más disfrutas, pero rápidamente te das cuenta de que esa sensación de tenerlo todo controlado es absolutamente falsa. Entonces, lees lo que has escrito y dices: “bueno, sólo es el primer borrador”, y comienza el trabajo de verdad. Es un momento de frescura.
Lo dice a Eva Cosculluela en una entrevista hecha hace poco.
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Julian Barnes es un observador muy perspicaz, a la vez que brillante novelista, y por fortuna no deja de ser ambas cosas entre fogones. Para él cocinar (¿o escribir?) es un acto moral. Y si una receta de cocina, que es el dogma de la autoayuda, se revela ineficaz, la conclusión del perfeccionista es que si no hay recetas válidas para hacer un plato exquisito, tampoco las hay para escribir una excelente novela.
Escribe Francísco solano a propósito de El perfecionista en la cocina ese pequeño y entrañable manual sobre el manejo de palabras y sartenes.
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No he leído al autor inglés con la aplicación que debiera (hasta la fecha me las he visto apenas con tres de sus libros que no incluyen El loro de Flaubert). Sin embargo, insitado por lo que en ellos he visto, más la admiración que al menos tres amigos queridos profesan por la obra del autor inglés, fui ayer por la noche al Kaufleuten para escucharlo. Pues sí, Julian Barnes leyó y conversó ayer en Zúrich con un público numeroso, animado y, como es corriente en estos actos, falto de preguntas oportunas a la hora de tomar la palabra. El autor inglés vinó por estos lares a presentar la versió alemana de su hasta ahora última novela, Arthur & George. No llevé mi diario para consignar la impresión que me causó (no tengo uno); sin embargo, he de decir que su presencia, su prestancia con la palabra, natural y siempre oportuna, encantadora incluso, me recordó a la de sus colegas de oficio, estrellas inteligentes de grato trato con el público, de maneras eficaces pero rociados por ese algo calculado que poseen casi todos los personajes públicos y uno no sabe si felicitarlos por ello o lamentarse - ese algo que llamaríamos profesionalidad de salón, dominio de cancha, diplomacia.
Pero por suerte en literatura son los libros los que tienen la primera y última palabra; la capacidad de atracción de un escritor, sus dotes para ponerse en escena, si bien valen mucho a la hora de mediatizar su nombre, poco nos dicen cuando el silencio de la lectura. Valga la impresión ayer recibida del personaje Barnes para ponerme a leer en serio al Barnes que escribe en silencio.
(En la foto el autor firmando libros en el hall del Kaufleuten luego de la lectura).
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Adolfo Castaños sobre El loro de Flaubert
Javier Aparicio Maydeu sobre La mesa limón
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